Octubre turbocargado

Cajas: poco a poco, sola, más acompañada por la ansiedad y la nostalgia, dejo atrás el espacio que habité cerca de 11 años.

Cumpleaños de mi hermana: festejo lejano si considero la distancia, cercano si acumulo el amor y las vivencias con mi compañera de útero materno.

Cirugía de corazón a los 34 años: exitosa, salvavidas; de aquí pal’ real Regina va y viene con un moderno (mágico) desfibrilador de 80 gramos que todos los días, de madrugada, emite señales que traspasan la Puerta de Brandenburgo para comprobar que aún alienta la portadora de un Biotronik.

Crisis: durante algunos días revolotearon en mi mente tres potentísimos defensores que me protegieron del miedo.

Blog: descuidado, que no abandonado.

Firma: por fin. Mi casa, mi hogar, mi nuevo espacio, mi logro.

A esto último atribuyo mis despertares de octubre. El ojo pelón a las 3:47, 4:04, 5:02, 4:45. ¡Qué alucine! Órale, trata de dormir, intenta meditar, respira, jala aire aunque sientas que se atora en tus pulmones (dicen que en ellos podemos albergar tres litros de aire y que cuando respiramos sólo aspiramos medio litro), no prendas la luz, manda a volar los pensamientos que hacen fila con ahínco. ¡Güey, a la goma con las cosas que no puedes resolver en este instante! El dulce «aquí y ahora» vale para pura tostada.

¿Tendrán que volar mis dos libreros? ¿Cómo van a subir objetos grandes y pesados por mi escalera de caracol? ¿Lastimarán el blanco de las paredes? La roja, ¿quedará intacta?

Ay, Dios, ¡ya! Como dice este señor: “Que te envuelva una hermosa esfera de luz blanca y que fluya adentro y alrededor tuyo. Es energía divina.”

Pues por más divina que sea los pensamientos remontan la fila y empiezo a ver muebles, aparatos para hacer ejercicio (respira, duérmete), chapa de seguridad, cajas de cartón (respira, duérmete), escalones, papeles importantes (esos me los llevo yo)…

Antes de abrir el ojo este lunes 26 de octubre mi cuarto de atrás me trepó a una escalera para colgar dos recuadros plastificados que contenían información “esencial” para la gente de mi ex trabajo. Ahí los querían ¡a como diera lugar! Nada más faltaban esas dos vaciladas para alcanzar la infantil perfección que tanto se cacareaba. ¡Madres!, no sólo desperté antes de tiempo —oootra vez—, sino que volví al lugar donde la enfermedad mental escurría de las paredes; ahí se forman y crecen adultos de kínder, expertos de plastilina, profesionistas maleables, muñecos de trapo atravesados por agujas insensibles, hipócritas, sadomasoquistas, pútridas y berrinchudas.

agujas

vudu doll

Qué bonita familia, como diría el idiota de Pompín Iglesias en la embrutecedora serie «Mi secretaria».

A mudar de piel en 31 de octubre de 2015 con todo y calabazas de Halloween. En el ínter, ¡respira!

Ooooooom

—Fíjate que te vendría bien meditar.
Whaaat? Siempre he pensado que no daría una y que no estoy hecha para poner mi mente en blanco.
—Es que no se trata de ponerla en blanco, sino de aprender a respirar para que nuestros pensamientos no la invadan.
—Ja ja ja, ¿crees que pueda?, ¡con la ansiedad y la histeria que me cargo!
—Precisamente por eso saqué el tema.

the-sign-of-silence

Lo intenté.

En primera, había que meterse en un cuarto atestado, donde no cabíamos más meditadores, cobijas, banquitos ni cojines (¡auxilio, mi espacio!). En segunda, tenía que quitarme los zapatos y caminar con mis patitas desnudas sobre el mismo piso que toooodos (¡qué horror!). En tercera, ¿cómo meditar sólo con un rollo previo acerca de la meditación y aventarnos al ruedo durante 30 minutos (¡todo el tiempo del mundo!) a puro jalar y expulsar aire?

—Inhalen…, exhalen…, inhalen…, exhalen…

Lo que yo intentaba con verdadero ahínco era hallar la postura que me fuera menos incómoda para la proeza, máxime si tomaba en cuenta mis varias cirugías de extremidades superiores e inferiores.

Sapo
Sapo

Mente y practicante dialogábamos en medio del trance y del más genuino intento por respirar: “Auch, qué dolor de rodilla, yo no puedo cruzar las piernas como toda esta gente que se ve tan apacible”. (El maestro indicó que tratáramos de no distraernos y que sólo hiciéramos ajustes posturales). “Ay, me está molestando muchísimo el tobillo” (nuevo ajuste). «Uf, mi espalda se hace trizas» (ajuste). “Regresa, vuelve a la respiración, cuenta, ¡regresa, vuelve, cuenta!”.

Logré conectarme unos minutos con mi más allá, aunque quedé totalmente maltrecha; no me sirvieron la silla, el Zafu (Sapo), ni las tres o cuatro cobijas que me agencié. ¿Flor de loto?, ¿para quedar como el Jorobado de Notre Dame? ¡Nel!

MISIÓN IMPOSIBLE
MISIÓN IMPOSIBLE

¿Caí en la escuela correcta?, ¿tuve al mejor budista converso como instructor? No sé y tampoco quise averiguarlo porque me rendí después de dos sesiones, cosa que no significa que haya abandonado mis intentos, por lo menos el de respirar como gente decente y no como perro a punto de atacar.

—¿Y… has oído hablar del ho’oponopono?
—Ay Dios, ¡ni idea!
—Dame la mano. Lo siento mucho. Te pido perdón. Te amo. Gracias.
—Gulp.

Capilla-sixtina

Leí que el ho’oponopono es un arte hawaiano que se basa en la reconciliación y el perdón para resolver problemas. Busqué en You Tube y me salieron al paso múltiples meditaciones guiadas. Elegí a Silvia Montesinos, la voz suave y pausada que me hizo tilín.

Primero la escuché en la noche, empiyamada y casi lista para dormir, pero invariablemente me cuajaba. Hoy puse el audio entre las 6:30 y 7:00 de la mañana.

Confirmo que es más fácil concentrarme en la respiración cuando estoy acostada, sobre todo porque mis articulaciones agradecen la posición horizontal.

Me gustó el sentido de la meditación: corregir y restaurar. De paso pude conectar con mi respiración, cubrir mi ombligo, ver a la niña interna, abrazarla, subir la escalera, abrirme al conflicto y cobijar mi pecho.

Lo siento mucho.

Te pido perdón.

Te amo.

Gracias.

Frases cortas que resuenan, ¿no?