Agradecimiento

Gracias por el techo, por el cobijo, por el resguardo, por la protección; gracias por ser mi refugio durante diez años: refugio hermoso, pequeño, colorido, silencioso, amable, casi siempre iluminado por soles matutinos y vespertinos.

luz de sol

Aquí, en este cuarto piso, más imaginarios que reales, me acompañaron mi hermana y mis sobrinos, mi padre, mamá —enramada en albahaca que empieza a tirar sus hojas a causa de una entrometida plaga blancuzca—, e incluso mis queridos tíos Malis y Maruca.

También la cama, mesa, sillas y flores Van Gogh; la doble cara de Remedios Varo y su Mujer saliendo del psicoanalista, el macetón de barro con las sangrantes flores de Teresa.

Permití que entraran muy pocas personas: elegidas. Las hice parte del mundo que me aisló del zumbido del Distrito Federal —¿próxima Ciudad de México?— y de la inacabada amenaza externa.

Aquí, una vez cerrada la pesada puerta, he sido yo, despojada de máscaras, desnuda, capaz de respirar mi aire y no el de quienes forzosamente veo todos los días.

Puerta Sasso

Un verdadero hogar, suave, sin exabruptos de vecinos complicados, sin chillidos, escándalos ni faltas de respeto. Cuatro pisos diarios de escaleras para encontrar mi paz —montaña cuando cargo las bolsas del súper en un solo viaje— y resguardar mi corazón.

Gracias pues, Giovanni Sassoferrato —por si no saben, fue un pintor italiano del XVII—, por algodonar mis miedos, atestiguar mis alegrías, acompañar mi amor y mis logros durante poco más de 3,650 días.

Sassoferrato

Hasta pronto.

En terapia 4

Me aterra encarar a mi ser vulnerable, sentirlo frente a frente, tocarlo con cada una de mis huellas digitales, como si en vez de algo cotidiano se tratara de una vaga acechanza marciana.

martian2

En algún momento me fui con la finta: fuerte, controlada, de metal y nunca de barro. Casi todos los días, penetre o no en mi agujero negro, me receto un intolerante “NoTeQuiebresACachosNiTeDesmoronesComoEstatuadeSal”.

¿Aceptar que los polos fuerte-débil se acompañan desde siempre, que enarbolan un equilibrio simbiótico?

La sufro, siento que me suavizo hasta convertirme en un hilacho que derrama su fuerza gota a gota, fuerza que resbala y escurre gelatina en una atarjea.

Estoy aprendiendo que el hueso se rompe, que la carne se lacera y que yo sigo siendo yo, la habitante de un complejo salud-enfermedad que me mantiene en vilo, a veces pidiendo a gritos un tanque de oxígeno y a veces acolchonada entre nubes blancas.

nubes blancas

Tocarme vulnerable me hace llanto al mismo tiempo que me libera de un peso absurdo que amorata mi cuerpo y lo cansa. Tanta dosis de #superwoman me deja exhausta, con ganas de dormirme, de no pensar, de no ser.

Pero estoy aprendiendo, estoy logrando quedarme ahí, estática, en un sillón que me viaja al centro de mis locuras, de mis miedos, de mi ser infantil; me pone dentro de una caja de cartón que tintea un burdo trazo negro: FRÁGIL.

oxígeno

Hasta la siguiente.

Genio y figura

Mi padre se saltó las trancas e incumplió su promesa: no quedarse solo y su alma el fin de semana. Allá él, está en su derecho de abrazar su soledad y de probarse que a sus casi 81 años se las gasta como un chaval.

Siempre ha sido un hombre autosuficiente, aunque el valerse por sí mismo no se ha traducido en abandonar su condición de…

Heme aquí
Heme aquí

—Ayer quise poner una película y no supe cómo.
—Ay, me hubieras dicho.
—No, llamé a P y a K para que me explicaran, pero no entendí nada. Y como ellas no tenían los controles de la tele…
—¿Tons qué hiciste?
—Oír música y ver cosas en mi compu.
—Ah.

Riiiing

—Hola, Pá. ¿Cómo dormiste?
—Muy bien, ¿tú?

Y el rollo de la dormida…

Imagínense, mi papá, generoso y comodino, sale a desayunar los sábados y domingos. Yo hubiera podido salir temprano para ir con él, pero preferí desperezarme en el silencio y la tranquilidad de mi espacio, lleno de luz y armonía.

—¿Qué desayunaste?
—Unas galletitas Melba con queso panela.
—¿Por qué no te preparaste algo? Cuando éramos niñas te pedíamos que nos hicieras huevos en cazuelita, ¡te salían ricos!
—Uuuy, las cazuelitas de metal con dos asas del año de la canica, de cuando yo era niño.
—¿Y luego?, ¿por qué sólo las galletitas?
—Mmm, es que no supe prender la estufa.
—Ja ja ja; dioses, papá, ¡qué vergüenza! Eres un Rey, no cabe duda.
—… bueno, ahí también hay latas de atún y de sardinas, ¿no? Siempre habrá algo que pueda comer.
—¿Y qué haces?
—Estoy leyendo el perio y tomando mi café.
—¡Menos mal que sí sabes hacer tu café!
—Sí, aprendí a usar  “el pollo” que me regalaste.

Pollo
Pollo

—Te veo al ratón, ¿quiénes van a la comida?
—Las viudas de cajón, Mora…
—Tus viudas, querrás decir…
—…
—¿Tú pusiste la mesa?
—E hice mi cama.
—¿Les diste de comer a las perras?
—Claro, sus croquetas están en el planchador.
—¡Órale! ¿Qué nos vas a dar de comer?
—Pizzas.

Comida rápida, chafona para un marajá
Comida rápida, chafona para un marajá

Fenomenal, una comida agradable, digna de una escena de Almodóvar, mezcla de la carta de Pablo a Timoteo, una pareja de oaxaqueños medio muertos de hambre y la homosexualidad sin punto de retorno, una sobremesa endulzada con trufas y conejos de chocolate.

Hoy me quedo con él, quizá yo me las ingenie para prender la estufa.

Adeus.