Jamás iría a festejar al Ángel. Es más, si fuera el Ángel me iría volando. Aquí sí, el dicho «nunca digas de esta agua no beberé», me pasa a hacer los mandados. No sé de dónde saqué lo eremita, aunque para nada me refundiría en un cenobio ―palabra, esta última, de mi padre (aleluya, aleluya).
Por supuesto, me dio muchísimo gusto que México le ganara a los cochinos ―¿dónde quedaron los cartoncitos rojos?― coreanos. ¡Bien por Vela y el Chícharo! Y como al César lo que es del César, la anotación del tal Son fue de lujo. Confieso que sufrí los últimos minutos, igual que padecí la cuasi inminente eliminación de Alemania del Mundial de Rusia 2018. Cuando vi que el tiro de Kroos horadaba la portería de Olsen me eché mi grito y una ridícula corridita. ¿Cómo no hacer aspavientos, si desde que era adolescente seguí a los alemanes? Rummenigge, Littbarski, Matthäus… Además, ver a Franz Beckenbauer era de platito para que cayera la baba.
Tengo cierta debilidad por los teutones; por ahí, en el cajón de los recuerdos, está Mathias Paetz. Total, que me doy por bien servida con la jornada: México y Alemania siguen vivos.
En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.
De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.
Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.
Sí, mamá, faltó algo en nuestra despedida. Pero lo tenía que haber pedido yo, no tú. Solo cinco minutos ―o dos, o tres― antes de que la morfina empezara a hinchar tus venas. Sé que te dije muchas cosas cuando aún respirabas con los ojos cerrados, pero tuve que haberlo hecho cuando todavía me veías, cuando podías apretarme la mano y quizá reírte conmigo por penúltima vez. Penúltima, porque la última sonrisa se la regalaste a Hilda en el instante en que empezó a sedarte. Lo tomaste con toda paz. Claro, era un acuerdo tácito: tú querías irte y ella conocía la salida.
¿Cumplí con las indicaciones de mi médico? Hace rato, cuando fui a sacar un chocolate de la alacena, me lo preguntó Gloria.
A ver, palomita a cocteles diurno y nocturno. También hice ejercicio, 10 minutos más de lo que tenía planeado. (Desde chica, el deporte implicaba desconectarme; era la única actividad que funcionaba como pared entre mis pensamientos y yo. De otra manera los tenía como moscas revoloteando alrededor de mi cabeza, siempre en círculos, siempre una, grande y fea, seguida de varias, espantosas.)
La levantada de la cama, mal, porque me desperté a las 8 y me paré 55 minutos después. Socialicé, así que me agencio otra paloma. Respecto a la comida mediterránea y los granos, tache. Solo que alguien cocinara para mí, pero antes fumigada que con un invasor de mi espacio.
O sea que, querida Gloria, si con tu pregunta pensaste en ponerme un cuatro ―sueles hacerlo―, ¡te falló!
—Fíjate que te vendría bien meditar.
—Whaaat? Siempre he pensado que no daría una y que no estoy hecha para poner mi mente en blanco.
—Es que no se trata de ponerla en blanco, sino de aprender a respirar para que nuestros pensamientos no la invadan.
—Ja ja ja, ¿crees que pueda?, ¡con la ansiedad y la histeria que me cargo!
—Precisamente por eso saqué el tema.
Lo intenté.
En primera, había que meterse en un cuarto atestado, donde no cabíamos más meditadores, cobijas, banquitos ni cojines (¡auxilio, mi espacio!). En segunda, tenía que quitarme los zapatos y caminar con mis patitas desnudas sobre el mismo piso que toooodos (¡qué horror!). En tercera, ¿cómo meditar sólo con un rollo previo acerca de la meditación y aventarnos al ruedo durante 30 minutos (¡todo el tiempo del mundo!) a puro jalar y expulsar aire?
—Inhalen…, exhalen…, inhalen…, exhalen…
Lo que yo intentaba con verdadero ahínco era hallar la postura que me fuera menos incómoda para la proeza, máxime si tomaba en cuenta mis varias cirugías de extremidades superiores e inferiores.
Sapo
Mente y practicante dialogábamos en medio del trance y del más genuino intento por respirar: “Auch, qué dolor de rodilla, yo no puedo cruzar las piernas como toda esta gente que se ve tan apacible”. (El maestro indicó que tratáramos de no distraernos y que sólo hiciéramos ajustes posturales). “Ay, me está molestando muchísimo el tobillo” (nuevo ajuste). «Uf, mi espalda se hace trizas» (ajuste). “Regresa, vuelve a la respiración, cuenta, ¡regresa, vuelve, cuenta!”.
Logré conectarme unos minutos con mi más allá, aunque quedé totalmente maltrecha; no me sirvieron la silla, el Zafu (Sapo), ni las tres o cuatro cobijas que me agencié. ¿Flor de loto?, ¿para quedar como el Jorobado de Notre Dame? ¡Nel!
MISIÓN IMPOSIBLE
¿Caí en la escuela correcta?, ¿tuve al mejor budista converso como instructor? No sé y tampoco quise averiguarlo porque me rendí después de dos sesiones, cosa que no significa que haya abandonado mis intentos, por lo menos el de respirar como gente decente y no como perro a punto de atacar.
—¿Y… has oído hablar del ho’oponopono?
—Ay Dios, ¡ni idea!
—Dame la mano. Lo siento mucho. Te pido perdón. Te amo. Gracias.
—Gulp.
Leí que el ho’oponopono es un arte hawaiano que se basa en la reconciliación y el perdón para resolver problemas. Busqué en You Tube y me salieron al paso múltiples meditaciones guiadas. Elegí a Silvia Montesinos, la voz suave y pausada que me hizo tilín.
Primero la escuché en la noche, empiyamada y casi lista para dormir, pero invariablemente me cuajaba. Hoy puse el audio entre las 6:30 y 7:00 de la mañana.
Confirmo que es más fácil concentrarme en la respiración cuando estoy acostada, sobre todo porque mis articulaciones agradecen la posición horizontal.
Me gustó el sentido de la meditación: corregir y restaurar. De paso pude conectar con mi respiración, cubrir mi ombligo, ver a la niña interna, abrazarla, subir la escalera, abrirme al conflicto y cobijar mi pecho.