El goce de la duda

¿Qué había dentro de la hielera azul, un recipiente grande con tapa blanca que entraba y salía de la cajuela de la camioneta sin decir —o mejor, sin que alguno dijera “agua va”—? Ese pasaje lo mencionó uno de los protagonistas y, además, motivó la única pregunta que me lanzó Jiménez vía Whatsapp.

¿Quesos con carácter?: gorgonzola, beaufort, manchego curado, roquefort —de leche coagulada de oveja—, cotija. Si charcutería, vamos directo al prosciutto, al jamón 100% ibérico de bellota —de cerdo puro—, al salami de Bolonia y al speck, que se hace con las patas traseras del chancho.

A lo mejor champaña Veuve Clicquot, foie gras y un abundante surtido de moras silvestres antioxidantes; acaso comida china de China, japonesa de Japón, libanesa del Líbano, combinadas con la mejor selección de té verde y los granos de café más ad hoc para quien se precia de saber preparar y degustar ese elixir de los dioses.

¿Panes y pasteles? (quizá como los de la hermosa e impecable mesa navideña en Tampico): de calabaza, ruso, de miel, fresas con crema; ¿¡una rosca de Reyes «Maricú»!? También pudo haber estado repleta de tamales poblanos, oaxaqueños, yucatecos, chiapanecos, del Estado de México. Con esto de la tragonería y el gusto por paladear…           

¡Ah, jijo!, ¿disfraces? Desfilan plumas de faisán, ganso, avestruz, gallo, sintéticas, con o sin sombrero; también chalecos, pecheras, látigos y botas de cuero; por supuesto, briefs, tangas y suspensorios de piel de foca. Y ya con lo anterior no pueden faltar dos pares de coloridos tacones Stiletto —una pareja bailando tango—, Kitten o cuadrados. Aunque en una esquinita de la hielera azul, en una bolsa de terciopelo, podrían esconderse unos fantásticos Peep Toe, por aquello del caché y lo variopinto.

A menos que se tratara de animales exóticos y silenciosos —boa constrictor imperator, lagarto, tarántulas o tortuga gigante de las Galápagos—, las mascotas están descartadas.  

¿Múltiples y suculentos regalos que no estaban destinados a extraterrestres del cuarto contiguo?

Artefacto azul: espía, incógnita, tesoro, testigo, materia, y, en fin, actor principalísimo.

Magnolia Bakery

La ciudad bulle: está viva —gran descubrimiento. La gente se solaza en los múltiples y diversos restaurantes de la zona; mis ojos ven mascotas —estoy cada día más convencida de que no tendría una—, deportistas (¿de a deveras?), escuincles, barcos de control remoto, teatro, aviarios y hasta perros “llavero” ataviados con horripilantes falditas.

Antes de lanzarme a recorrer algunas calles harto nice de Polanco leí el artículo “Vívelo sin gastar una fortuna”, de Julio Patán, en la revista Chilango.

Se volaron la barda con la portada, ¡me encantó! Trazos precisos donde se adivinan la Parroquia de San Agustín —ahí “descansa” mi cenicienta madre—, los museos Soumaya y Jumex, el Palacio de Hierro (ooooooh), uno de los lagos artificiales del Parque Lincoln (guuauu, que donde se «juntan» los amantes del modelismo náutico), alguna vieja y hermosa mansión del rumbo, y creo que hasta las «torres gemelas» de la colonia, edificadas en la calle más cara del D.F.: Rubén Darío.

Por cierto, cuando los automovilistas conducimos por ahí dudo que recordemos al poeta nicaragüense que inspirara a González Martínez a deshacerse del cisne de engañoso plumaje.

https://es.wikipedia.org/wiki/Enrique_Gonz%C3%A1lez_Mart%C3%ADnez

Al grano, madame, que hay quien dice que soy la reina de la digresión. Puéh nada (a la cubana), que la lectura del artículo de Patán despertó mi curiosidad por conocer dos lugares: el Café Budapest —en esta visita no lo hallé — y el Magnolia Bakery.

Entre paréntesis: (¿cómo hacen los visionarios hombres y mujeres de negocios para traerse la mismísima panadería neoyorquina a México?). Me quito el sombrero.

sombrero

http://diegofournier.blogspot.mx/2010/10/me-quito-el-sombrero.html

El Magnolia (ja, espero que nadie haya bautizado así a su vástaga), como tantos otros «changarros» cercanos a la ostentosa avenida Masaryk, está de moda, no démodé. En 2016 cumple 20 años de acariciar paladares con “productos Americanos horneados”, como galletas, cupcakes, brownies y pasteles.

http://www.magnoliabakery.com/about-us/

De churro (por suerte) encontramos lugar. Ahí, inmersas en el hervidero dominical de Virgilio (la calle), estábamos la Rata, Kalash (Cuca) y su servilleta (eu, que en portugués significa yo; nada que ver con otra manera de responder a un interlocutor sumada al “mande”, «dime» o qué).

Kalash. Pañal impecable
Kalash. Pañal impecable.

Pedimos un pudín de plátano, descrito como “verdaderamente celestial” (muy rico, aunque podríamos bajarle dos rayitas) y un brownie de doble fudge (no enloquecí de placer: es bueno y punto), que “hornean temprano cada mañana” (¿traducción?).

Magnolia Bakery me parece caro, pero sí regreso; algo especial debe tener, además de ser un sitió «trendy», cuando hay franquicias en esta «Ciudad en Movimiento» (como cuando fluye el tránsito con los encuerados de los cuatrocientos pueblos), en Chicago, Los Ángeles, Tokio, Moscú, Dubái, Beirut, Kuwait y Doha.

¡Cómo hay varo en este país!

Hasta mañana.