¿Qué diantres nos pasa?

¡De este lado, “Pause Giant AI Experiments: An Open Letter”! Del otro, dos jovencitas de 14 años: una propina la golpiza y la segunda acaba muerta —pos como en la prehistoria (incluye aprendizaje y creencias), ¿no?: a mazazos, pedradas, jalones de pelos, rasguños y golpes bajos—; cerca de 40 migrantes se calcinan dentro de una jaula que nadie abre; Audrey Hale mata a seis en una escuela de Nashville, Tennessee; par de hermanas, hijas de alguien, sucumben en una coladera abierta… ¡chitón! Paliza bruta de dos policías a un indigente, nomás porque sí. Como si fuera poca cosa, leo: “Los criptoevangelistas —¿¡qué!?— entran en el Gobierno de Bukele”.              

¿Incineramos los valores y el civismo? ¿Triunfo de violencia, sinrazón y prepotencia? Pólvora a la más mínima provocación. Armas en bares, restaurantes, parques, escuelas, tiendas. ¿Qué rayos es la humanidad? ¿De qué o quiénes nos distingue?

Como “buleada” y “buleadora”, también tuve 14 años. Inventaba mis juegos en la calle, en la casa y con personas reales, sin robots ni cyborgs u organismos cibernéticos. Llegué a entretenerme con la videoconsola Atari, siempre con mi hermana a un lado, y aborrecí los primeros controles de televisión porque pensé en que la Tierra se llenaría de huevones. Además, seguía siendo perturbador llegar al puesto de periódicos y toparse con la nota (bermellón) de algún asesinato o disturbio subidito de tono. Hoy, el pan de cada día; aquí, allá, acullá, con sinnúmero de pormenores y matices.    

¿Qué viene ahora, rastreables en todo momento y con el mundo a punta de clic? Internet de las cosas; Bob y Alice, el caso de una dupla de robots que fueron desconectados por inventar un lenguaje ininteligible para los humanos; China y su “diosa” Jia Jia, un robot mujer interactivo y humanoide —¿cómo y por qué decidieron que su género sería binario— que se convierte en el súper empleado.

El quid es que nada —palabra que uso con plena conciencia— apunta a que nos hagamos mejores personas, lo cual depende cien por cien de pulirnos como individuos, como seres únicos inmersos en mares y abismos de controversias, sinsabores, egoísmos y desequilibrios, que bien podrían equilibrarse con empatía, compasión, conocimiento, voluntad y crecimiento personal.

Hasta la próxima.

Tomemos aire

Como desgranar una mazorca, poco a poco; con astucia, valor y certeza. Lo malo es que los granos de maíz vuelven a brotar, cada vez más desafiantes. Pero retan a una conciencia con chaleco antibalas, con probadas horas de vuelo y de percepción fina.

La sensación es de cansancio, y el sentimiento funde rabia, dolor y hartazgo. ¿Hablar? ¿Para decir qué? ¿Y ahora cómo?…

Las palabras se escupen con varios matices: a gritos, suaves, irónicas, conciliadoras, desesperadas, tristes, frustradas, temerosas, con interrogantes, asqueadas, envalentonadas, lacrimosas, potentes, y hasta al rojo vivo; literal, con lenguas de fuego que se queman en el pecho para salir airosas, porque nunca fueron titubeantes ni huidizas, y siempre, ¡siempre han puesto la verdad! ―así rechinen alma y cuerpo― sobre la mesa, aunque esta se pandee o se defienda con vidrios punzantes.

¡Como si una persona pudiera jactarse de modificar y negar la realidad de otras! Eso pasa en la literatura ―Augusto Pérez, el protagonista de la única Nivola que conozco, pone a don Miguel de Unamuno contra la pared―, en el cine, en el teatro, en la pintura, en la danza, ¡en el acto creativo! No es el caso. Chamuscada en el infierno, pero muerta con mi verdad cosida a cada poro de mi piel.

Y de falsas disculpas… ¡nada!

*Nótese que en este texto me valgo de palabras que por lo general intento evitar: nunca, siempre, nada.

Nieve en sueños

¿Los sueños ―conscientes o inconscientes― se hacen realidad, o la realidad persigue un sueño? Sueño y realidad se confunden, se alimentan, se toman de la mano, se ven de frente, se interpelan, se arropan, intercambian el color y los claroscuros.

Hay sueños de los que queremos salir corriendo; sueños que, aunque sueños son, nos permiten decidir si abrimos los ojos o si seguimos soñando lo que no nos gusta soñar; sueños de los que nunca quisiéramos despertar; sueños que nos recuerdan a seres idos; sueños que se lloran en la realidad; sueños que nos muestran matices del pasado; sueños que permanecen en nuestra memoria; sueños, en fin, susceptibles de derrumbar la estorbosa puerta.

¿Por qué no zambullirse en lo mágico, incierto, nebuloso, colorido, intangible, vívido, sorprendente, audaz, revelador, insondable y meticuloso?

A fluir, que del sueño a la realidad, el paisaje se torna blanco como la nieve.

Ya sabes quién

―No, Cuca, ¡si es que yo soy un maldito sube y baja! Dos días bien, tres mal; una semana regular y luego dos del cocol.

―Pero es lo normal. Yo no creo en la gente que siempre está “a todo dar”, como ya sabes quién… Desde lo más profundo de su ser, algo deben de querer evadir. Hombre, ¡la vida no es fácil!

―Y la última… ¿Te dijo Maru que cachó a Daniel fumando marihuana afuera de un Starbucks?

―No, ¡qué espanto!

―Nada de eso, querida Cuca, simplemente se aventó un “de los males el menor”. Nomás deja que de ahí pase a la coca, al crack, al LSD o incluso al krokodil.

―¿Eso es cocodrilo en qué idioma?

―No me hagas reír, el krokodil, que sí significa cocodrilo, es desomorfina, una droga alternativa a la heroína.

―Oye, pero te estás yendo muy lejos, ¿no?

―Pues más allá del Starbucks, sí… Así se empieza, Cuca, y si la mujer no le da importancia…

―Tú eres médico, Silvia, deberías decirle algo, darle un sustito.

―¿Te parece que vale la pena? Maru vive en la negación. Ni siquiera se da cuenta de que Jorge no la pela. Almas gemelas, ¡imagínate!

―Uy, ¿crees que Jorge…?

―Qué más da, Cuca. El asunto es que si uno se da permiso de ser humano, imperfecto y vulnerable, ¿quién aguanta a una persona a la que nunca le pasa nada? Control, un control enfermizo que la tiene desconectada. No hay negros ni matices, ¡todo es rosa! Y eso…, eso es irreal. ¿Dónde están los altibajos a los que la mayoría nos enfrentamos? Lástima, pero el día en que algo o alguien le quite el antifaz que trae cosido a los párpados, habrá de dos sopas: infarto o psiquiátrico.

Cuca, que estaba a una semana de dar a luz, echó unas lagrimitas y caminó hacia la salida con la cabeza gacha. Ese, su primer retoño, ¿sería mariguano?

¡Pinta, mi reina!

Todo el día tuve frío; imagino que la congeladora echó raíces en mi cuerpo.

Ahora llueve, así que me guardo: no salgo a caminar; me quedo con las ganas de ir al parque Miraflores y de tomar un «cafetín».

¿Saben?, por lo general me receto, convencida de mi ineptitud, que las manualidades no se me dan: dibujar, pintar, moldear con plastilina, coser —ya no se diga tejer—, arreglar (to fix) e incluso abrir un regalo.

Y lo manual, que debe ser terapéutico, me vendría bien, porque en vez de atascar mi cabeza con cientos de ideas y pensamientos que me catapultan a la tristeza estaría entretenida intentando apaciguar mis manos, de por sí atrabancadas e impacientes.

Pues ahora, en un intento por frenar la velocidad Boltiana (recuérdese al velocista jamaicano Usain Bolt) de la loca de la casa, me han puesto a colorear.

—¿Qué?

—Sí, te compras un librito de mandalas para colorear.

—¿Es una orden? (Leo que mandala es una palabra tibetana que significa «aquello que rodea a un centro«. También recurro a oooooom Wikipedia; me entero de que para Jung el centro del mandala figura al sí-mismo. ¿Qué habrá en el centro de mi intrincado mandala que ha pugnado por apropiarse de su proceso de individuación?)

http://www.berzinarchives.com/web/es/archives/advanced/tantra/level1_getting_started/meaning_use_mandala.html

https://es.wikipedia.org/wiki/M%C3%A1ndala

—Sí.

—¿Y me siento con placidez a iluminar como cuando iba en la primaria?

—Con placidez o sin ella, necesitamos sacarte de tus pensamientos. Compra unos colores que te gusten y cuando empieces a rumiar tus penas, ¡pinta!

prismacolor
Aquí los 24 lápices de colores Prismacolor.

Nótese el autoritarismo: Nazi Style.

nazi

Tiendo —ahora con menos enjundia— a tiznar mi vida: negro y blanco, sin matices ni escalas de grises. Quizá me haga bien elegir un color, sacarle punta al lápiz y mancillar el papel hasta que los pedacitos de mi mandala adquieran tonos intensos, tirándole más al arco iris que a la oscuridad.

Habrá recovecos negros, estoy segura.

Hasta pronto.