Fotografías

No importa cuántas saque, porque todas serán distintas. Si no es la luz ―tan lejanas la de la mañana y la de la tarde―, será el capricho de las nubes, o el de los rayos juguetones, o el de los verdes infinitos, los inestables azules, las flores que compiten por destacar; la luna, que llena, menguante, nueva o creciente, se asoma con autoridad; el humo, que aclara o difumina las formas; la lluvia, que desnuda y vuelve a vestir el paisaje; los retoños que emergen de la muerte; las piedras que se besan con energías cambiantes, y el agua, el sonido del agua en su cauce, que recorre la tierra como la sangre el cuerpo.

*Foto de la autora.

 

Feliz cumpleaños

Día de emociones: 19 de diciembre, aniversario de la muerte de mi madre; 20 de diciembre, su cumpleaños 79.

Hace unos días le platiqué a mi hermana algo que no sabía (ella, por supuesto). Nos reímos mucho, con dejos de nostalgia y buen humor.

Recuerdo el número de teléfono de mis abuelos desde que era niña. El mismo que tuvo mi madre hasta la tarde en que no regresó de ese último jalón de aire. Como no quise que se evaporara, lo conservé. Si hoy marco de ese número a mi celular, la persona que me llama es, simplemente, «Bola».

Mi mamá, créanme que muy a su pesar, se defendió de los golpes de la vida con un cuerpo extra, con kilos y kilos que exacerbaron su pesadez existencial. Como sea, se acostumbró a que la apodara «Bola».

Subí las escaleras para saludarla:

―¿Qué onda, «Bola», cómo estás?

―Ay, no me digas «Bola», dime «Dolo».

Prefería ser La Dolorosa, otro de sus muchos sobrenombres. Fue una mujer a quien yo vi reír, jugar, bailar, recitar, contar chistes, hacer gestos, tocar las castañuelas… Pero ahí mismo, con ese extra machacándola, cargaba con una capa negra de dolor que solía pegársele a la piel.

Uber

El primero fue Luis, de 35 años. Un tipo que vivió más de una década en varios lugares de Estados Unidos. Me recomendó visitar Salmon, Idaho, para conocer sus hermosas praderas.

Estaba en Luisiana en el año 2005, cuando el poderoso y devastador huracán Katrina, que esparció el olor a muerte como lo hizo Little Boy, el arma nuclear que acabó con la ciudad de Hiroshima.

Además de manejar, vende ropa, lentes, teléfonos celulares, relojes. También estudia gastronomía, hace tacos de canasta para reuniones ―mínimo 100― y quiere montar una fonda «nice» para dar a conocer su sazón.

Muchos proyectos y energía para hacerlos realidad. Le pregunté que si regresaría al país vecino y, sin chistar, respondió que sí.

El segundo, Arturo, un hombre amable, respetuoso, cálido y empático. Seis años en Peñafiel, después su propio depósito ―excelente negocio―, y ahora conduce un Toyota que todos los días lo enfrenta al reto de convivir con personas distintas. Su fuerte, me lo dijo, es vender, así que desafiar el tránsito citadino será temporal.

Arturo me preguntó que si regresaba del trabajo. Le platiqué que soy voluntaria en una institución que vela, con excelencia, profesionalismo y calidez, por jóvenes que lidian con la farmacodependencia. Entonces abrió la cajuelita y me enseñó su libro, ya muy gastado, Doce pasos. Tuvo la confianza para decirme que había sido adicto y que llevaba 26 años sobrio. Además, comparte sus experiencias en las reuniones de AA. Conectamos bien; entendí el porqué: coincidimos desde el sufrimiento, el compromiso y la lucha humanos.

Home alone

No le gusta estar sola. Cuando uno está solo y despliega poca actividad, hay tiempo para pensar, y la mente puede darse el lujo de enchinchar y de alborotar a la gallina.

Decía que a ella le choca la soledad; tanto, que de ser alérgica a perros y gatos se acostumbró a su pelaje y olores para cuando en la casa ―y de paso en la cama― se sintiera el nido vacío. ¿Qué mensaje le llega con ese hueco? ¿Que no la quieren?, ¿que en realidad todos venimos y nos vamos solos? ¿La asustan sus pensamientos? ¿Se le recrudece la huella de abandono? ¿Acecha la sombra perenne de la muerte?

El chiste es que cuando se queda sola, tres animales ―dos perros y una gata― toman el lugar de tres homo sapiens. Miento. Una de esas especies es un «mal llamado» homo sapiens, o sea, un homo brutus, con perdón del de las caricaturas.

En días como esos, al entrar en el nido vacío, se topa con la alegría exacerbada de su microzoológico. Una brinca, da volteretas, ladra y corre enloquecida con dominio del territorio; otra, una bola con pelos, camina con esfuerzo hacia ella, le dirige una mirada de «¿por qué me abandonas, mamá?», y bufa de embriagadora felicidad; la gata se escurre entre sus piernas, entiesa la cola y maúlla.

¡Hay luz al final del túnel! Los sapiens ―reitero,  son solo dos― aún no llegan, pero ella, ya con bata y elegantes flip flops después de otro día ajetreado, puede disfrutar de sus simpáticos y disímiles seres vivos: la perra mayorcita, a cambio de unas cucamonas, estará dispuesta a ser su tapete, almohada, cobija o calentador sin enchufe; la perra mediana, hiperactiva y zafada, la hará desvariar con sus ocurrencias, y la gata, para achicar el hueco, rasguñará la puerta con insistencia hasta que ella, somnolienta, decida abrirla.

Por eso

Por más que uno le insinuara que no tenían nada de bello ―igual sí de bueno y útil―, seguía estrenando camisones «sexis». Telas súper delgadas, con algún estampado, que le llegaban arriba de las rodillas. Lo peor es que combinaba esas abominables telitas con unos calcetines como de peluche que se ponía para que no se le vieran sus patas de chichicuilote. Era inútil decirle: «Tápate tantito, ¿no ves que va a subir el señor del gas?». Ella pelaba sus ojos de capulín, se acomodaba en su sillón, cruzaba sus patitas y se alistaba para recibir a su proveedor de gas para su tanque de oxígeno. Ah, fumar al lado del cilindro también le venía guango. Quizá porque tenía la certeza de que la muerte la rondaba en todo momento. Y  créanme, estaba preparada. Empezó a morirse un viernes, precisamente el día en que me anunciaron que se había vestido y que se veía muy guapa. Subí a verla. Bastó con mirarla a los ojos para saber que se me iba. Respeté su decisión de querer morir en su casa: nada de tubos, jeringas, sueros, oxígeno, mangueras ni terapias intensivas. Lo más impresionante fue que nunca tuvo miedo. ¿Quién era?, ¿por qué sonrió justo cuando sabía que el futuro se esfumaba? Creo que por eso.

Morder el anzuelo

Leo que Heinrich von Kleist (siglo XVIII) fue poeta, dramaturgo, novelista y escritor de historias cortas. También que se suicidó a los 34 años. Y no solo eso, sino que antes de dispararse mató a Adolfine Vogel, su compañera y musa, quien padecía un cáncer en fase avanzada. Tétrico, ¿verdad? Repito mi pregunta: ¿qué rayos experimentó para apostar por lo desconocido? Porque, ¿qué es la muerte?, ¿a dónde vamos a dar?, ¿acaso es algo peor que este recorrido «consciente»? Siempre he pensado que cuando morimos, de alguna manera somos testigos de lo que pasa en el mundo de los vivos. Pero esas son mis loqueras…

¿Kleist estaba deprimido e inmerso en la melancolía? Yo creería que sí. De otra manera, ¿¡cómo?! ¿Qué era la depresión para este autor alemán? Ya dije que para William Styron, creador de La decisión de Sophie, era darse de bruces con la oscuridad y estar envuelto en la negrura. ¿Y para mí? Sin rodeos: si muerdes el anzuelo afilado y sangrante de la depresión estás muerto en vida.

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.

Cachos de pasado

En 2009 atravesé una mega crisis. Pensé que no la brincaba, porque me invadía esta sensación:

Huele a muerte. Por mi sangre corre un torrente de cenizas.

Huele a muerte. Sazonada con los ingredientes más podridos.

Estridente… Cualquiera que sea el círculo, éste es el Infierno. El tren tiene casi 15 carros más y se topó, de frente, con las llamas del infierno más frío, atroz, insoportable, desolador. La madre es una herida. El padre otra, profundas. Y el “retoño” está en el Infierno, el de todos y el de nadie.

Fin de noviembre.

Así de fácil

«La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida»… Así dice la canción, ¿no? El verbo «sorprender». De las definiciones que da la RAE, me quedo con ésta: «Conmover, suspender o maravillar con algo imprevisto, raro o incomprensible».

Ah, caray, como…

franja
En el Mediterráneo. Foto de la autora.

Como el paisaje oscuro de mar bravo y barco fantasmal partidos por una franja clara al ras de la tormenta, como la muerte que se espera, amable, ante la aguja con morfina, como el disparo en la garganta que mancha una tina blanca en pleno día, como el camino que de repente se amarga por culpa de la mano que saca una navaja, como un «mi amor», como el grito de muerte que profiere una madre en absoluta soledad, como todos los tonos de verde que la luz clava en nuestros ojos, como el dinero que carcome a las familias, como el instante en el que se tiene conciencia de ver al otro con ilusión, o como… como…

Como cuando te hackean la vida en un suspiro.

Nunca digas de esta agua no beberé

«Otro mundo en hora y media: conduzca con precaución». En ese lugar la gente cuida de su aspecto y hasta diría que se esmera por verse elegante.

Pasé la Navidad de 2012 en San Francisco y, como hubiera dicho mi madre, me sentí “chinche” vestida con ropa inadecuada para afrontar el frío, la lluvia y el viento; en pocas palabras, mi estancia en esa hermosa ciudad se caracterizó por la facha (tal vez exagero un poco).

Golden gate

Foto de la autora

Además, llevaba harto peso en mi costal: la muerte de mi madre, su cumpleaños el 20 de diciembre y el distanciamiento con mi hermana. Suficiente para exacerbar mi tendencia a la obsesión.

Fue un viaje lindo. La pasé bien y comí rico, pero me persiguió la idea fija del enfriamiento y la consecuente gripe. Supongo que tanta aprehensión provocó que el día de mi regreso azotara cerca de las escaleras para bajar al metro. Por supuesto, las llamadas ANTs (automatic negative thoughts) se apoderaron de mi buen juicio: juré que la consecuencia del guayabazo me llevaría a la plancha de un quirófano.

OCD

El rollo anterior nada más fue un pretexto para hablar de la diferencia entre San Pancho y Gilroy, la ciudad donde vive mi sis hace 16 años.

Nunca imaginé tamaño atrevimiento, máxime que en alguno de mis retazos lo critiqué con sorna y ñaca ñaca (recuerdo que así hacían las brujitas de las historietas de La pequeña Lulú. Acabo de leer que el personaje fue creado por Marjorie Henderson Buell, Marge, en 1935): caminé, cabeza gacha, en el conjunto comercial, armada con mis flip flops; mi hermana y yo “flopeando” al ritmo de la naquez.

flip_flops.png
Idénticas a las del mencionado retazo 

Me sentía la mujer más desaliñada de la Capital Mundial del Ajo, hasta que me di cuenta de que el bicho raro era yo. En general, las personas con quienes me topé chancleaban muy orondas con sus «zapatillas ‘veraniegas'»: calzado de plástico, hule o algún otro material, en ocasiones con horrendas y cursis piedritas.

Cada quien su vida, me cae, pero el colmo de la fodonguez fue ver empiyamados con cara de “qué a todo dar es mi cotidianidad en Gilroy”. ¡Y cómo no, si se levantan de la cama con pelos de almohadazo y se trepan al coche!

piyama
Peor que el almohadazo…

No me precio de andar a la moda y confieso que me encanta vestir cómoda, ¡pero hay límites!

¿Acaso estoy démodé? ¿Me inmiscuyo en la vida de mi prójimo? Quizá… Prometo pensarlo sin hormigas asesinas (ANTs).

Lo que es un hecho es que jamás saldré a la calle en piyama —salvo que se trate de una urgencia—, y que nada más presumiré mis flip flops cuando haga calor y cuando esté en un lugar en el que “flopear”, estar gordo, fachoso y lleno de tatuajes es lo in.

Hasta… junio.