¿Y el solecito?

Ya no me gustan los días nublados y lluviosos, mucho menos cuando amanecen así.

Una estampa: la ventana como que tiene viruela de agua y la cúpula de San Vicente Ferrer rebasa la altura de la copa del árbol más alto. Como sea, está nuboso, tristón, melancólico. El cielo gris, si la mirada se nos pierde, es un mar de nostalgia.

Ahora prefiero el sol, la luz, los colores, las puertas abiertas, el sudor, el agua fría, el aire caliente de la tarde y el viento fresco de la noche. Cuando estoy en el balcón o en la terraza y sopla ese viento y si respiro hondo y me lo trago, diríase que hallé un paraíso pequeño.

Ya fue

Por lo general es instantáneo. Escuchar música, del género que sea, y relacionarla con alguien o con algo. No sé si sea en la mayoría de los casos (tendría que hacer el ejercicio), pero en buena medida el recuerdo es parte del pasado. Lo padre, lo significativo, es que revivimos ese momento; es como si el tiempo nos permitiera rebobinar un trocito de existencia. Entonces, como si interviniera la magia, llegamos a un beso adolescente, a un baile espontáneo en San José del Cabo, al encandilamiento de un noviazgo de juventud, a la partida de alguien que no queríamos que se fuera o al sillón donde te sentabas para oír al Charles Aznavour que te ponía tu papá cuando andaba melancólico.

Continuará…