Tauromaquia

Son treinta años; en treinta años pasa todo, hasta la muerte arrasadora que aún no pasa. Se dice fácil, pero la esperanza de vida en el Paleolítico superior o en la Edad de Bronce era de poco más de tres décadas.

Y en un lapso de treinta años sucede que se destruye una vida, se experimenta la independencia, se ve crecer a los sobrinos, envejecer a los padres, morir a los hijos, cambiar a las generaciones y descubrir que somos los mismos de siempre: nacemos, morimos, reímos, lloramos, lastimamos, matamos, amamos, sufrimos, perdemos, respiramos.

https://es.wikipedia.org/wiki/Esperanza_de_vida

Él y ella siguen respirando, por eso inician su escaramuza valiéndose de la tecnología: carteos y aclaraciones vía e-mail.

La una que con vehemencia y coraje inclina la cabeza para enterrar sus filosos pitones en el pecho de el uno; el otro que recibe la cornada sabiendo que lo único que puede hacer es citar con la muleta y aguantar los pases, los embates de quien se disfraza de toro de lidia cuando está cierta de que en ese instante sólo es un becerro.

toro

Lo conocido para ella es ocultarse tras las barreras; imagino que lo conocido para él es traer el rabo entre las patas y saber que ninguna multitud ondeará un pañuelo blanco para concederle ni siquiera una oreja.

Ella está ensangrentada, y no me atrevo a pensar en que en cerca de 11,000 días él se haya librado de la persecución de un charco escarlata.

¿Siente ya en el morrillo el dolor de los tres pares de banderillas?, ¿se doblega ante ella dando en tierra con sus patas delanteras? En el fondo no quiere verlo derrumbarse ni lo va a descabellar con una herida en la cerviz.

Como la danza suprema de Hermoso de Mendoza; frente a frente, chocarán sus ojos: la mirada será incierta, de incrédulo reconocimiento, de ausencia cosida al pelaje.

A pesar del tiempo, la sangre del becerro herido es la misma que la del animal exhausto que brama por su indulto… con el rabo entre las patas.

mirada animales.jpg

http://www.morbidofest.com/archivos/peliculas/sangre-de-unicornio-2

Hasta pronto.

En caliente

«¿De qué tipo de personas quieres rodearte?». Mi papá ha opinado al respecto en varias ocasiones, aunque al final yo soy quien elije. Y para ello voy a invertir la pregunta: «¿Quién quiero poder ser cuando esté con alguien?».

Que mi voz resuene como la campana que atestiguó el grito de Dolores: quiero ser yo.

Ah, ¿y eso con qué se come? Además de un buen queso manchego y pan llenito de migajón, se va a masticar así: ser yo implica sentirme libre; libre para opinar, para hacer tonterías, para bailar tango con sublime ineptitud, para reír a carcajadas, para llorar hasta que se me cierren los párpados, para decir qué o quién me gusta; libre, en fin, para quitarme las máscaras que usamos al enfrentar la cotidianidad.

¿Cuando nos quitamos la máscara estamos frente a un amigo? Hay que arriesgar para descubrirlo. Hoy más que nunca estoy convencida de que sí «los contamos con los dedos de una mano».

Vale la pena: reír y llorar con alguien nos hace la vida, y los días, y las noches, y las tardes, y las madrugadas, y las puestas de sol, y las arrugas del mar azuzado por el viento, e imagino que hasta la muerte.

Yo quiero ser yo, con todo y migajón.

migajón

The Revenant

Blanco, frío, viento, copos, agua, nieve.

Sangre, fuego, balas, vísceras, muerte.

La fotografía es perfecta, equilibrada, digna del mejor lienzo; muestra de profunda sensibilidad y de la domesticación ocular. Casi todo es una pintura, casi todo se palpa; se transforma, todo, en desolación.

Los paisajes asombran, deslumbran, ahogan, reverberan.

La perseverancia mata, el dolor envuelve, la vida duele, el peligro acecha.

Pero salgo ilesa, ávida de saber cómo, por qué, para qué, hasta dónde: ¿Qué hay en la última mirada azul? Acaso miedo, tristeza, realidad, resignación: hasta ahí, el final de la lucha, con dos muertes a cuestas.

Hasta febrero.

 

 

 

 

Rookiebloguera

Oh sí, el año pasado se me metió el gusano de crear un blog, hasta compré el libro Redes sociales, de LID Editorial (LIDeditorial.com). Lo lancé formalmente —el blog, no crean que el libro— el 3 de enero de 2015.

Puedo decir que cumplí, porque no lo abandoné, aunque lo hice a medias, dado que mis entradas fueron en picada, como supongo que sucedió con el avión de Saint Exupéry cuando quedó varado en el desierto del Sahara.

En enero me clavé y escribí casi a diario; en febrero y marzo me eché 12 retazos, y en la segunda mitad del año mi producción tendió a ser raquítica.

Les confesé que era un proyecto que me daba miedo arrancar y concluí que “lo importante era soltarme y disfrutar del acto de escribir”. Fue curioso: inicié con brío, con ganas de sentarme a relatar historias de tocho morocho y poco a poco menguaron mis ganas: me quedé corta en disciplina, trabajo y macheteo cotidiano.

Ninguna musa, ni siquiera #DisneyCampanita (monigota cursi), iba a revolotear alrededor de mi cráneo para regalarme inspiración y dictarme frases maravillosas que se tradujeran en la escritura automática de los surrealistas. “¡Que el yo del poeta se manifieste con libertad, sin trabas!”. Ja, ¡ni que fuera la transcripción de voces del más allá!

Campanita

Agradezco los comentarios de quienes me hacen el honor y confieso que pensé en que habría más interacción. En Redes sociales leí que mi “[…] objetivo debe ser fomentar el debate y estimular los comentarios”.

No sé, quizá más mentadas de madre, o “no estoy de acuerdo”, o “yo también soy un(a) freak #NoTeSientasTanSolaEnElMundo”, o “yo no tuve TOC, pero me da por la bipolaridad”, o “no eres ni serás la única persona que tiene miedo”. ¡Claro que me creé expectativas y que fantaseé en torno a lo que sucedería con este pequeño ciberespacio!

Cuando me refiero a él, hay quienes preguntan:

—¿Y sobre qué escribes?, ¿de qué es tu blog? (no es de chocolate ni de fresa ni de puntos azules y amarillos…)

—Chale, pus de todo un poco; al principio pensé en concentrar buena parte de mi esfuerzo en hablar de comida y restaurantes, pero fueron colándose mis opiniones, experiencias, anécdotas, alegrías y tristezas. También me propuse aventarme un Bai de güey al final de cada retazo, y si he asentado cuatro son muchos.

Quiero terminar diciembre con cinco escritos, es decir, con 105 entradas en el año: ocho punto y pico si las dividimos entre 12 meses. Cifra paupérrima para cualquier ente que se precie de dizque “escribir”. Such is life, my friends, y viéndolo por el lado menos dark puedo sentirme satisfecha de cerrar 2015 con una bitácora web que sigue dando sus bocanadas de letras.

En mi familia han escrito —de tejer y bordar nada— y me vi a su vera, menos prolífica (por no decir más huevo…) y más ignorante, aunque con loqueras transmitidas con cierta decencia discursiva.

tejer

http://mx.depositphotos.com/25958947/stock-illustration-vector-cartoon-of-grandmother-knitting.html

Las veces que golpeé la tecla me reí, como con los episodios turcos; lloré, como cuando relaté la muerte de mi madre; me frustré: quería escribir pero me salía espuma (plagio a Vallejo); me traumé (escritura “chata”) y me divertí, sobre todo buscando imágenes que apoyaran mis ideas.

El “bendito” 2016 ya nos pisa los talones —sí, caigo en “cómo vuela el tiempo” porque, en efecto, se va como alma que lleva el diablo.

Me propongo continuar y ser más constante; si no, quiero que alguien levante la mano, se identifique y me la refresque.

Ciao.

¿Fatmaqué?

En uno de los episodios de la Pantera Rosa, mi caricatura favorita, al amigable félido se le cerraban los ojos a pesar de su esfuerzo por mantenerlos abiertos. Lo que voy a relatar me recordó los palillos que usaba para evitar dormirse.

pantera rosa

El lunes de esta semana nos lanzamos a visitar a una persona a quien le tengo mucho cariño; dejó su hogar, tapizado de vivencias, e hizo lo mismo con sus plantas, que cuidaba con pericia y devoción.

Hoy, Esperanza vive en Las Quintas, una casa de retiro en Cuernavaca. Nos sentamos a platicar en el sillón más grande de su pieza y me atacó el mismo mal que a la Pantera Rosa.

Sin duda hubo varios factores que conspiraron contra mi agudeza: no había dormido bien —últimamente mi sueño dista de ser reparador—, resentí la desmañanada, me envolvía un agradable calorcito y la plática nomás no movía mi ánimo.

¡Y que se suelta hablando sobre Fatmagül! (¿qué chin… es eso?); el relato se hacía interminable: que si los violadores, que si el anillo, que si Kerim no se la había echado al plato, que si la mamá de no sé quién, que si la boda, que si la manga del muerto.

Qué vergüenza, mi voluntad se hizo añicos durante el tiempo que lo intenté; por más esfuerzo que hice se me caían los párpados mientras veía a mi interlocutora; bajaban, obnubilados, cual carpa de circo inundada por un chaparrón. (¿No se dará cuenta de que me estoy cuajando?) De nada me servían los tristes segundos en los que desviaba su vista.

La tal Fatmagül —me enteré de que la dama, una tal Beren Saat, es una de las actrices mejor pagadas en la historia de Turquía— y sus peripecias me venían guangas; hubiera preferido hablar de los inquilinos de Las Quintas, máxime que estoy leyendo Being Mortal, un libro extraordinario escrito por Atul Gawande, un médico de origen indio que emigró a Estados Unidos.

Gawande

http://atulgawande.com/book/being-mortal/

El texto puede ser una aplanadora: muerte, enfermedad, vejez, deterioro, soledad, espacios donde además de cobrar millonadas se promueven reglas y límites para “cuidar” a los viejos, pero en general no se les escucha para saber si en realidad hay algo, por pequeño o absurdo que parezca —alimentar a un perro, escuchar el canto de los pájaros, convivir con niños, ir al cine ser escuchados por un familiar—,  que les dé una razón para seguir vivos.

Gawande es contundente, aunque su intención es mostrarnos la otra cara de la moneda: la existencia de los enfermos y los ancianos es significativa siempre y cuando se cuele un cachito de ilusión y se combatan el crudo ambiente de los asilos y la indiferencia de las casas de reposo.

En palabras de Atul Gawande:

“It’s been an experiment in social engineering, putting our fates in the hands of people valued more for their technical prowess than for their understanding of human needs”.

Cierto, Esperanza estaba ávida de compartirme el tortuoso sino de (la fulanita) Fatmagül.

Hasta la próxima.

El último jalón

Sé poquísimo sobre el santoral. Mi madre, ya lo he escrito y espero que no hasta el cansancio, murió en un soleado y casi primaveral 19 de marzo. Recuerdo que hubo personas que me comentaron que ese día se celebraba a San José. Curiosamente, el segundo nombre de mi dolorosa era Josefina, quien hacia el final de su vida entablaba conmigo diálogos como éste:

Riiiiiiiiiing
Riiiiiiiiiing

—¿Bueno? (¿De dónde habremos adoptado la costumbre de contestar así el teléfono? ¿Bueno qué? Buenos los santos, los manjares que nos alegran la vida, una película, la Tesorito…)
—Hola, mi amor, prende la tele y pon el canal “x”, están pasando la vida de San Gregorio Barbarigo (¡Ah, caray!, ¿san what?)
—Ay, madre, ya sabes que a mí me da exactamente lo mismo.
—¡Pero está buenísima!
—Má, vela tú, además estoy haciendo otras cosas.
—Bueno, amor, pero si le quieres prender, mi canal es “x” (ya se lo había apropiado, era su canal)

Gracias a que mi papá es el bibliotecario de su propia casa y a que me prestó La casa de los santos, de Carlos Pujol —literato, universitario, crítico, traductor y novelista español—, sacudíme la ignorancia y enteréme de que San José es patrón de la buena muerte. ¿Acaso puso su granito de arena en la muy tranquila y digna que se llevó a la autora de mis días?

Había llegado el momento, su doctora estaba en vísperas de sedarla, de ayudarla y ayudarnos a que la despedida fuera menos abrupta.

—¿Qué sigue?

—Doña Mónica (su primer nombre) se va a dormir, estará como en el vientre materno, sentirá sus caricias y escuchará a cuantos quieran hablarle, pero ya no abrirá los ojos.

La elección de Mónica Josefina fue diametralmente opuesta a la de quienes deciden (o les toca) pasarlo en hospitales: tubos, monitores, entradas y salidas de médicos y enfermeras, olores inconfundibles de cuartos, pasillos y sustancias.

monitor

Cierto que el trago amargo es indeleble, pasa por la garganta y resuena en el corazón, aunque con ella sobre su cama y en su casa paladeé cierto dulzor que permaneció en mi lengua. Sólo me arrepiento de no haberle pedido a H que me regalara cinco minutos más, aunque todo estaba dicho, más con los ojos que con palabras.

Antes del golpe de morfina le sonrió a su doctora, después esperó a que llegaran mi hermana, la protagonista de sus últimos minutos, mi padre (ante su voz fuerte y sonora intentó jalar sus párpados), y el sacerdote, en ese orden.

En cuanto a las demás personas que estuvieron presentes, de todas inspiró algo: convivencia y primeros flirteos, veinte años de cuidados con sus broncas, uno de exquisitos platillos que ella misma se encargaba de pedir y dirigir, varios de visitas de un par de testigos de las escaramuzas madre-hija, y un instante, lo que dura una noche, del trato más humano y digno que una persona le ofrece a otra sin conocerla.

Jalaba el aire entre pausas cada vez más prolongadas, de repente se quedó en una eterna y calma interrupción.

San José, una buena muerte y jacarandas en flor.

Hasta la próxima.

Un manjar en el Peloponeso

—Uy, uy, uy, ¡cómo pasa el tiempo!

Esta frase debe pronunciarse en todos los idiomas. ¿Cuántas veces la habremos pensado o verbalizado en nuestro recorrido? Sobre todo ahora que parece que el propósito de los adelantos tecnológicos es darnos una patada en el trasero para acelerar el paso por este “valle de lágrimas”.

Hace ya más de cuatro meses que las Perritas pisaron Nafplio (Nauplia), una ciudad de Grecia situada en el golfo de Argos. Dícese que su nombre deriva de Nauplio, hijo del olímpico Poseidón, dios del tridente y el caballo.

Nos despedimos de nuestra travesía en un restaurante con mesas al aire libre, sombrillas blancas y azules, bandera griega y vista a una llamativa plaza. Si tienen la oportunidad de visitar Nafplio, no se lo pierdan.

Restaurante Grecia

Además, sólo apoquinamos €10 por piocha.

El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa
El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa

http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADmbolo_del_euro

Ignoro si es una costumbre universal que los humanos expresemos nuestro absoluto contento gastronómico con el sonido mmmm, pero la estancia de las Perris en el comedor helénico sonaba así:

Bocado de musaka:
—Mmmmm…

No es lasaña
No es lasaña

Bocado de ensalada griega:
—Mmmmm…

Ensalada griega

Bocadón de Dolmades (Stuffed Vine/Grape Leaves):
—Mmmmm…

Con panecito...
Con pan y vino…

La Perrita menor se enamoró de este platillo, así que más valía entrarle con fe a un manjar que compartimos tres personas.

http://www.mygreekdish.com/recipe/greek-dolmades-recipe-stuffed-vine-leaves/

—Tenedorzaso de queso feta frito:
—Mmmmm…

¡Qué antojo!
¡Qué antojo!

—Cucharada de tzatziki para embadurnar el pan:
—Mmmmm…

A base de yogur y pepino
A base de yogur y pepino

http://es.wikipedia.org/wiki/Tzatziki

En el barco, que iba a media capacidad, había alimento como para hartar a una manada de bisontes desquiciados, pero lo interesante consistía en pisar tierra y buscar un lugarcito para hincarle el diente a la comida típica.

bisonte

Soy una persona que se encanta y cuasi hipnotiza con nuevos sabores, olores, mezclas y colores. mis papilas gustativas siempre están ávidas de probar y mi ánima de ser conquistada por el placer de la mesa.

Cuando mi ánimo decae —no me refiero a la depresión— siempre me viene bien algún bocadito que sosiegue mi espíritu. Qué tino el de José Fuentes Mares al escribir que «[…] la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte”.

Por cierto, muchas de las fotos que ilustran los textos de este blog son de la autora.

Hasta la próxima.

Sinsabor a muerte

—Piiip piiip, ¡paaaaaaf!

Así lo describió Riohnach, la mujer del percance.

—Híjole, yo ya me había estacionado —comentó Mahala— y vi que venía Rioh. ¡De pronto oí un guamazo, el cuate de la moto salió volando!

Con moto y sin can
Con moto y sin can

Santísima Madre, así pintaba el festejo.

—¿Qué pasó —grité.
—Es Rioh —dijo Kama.

Imaginé lo peor y bajé las escaleras cual vaca de lidia. El frente de su coche se había desintegrado y un motociclista dolorido se recargaba en un árbol. Como suele pasar en la ciudad de México, los repartidores manejan como alma en pena y desafían la segunda ley de Newton, que involucra aceleración, masa y fuerza.

Física

Sirvió de poco que Rioh indicara que daría la vuelta, el temerario conductor quiso ganarle al auto y pasar por delante. Nanay.

—Tendría que ir al Ministerio Público en calidad de detenida.

Dioses del Olimpo, Rioh con los ojos desorbitados, la boca espumante y el fulano poniéndose el hielo que cariñosamente le ofreció Polly. Adentro de la casa se acumulaban arreglos cumpleañeros, suculentas botanas y la mar de bebidas alcohólicas.

—Pero mire dónde me pegó, yo no tuve la culpa, ¿cómo que al MP?

No me imaginaba a Rioh en una celda, máxime que ha pasado por la vida con cara de #yonorompounplato

—Es cierto, pero hay un herido. Déjeme ver qué puedo negociar.

Ay, qué desasosiego, y este bochinche ya no se puede cancelar.

Suddenly…

—Mire, señora Baca, la aseguradora pedirá la ambulancia para el siniestrado (horrenda palabra) y a usted le darán la mitad del deducible.

¿Será que partiremos pastel?

Visto sin sobresalto, qué fortuna que el conductor de la motocicleta estuviera coleando de vivo y que se evitara la intervención de nuestros eficientes y níveos Ministerios Públicos, infestados de burócratas que bostezan sin tapaboca, mascan (y truenan) chicle, duermen el sueño de los “justos” (o crudos) y brindan un servicio en modo de adagio.

La crisis fue superada al amparo de cinco botellas de vino y algunos fogonazos. Rioh la hizo de DJ, olvidó la afrenta y el frentazo, Mahala regresó airosamente de su blackout alcohólico, Polly soltó sus más sonoras carcajadas e hizo gala de la mofa, Pablo rió y lloró con recuerdos envueltos en canciones y las Perritas volvieron a su jilgueresca adolescencia.

Hasta la próxima.

Muerte

Somos deleznables. Migajas, briznas, mirruscas… Las palabras que quieran y que taladren nuestros oídos con un ¡zas!

Asomó las narices a la calle. Pedaleaba la bicicleta cuando un conductor abrió la puerta del auto. Se calló. Pasaba un camión. Adiós.

Jugaba en el patio de su escuela. Una bala perdida. Lo enterraron.

Dudo que al abrir los ojos tú y yo nos hagamos conscientes de que podríamos hallar el final. Lo que escribo me recuerda el inicio de cada capítulo de la serie Six Feet Under.

sixfeetunder

Verla implicaba toparse con muertes distintas: en el radar o inesperada, plácida o cruel, larga o instantánea, autónoma o a punta de balazos.

Imagino que los diferentes tipos de decesos son proporcionales a la cantidad de bichos que pisamos la Tierra. ¿Cómo es la caja del nuestro?, ¿de qué color el moño?, ¿papel periódico, celofán, biblia, rugoso, satinado?

Hormigas que hormigueamos, y se hace más patente cuando escapamos de lo conocido, lo rutinario y circular.

En alta mar, allá en el Mediterráneo, envuelta en estrellas cosidas a la negrura, un viento frío e inquieto que rebana mi cabellera y que empuja las lágrimas. Y esa masa de agua infinita, voluptuosa, abismal. El momento idóneo para expresar estoy a salvo, pero nada soy, tan sólo unos ojos que se obstinan en asir el misterio y la belleza de lo insondable.

Mar_3

Hasta pronto…

Demasiado personal

El viernes 16 de marzo de 2012 me dijeron que se había vestido, que estaba sentada en su sillón, muy guapa, platicando con el hombre que fue su última y efímera ilusión. Me dio gusto, aunque me mostré incrédula respecto a lo bien que se veía. Estoy segura, fue una artimaña para esconder nuestro dolor.

Subí la escalera, entré en su cuarto, la vi, nuestras miradas se cruzaron y supe que era mentira. La vida de mi madre se escurría, ella lo había anunciado de muchas formas. Llamadas y despedidas por teléfono y en persona, machacándolo a quienes pasaban más tiempo con ella —»No compren gas, ya no se va a necesitar”—, y ese abrazo, el último, sus manos tomando mis hombros, mi mejilla y mi oído sobre su pecho y después nuestros ojos, hechos de historias, de lucha, de pleitos, llenos de nuestras risas del sábado 17, donde hasta el final cupo el amor.

Tomé mi bolsa y también, como solía hacer mientras bajaba, le grité “bye, Má”. De regreso vino un “adiós, mi amor”.

14 de marzo de 2014

Cerca del miércoles 19, es decir, a 730 días de nuestra despedida. Afuera de su casa está la misma jacaranda que presumía sus hermosas flores color lila cuando dejó de respirar, poquito después de que el padre le diera la extremaunción.

Jacaranda

Una muerte serena, tranquila, sin sobresaltos. Hasta podría decir que dulce. La camioneta de Gayosso estacionada afuera. ¿Era real? Qué sensación tan maniaca. Me negué a ver el desagradable procedimiento de la bolsa y el cierre con mi madre y sin ella dentro. Para mí la peor parte, sin duda.

Llegó la hora, se la llevaban por segunda vez, ahora al crematorio. La seguí, llegué hasta el elevador y nunca imaginé que me dijeran que podía bajar con ella. Adrenalina. Acompañarla hasta el último segundo. Oía los pasos de mi hermana atrás de mí, muy cerca. Ellos transportaban un cuerpo más, yo sólo veía a mi mamá. Pasillo, vuelta a la izquierda, fuego, llamas, rojo, lenguas, calor, el abrazo final.

Cual algodones de dulce, como plumas de un edredón, así de ligero, levantaron completita la tapa del féretro. Me acerqué, le hice una caricia y besé su frente. Mi madre estaba, pero su cuerpo era de hielo. Me asusté un poco.

“Hija, cuando me muera que no me quiten la pulsera que me regalaste”. Era de ámbar. Se quemó junto con su carne.

Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa "lo que flota en el mar"
Ámbar, palabra que proviene del árabe. Significa «lo que flota en el mar»

—¿Dónde estás, que suelo extrañarte?
—Contigo —me respondes.

Y sonrío.