Agua serenada

Escribe José García, protagonista de la novela El libro vacío, de Josefina Vicens, La peque: «¿Cómo iba yo a saber que la acumulación de esos ‘mañana’ que ni siquiera distinguía, y que sin notarlo ya eran ‘hoy’ y ‘ayer’, harían pasar no sólo el tiempo, sino mi tiempo, el único mío?».

¡De haber sabido! ¿Adónde lo mandé? ¿Me entero, a estas alturas del partido, que mis cancerberos hubieran cejado en su empeño de torturarme de haber sido más práctica y campirana? ¿Que los cientos de soldados que cercaban mi cerebro con armas largas, en actitud de pulverizar mis neurotransmisores, se hubieran mudado a la cabeza de al lado sin hacer alharaca? ¿Que la angustia, el miedo y la zozobra hubieran emprendido el vuelo cual palomitas de San Juan? Que alguien me explique, con peras y manzanas, en qué paquete metemos ahora a Woolf, Styron, Van Gogh, Poe, Beethoven…?

Resulta que la Depresión ―con mayúscula, dado que es una «celebridad» que pasea por cualquier rincón del orbe― se reduce a un «sobrecalentamiento» de la cabeza; vaya, ¡ni siquiera del cerebro! ¡Me acaban de dar la receta! Se cura, o por lo menos amaina, a punta de cubetadas de agua helada que aprisionan en figuras de hielo el desgano, la tristeza, la frustración, la incertidumbre, y de paso las ideas suicidas.

¡He perdido mi tiempo; el único mío, tirado a la basura! A los 11 años, en vez de pedir ayuda, debí haber solicitado una regadera de presión. Aunque quizá no hubiera surtido el mejor efecto, debido a que el agua repartida en chorritos no habría pasado la noche «al sereno», es decir, a la luz de la luna. ¿Se imaginan el ahorro en terapias, estudios, consultas médicas y chochos! Yo no quiero ni pensarlo.

La mujer de este teórico de los desequilibrios mentales azotó, dando con la testa en el duro recinto (piedra de color grisáceo). Iban camino al doctor cuando su señora empezó a desvariar: estaba «sobrecalentada»; como quien dice, llevaba el aceite quemado y el líquido cefalorraquídeo en pleno hervor. Susodicho dio el volantazo, llegó a su casa, arrastró a la lunática, la arrojó al suelo ―en calidad de res―, y como seguía con la cantaleta de no reconocer ni a su hijonieto, le llovieron seis cubos de agua, uno tras otro. Escurrida y tiritante, pudo descubrir quién era el guapo que la había salvado del paraje donde armónicamente conviven las cabezas fogosas.

 

Tras bambalinas

Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.

Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.

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Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.

Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.

Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.

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Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.

Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.