Mal y de malas

“Así ha sido siempre”…

Si dos personas pelean, patalean y forcejean, ¿qué esperamos cuando se trata de naciones, de pueblos que a costa de lo que sea defienden su fe, territorio, creencias, limpieza de sangre, raza, color y supuestos derechos inmemoriales?

Me viene a la mente una escena del paleolítico:

—Mío, yo cazar.

—No, mío, yo encontrar animal.

—Mi fuerza matar, ser mío.

—Si dejar, llevar a tribu.

La mujer del primer cazador, encueros y envalentonada, le asesta un mazazo en la cabeza al segundo y lo deja sembrado. Esa noche su gente podrá comer, con todo y el muerto que se cargó. Respecto a la venganza, dejémosla por la paz.  

No sé ustedes, pero siento que la violencia y el odio están en su apogeo. Además, el planeta de la instantaneidad nos atasca de información en segundos. Varias veces escuché a mi papá decir que los humanos éramos capaces tanto de hacer el mayor bien, cuanto de cometer el mayor mal: Médicos sin Fronteras y la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, por un lado, y el Holocausto y el conflicto palestino-israelí, por otro.

El estado de ebullición, percibo, se ha exacerbado. La muerte anda sin correa. Los muertos se apilan y las víctimas del terror se multiplican. Llámense Ucrania, México, Gaza, Ecuador, Nagorno Karabaj, Nicaragua, Sudán del Sur, Israel, Rusia, Estados Unidos —antier, tiroteo en Maine con saldo de 18 muertos—.

Se habla de civiles caídos como si fueran chícharos que hay que pelar y moler para preparar una sopa. Detrás, marejadas de egoísmo, compasión menguante e insensibilidad de “líderes” que salivan por el poder y por configurar la geopolítica que convenga a sus intereses y atempere su ambición.

El 25 de octubre, los que tuvimos el privilegio de quedar secos y amanecer cobijados, atestiguamos, de lejitos, la fiereza con la que Otis barrió y despedazó calles, cerros, carreteras, autos, árboles, vidrios, camas, techos, personas.

El huracán categoría 5 llegó con una nueva puesta en escena del narcisista de Palacio Nacional. Ávido de la mirada ajena, tenía que robarle a la devastación parte de sus reflectores. Si no, ¿para qué aventarse el drama de irse por tierra? La gente le advertía que no había paso; sin embargo, con característica testarudez, continuó su farfolla en el jeep militar 0500027, que quedó atascado en el fango.

En sus perennes intentos por “despistar al adversario”, ha dicho que no le gusta salir en la foto, pero se puso bien en el ojo, trajeado, y dio sus pasitos en el lodazal ayudado por el general Sandoval. Ese mismo psicópata funcional, después de horas de llevar agua a su molino, regresó en helicóptero.

Cuando despertamos, seguía en la mañanera.       

El contraste y las diferencias son insondables: escribo desde un lugar seguro. Qué fortuna, porque allá afuera caen bombas y misiles y hay arsenales que revientan las vísceras a quemarropa. Hoy el pan de cada día se convierte en cuerpos desmembrados; en personas que desaparecen sin dejar rastro; en masas de carne acumuladas en fosas comunes; en despojos que persiguen su derecho a vivir; en berrinches de poderosos con nula empatía; en odios e inquinas que siguen en brama; en la furia de una naturaleza que clama por espacios que nunca, ni a puntapiés, podrá recuperar.

¿Homo sapiens?

Hasta la próxima.         

El patio de mi casa

Sirvió para entretener la trastocada mente de una víctima del TOC; para perfeccionar el arte y la habilidad de encestar; para divertimento y competencia del dúo padre-hija; para el disfrute y recreación de amigos y “compas” de trabajo; para aplacar y derrumbar el orgullo y los ánimos de unos cuantos “machines»; en fin, para pasar tardes y días enteros con pelotas entre manos, que no “en pelotas”.

Como era de esperarse, y con justa razón, llegó el día:

—Oye, pus ya nomás no vas a usar la cancha, ¿o sí?

—Pos la neta, no.

—Ah, pus te aviso que la voy a quitar.

—Ajá —con cierta nostalgia, como cuando dejamos de jugar frontenis en la enorme propiedad del doctor Mondragón—.  

Andaba por rumbos de Rhode Island, más o menos a cuatro horas de Nueva York, con el terror de lo ocurrido el 19-S y obsesionada con el ántrax. Había que dejar ir mi paraíso verde-amarelo, las líneas blancas, mi círculo rojo y el ancho poste de cemento que sostenía la canasta. Ni hablur, dicen que “todo por servir se acaba y acaba por no servir” (gulp).

Al mero principio fue un jardín que rodeaba la casa y que aún daba cuenta de papás e hijas. Hay fotos de “Monipepa” que atestiguan que me montaba en su espalda con mis caderas luxadas, y otras donde mi amor apache provocaba el llanto de la chillona de mi hermana. Había una fuentecita de piedra y los muebles de hierro vigentes hasta la fecha.

Total, que le llegó su hora. Al señor “don”, quien siempre fungió como decorador de interiores y exteriores —sin adláteres—, le ilusionaba acondicionar un patio, así que además de baldosas y piedras de río —puede ser invento de quien relata— lo embelleció con hartos macetones que alojan diferentes plantas, entre ellas ficus, granados y rosales.

Don Pablo era un ser sociable. Le encantaba organizar comidas y ayuntar a gente disímil para calar el resultado. El hecho es que si hacía buen tiempo les ofrecía “pan y vino” en el mentado patio, motivo de alegría y satisfacción. Era un pachá cobijado por los verdes, el sol, a veces un cielo muy azul, sus convidados y el vodka Oso Negro, con frecuencia criticado.    

De la familia, constituida por papá, mamá y tres hijas, ya partió un trío con el Señor. Quedamos doña Cisco, con más de la mitad de su vida en los United, y yo. Llámese responsabilidad, pandemia, sino, suerte, privilegio o todos juntos, soy la única integrante que ha tenido la oportunidad de vivir y gozar la casa de su infancia, que incluye el famoso patio.

Se ha convertido en el espacio donde me siento tranquila —recuérdense covid y trastorno obsesivo compulsivo en estado menguante— para recibir a personas —hombres y mujeres— con quienes comparto mis profundidades, mi pasión por la comida, el aire, la lluvia, sonidos y colores, aunque también risas, secretos, lágrimas, recuerdos, emociones y nuestra forma de estar en el mundo.

Ayer, cuatro horas de gozosa plática con un ser misterioso y mágico, mientras las sillas de antaño me aplanaban el trasero…      

Fotografías

No importa cuántas saque, porque todas serán distintas. Si no es la luz ―tan lejanas la de la mañana y la de la tarde―, será el capricho de las nubes, o el de los rayos juguetones, o el de los verdes infinitos, los inestables azules, las flores que compiten por destacar; la luna, que llena, menguante, nueva o creciente, se asoma con autoridad; el humo, que aclara o difumina las formas; la lluvia, que desnuda y vuelve a vestir el paisaje; los retoños que emergen de la muerte; las piedras que se besan con energías cambiantes, y el agua, el sonido del agua en su cauce, que recorre la tierra como la sangre el cuerpo.

*Foto de la autora.