Adultos mayorcitos…

La escena se desarrolla en un sitio para ciudadanos gerontológicos; en otras palabras, en una residencia de ancianos. En caso de preferir los eufemismos, denominaremos a estos establecimientos como casas para personas de la tercera edad; lugares donde se “cuida” a adultos mayores, o de plano usaremos el término foxista “adultos en plenitud”, aunque uno atestigüe cómo los viejitos y viejitas se desmoronan con todo y sillas de ruedas, grúas, muletas, tanques de oxígeno, andaderas, fajas y pañales…

Observamos a una mujer de origen polaco de 87 años de edad. Fuerte y aguantadora, ha brincado varias crisis de salud, entre ellas una cirugía de cerebro, septicemia, un par de ataques cardíacos, un procedimiento de cardioversión, e incluso el contagio de covid, pasada la crisis mundial.

De pronto aparece una dama, representante de una clínica que vela por la función cardíaca. Raya los 70. Lleva el pelo corto y es blanco; tabula rasa, o sea, pechos inexistentes —una especie de escoba vestida sin las ramas flexibles—. Los pantalones capri y las chanclas indican que llegó el ansiado verano. Si pasamos a los accesorios, nos percatamos de una muñeca tatuada y anillos en los dedos.

Hay otras dos personas más en la suite de Estela, pendientes de lo que dice y hace la extraña. Atestiguan que habla mucho —la clásica personalidad “yoyo”—, interrumpe, y se las da de sabelotodo. Aseveró, sin dejo de humildad, que la señora mayor no padecía gota. Además, se dio a conocer por un tufo de mala educación, sin llegar a ser descrita como “de poco lastre”.  

A preguntas y dudas expresas de los acompañantes de la señora mayor, hubo respuestas que denotaron un desparpajo poco adecuado a las costumbres de los consanguíneos. No sólo se refirieron al apoyo para tomar un baño, sino que indagaron acerca de la lavada y cambio de la ropa de cama. Es claro que después de siete décadas de constatar que “con dinero baila el perro”, les espetó:  

—Nowadays, you can pay for everything, even for someone to dance nude in your window.

En ese momento se vio cómo el hombre y la mujer más jóvenes abrieron los ojos grandes e intercambiaron miradas. La posible mueca bucal no se percibió porque llevaban cubrebocas. Luego, como si de florecimiento y plenitud se tratara, sugirió que Estela se enfundara unos fishnet stockings, también conocidos como medias de red. ¡Sexy a los 87 y meses, y a darle vuelo a la hilacha con todo y los tobillos hinchados!

Aún faltaba el cierre, que se haría con broche de oro. Los dos pares de ojos siguieron la mano con anillos que ella conducía hacia el piso. Ya iban muy abiertos en ese trayecto que los llevó a posarse en uno de los pies de la visita. Las uñas estaban rascando las células muertas —escamas, pues— de un talón poco atendido durante el longevo invierno. De nuevo, cruce de miradas.

Como lo que empieza suele acabar, la setentona cruzó el umbral de la puerta. El joven, siempre cauto, amable y sonriente, clausuró la misión:     

—She is somewhat unfiltered.

Hasta la próxima.

Prima, modorra, modorrilla y alba

¡Fue la peor época de mi vida! Mi abuela tenía miedo de que le robaran dos vacas, un caballo y tres tristes cerdos, así que cuando mis papás nos mandaban a verla, mi hermano y yo padecíamos las de Caín.

En la ciudad les ayudábamos con el negocio de comida corrida, pero con ella, que no era nada tonta, la girábamos dizque de soldados. A lo mejor así nos decía para hacernos creer que cumplíamos con una misión importante. El caso es que Joaquín y yo nos turnábamos para cuidar a las bestias. Nos decía que “un día y un día”, pero era tan pesado que a veces hacíamos trampa: Joaco el primer y tercer cuartos y yo el segundo y el último.

Sí, la muy bruja nos había vendido la idea del gran trabajo que hacían los centinelas. ¡A nosotros qué los centinelas! Lo único que queríamos hacer cuando mis papás nos mandaban a Zinapécuaro era tirarnos a descansar bajo el naranjo y ver cómo el humo que salía de la boca del abuelo hacía piruetas en el aire. Ni siquiera nos preocupábamos por lo que íbamos a comer, estábamos acostumbrados a los frijoles, el arroz, el caldito de pollo, los chilaquiles y las gordas de chicharrón.

Cuando la abuela se dio cuenta de nuestro plan, a uno de nosotros lo inmovilizaba en su pieza. No sé qué era peor, porque roncaba tan fuerte que ninguno pegaba ojo. Pensándolo bien, era mejor jugar al soldado. Por lo menos nos podíamos echar una pestañita en alguno de los cuartos, sobre todo en el último, porque nos tranquilizaba sentir que pronto iba a amanecer.