Que muera… la anquilosis

Leo Misericórdia, de la autora portuguesa Lídia Jorge. La novela no me atrapa, pero las palabras de la señora María Alberta sí me hacen mella: “Cuando se acerca la noche, yo hablo y hablo, pero las palabras dichas no tienen morada”.

Y quedóse, sin hogar y en el tintero, una suerte de continuación de Las penas con pan… y gel. Sustancioso para quien tenga los tamaños de adentrarse en un trastorno mental que logro controlar y tamizar con humor. Libro muerto, y no de viejo, sino desoxigenado en una cabeza.

Será, ya verán. Esta vez los voy a tomar de la mano para que me acompañen al tianguis de los miércoles, con sus puestos y su gente, todas personas a quienes llamo por su nombre. De nuevo, abro las puertas del fluir de mi conciencia y me enfrento a la página con apertura y valentía.

Vencer las telarañas mentales y fluir en el papel. Hay parajes oscuros a donde llega, desahuciada, la voz interior.. ¿Les sucede que abrimos los ojos en medio de la noche para torturarnos con todo lo que no podemos resolver?

Enredo cuyo destino, de poder conciliar el sueño, es, sencillamente, sucumbir.    

Es ella

En sociedad la conocían como “Helen”, por aquello de arder Troya y la manzana de la discordia. Encendía pasiones, encantaba serpientes, paraba el tránsito. Aptitud, desparpajo y alegría en explosiva fusión. Hermosura cálida y encantadora.

Pero tiempo y circunstancias nos conducen al mismo lugar, sin importar punto del globo terráqueo, ascendencia, poder, fama, linaje ni código genético. Si no hay Paris que valga, mucho menos dioses olímpicos que intercedan.   

Aún vive en una de las calles más lindas de la ciudad. Los árboles han crecido; el arte, los museos, y también el auge de los anuncios, de la invasión visual, circundan las manzanas. Construcciones nuevas que se yerguen ante las cada vez más vetustas mansiones del rumbo; un kínder con sus tres picos de colores; espectáculos que dan al traste con la circulación; parques que reciben a caminantes, deportistas y amantes; camiones de pasajeros que cada fin de semana atestan esa calle, espaciosa, arbolada y sabedora de intimidades. ¿Guardará sus secretos?

Ahí está, casi tan mayor como quien la habita, descascarada, lista para derrumbarse con todo lo que guarda, con nada que atesora, desde su centro hasta la tierra misma. Dentro yace ella, tan grande y voluminosa como las injurias que propina, como el mal que se ha causado a sí misma, como la cresta de una ola que jamás llegó a su cúspide: se fue de bruces y se llevó entre las sales a cuanto tronco se cruzara en su vaivén.

El clásico ejemplo de la absoluta asimilación entre un humano y su circunstancia: camuflaje. Hay suciedad, podredumbre, desaseo, oscuridad, abandono. De esos abandonos que chupan la sangre, que nos hacen entrar en la boca del lobo sin haberlo deseado, que atemorizan y hasta paralizan.

Sigue ahí, en la misma posición horizontal de siempre, con un cuerpo enorme y ajado que se posa sobre una cama añosa que albergó cuerpos del pasado. Madeja de mujer rodeada por botellas de plástico vacías o con un poco de algún líquido lechoso; colillas de cigarro con pintalabios; un par de veladoras que cercan a una quinteta de angelitos muertos; fotografías de antaño, la mayoría en blanco y negro; pañuelos desechables sucios, un teléfono pegajoso y una televisión en programas religiosos o películas consagradas.

Duele, hiere, da terror, desarma, casi mata la exangüe sobrevivencia del visitante. Es más triste y abrasador que reconstruir con frialdad la crucifixión de Jesucristo. Los angelitos de las veladoras son hermanos e hija. Bajo la cama antigua se escondía el pánico infantil. El cuarto da señas de que se ha acabado de vivir, en vida.

Por ahí dormitan, también, algunos recortes de periódicos, enmarcados y amarillentos, delatores de mejores épocas: Bellas Artes y Sonia Amelio.

Igual asoma el recuerdo altivo y de belleza fría; la memoria de un llanto que desarma. El de la escritora de múltiples textos, entre ellos hojas de la Underwood donde tejió y vislumbró un destino atroz, duro como el balazo que penetró la garganta de Octaviano y como la bomba de tiempo que habitaba el corazón de Maurilio.         

Ojos hermosos, tristes, brillosos como canicas, inquietos, expectantes. Ojos que se abren para ver la luz de un día, de cada día que amanece muerto.

Mal de olas

¿Cómo te explico? No hay una causa. Si me preguntas el porqué, no vas a oír: «mi mejor amigo tuvo un accidente», «descabezaron al primo Paco», «los narcos empezaron a rondar el negocio familiar», «no tengo dónde caerme muerto», «atropellaron a la tía Chucha.

Si no pasa nada, ¿por qué hacer olas? Chale, las olas no se hacen adrede, ¿las has visto? Obvio. Ni tan obvio, ¿eh? ¿Te has fijado en cómo suben y bajan? Sí. Pues así subo y bajo yo. No me digas, ¿me vas a venir con el cuento de que tienes mal de olas? Oye, qué buen nombre ese de «mal de olas», así no le ponemos palabras truculentas. Pérame tantito, ¿entonces sí le puedes poner palabras? Algunas. ¿Como cuáles? A ver, me sigo con las olas y con el ambiente marino: estoy en la playa, siento la arena fría bajo mis pies, está nublado y se espera tormentón. ¿Y pretendes que entienda con tu escena playera? Pues sí, ¿que pasaría si sintieras frío y estuvieras seguro de que el viento va a soplar fuerte y de que la lluvia te va a agujerar el coco? Ay, ¡bájale! ¡Nada de bájale, güey! ¿Quieres palabritas? ¿Qué te parecen el desasosiego de Pessoa y la zozobra de William James? Ya empezaste… Bueno, la próxima vez no te enzarces conmigo en vericuetos que vas a reducir a un «mal de olas». Mmm, ¿y qué hay de la tía Chucha? ¡Me da igual si la hacen crepa en avenida Revolución!

 

 

Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.

Mama sin acento

Fraternal sincronía: las hermanas, una en Estados Unidos y otra en México, se practican su mastografía anual.

Se llaman vía WhatsApp —aunque no lo crean, hay quienes todavía le dicen What’s up (¿?)— y platican sobre el cruel azote del Síndrome Premenstrual. A días de que la gringa aterrice en el D.F., tratan un par de temas: el franco vapuleo en campo de gules y la zozobra ante la aplanadora de senos.

Me tocó pasar por esa carnicería el lunes 9 de noviembre. Cuando inició el estudio, trago amargo —adiós a la pudorosa batita azul—, la amable técnica me indicó que no respirara.

¿Y cómo rayos voy a jalar aire si quedo paralizada por el dolor y la estupefacción?: observo una masa informe a la que manipulan cual  pedazo de carne de animal muerto.

La derecha es más brava y aguanta, pero la izquierda llora cuando queda hecha crepa entre las amenazantes planchas del mastógrafo.

—¿Y cómo le hacen con las mujeres que son más bien planas?

—Uy, es difícil para ellas y para nosotras. Tenemos que pescar el pezoncito y aplastar.

¡Madre de Dios, qué bueno que estoy bien dotada!

—¿Y las de los implantes?

—Nos piden diez tomas en vez de seis.

Para que sepan, a mí me hicieron ocho. Después me dirigí a la sala de espera: faltaba el ultrasonido.

En el ínter platiqué con una señora amable y alegrosa, sobreviviente de cáncer. Cuando la llamaron quedé frente a una oaxaqueña divorciada, simpática y elocuente. Me confiesó que ese mismo día tenía cita para que le pusieran botox, aunque canceló su sesión de toxina botulínica por considerar más importante el aplanamiento de chichis. La observo con sigilo, todavía sonríe y gesticula sin que la boca le llegue a las orejas y los ojos se le rasguen a pesar de no ser oriental.

Me reí mucho cuando me dijo que le daba pavor que sus implantes se desintegraran durante la mastografía: “Imagínate si se me ponchan”. Pues sí, gacho que quedara desinflada y se la llevaran directito a la plancha, sin su toxina.

Llegó la hora «ultra», que me practicaría la doctora Barois. Durante la prueba hice dos preguntas recurrentes:

—¿Todo bien?

—¿Es normal?

El lunes 16, una semana después de mi masto, recibí un mensaje de mi hermana en estos términos: “Me acaban de aplastar las chichis, pero estoy bien”. Me va a regañar por ventilar sus asuntos, pero ni que fuéramos las únicas mujeres cuya carne delantera se convierte en Tortilla Flat —clara referencia al título del libro de John Steinbeck— una vez al año.

Dadas las estadísticas del cáncer de mama, más vale que las jalen y estrujen mientras uno mira al techo, se medio tapa cuando solicitan un acomodo distinto y hasta se avienta a hacerle plática a la técnica, quien también considera que el procedimiento carece de lustre.

Abur.

¿Verde o rojo?

Mi madre fue una mujer muy guapa. En general, quienes la conocieron secundan mi opinión. Es más, mi hermana y yo nos soplamos cuantiosas coplas tristealegres sobre caballeros que se rendían a sus pies.

chivalry

¡A saber lo que doña Josefina les habría parecido a asiáticos, Redskins, negros, Inuits o australopitecos…

A ella no le hubiera latido...
No le hubiera latido este galán

Yo la describiría con calificativos como sexy, fina, elegante, sensual, bella y voluptuosa, todo en la misma envoltura, que además en sus buenos tiempos se conjugaba con simpatía, soltura y amabilidad.

Podía ser alucinante cuando quería «partir plaza», llegar al último para ser the one and only e instalarse en la coquetiza cuando no venía al caso.

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No le fallaba, su entrada en un lugar implicaba silencios, distracciones y cabecitas que iban y venían como en una final Federer vs. Nadal. Excelsa, majestuosa, boca parada (¡cero botox ni colágeno!), perfectamente ataviada para la ocasión, se sentía tan iridiscente como un pavo real en época de celo.

Particularmente la recuerdo con un vestido gris, con sus camiseros y con un blusón beige que se le hizo enorme y no le quedó más remedio que resbalarlo a lo largo de su cuerpo y enfundarse unas botas. Recuerdo una foto en la que lo luce, se veía espectacular con un color que aunado al tono cafecito de su piel hacía que mi pobre abuela Pepa pareciera muerto fresco.

Ja ja ja, a las Perritas nos daba un patatús cuando a sus más de cincuenta años se enfundaba en trajes de baño llenos de agujeros que se mandaba hacer en «Amazonas» (¡ahí nomás!). En esos ayeres le pedíamos, casi le rogábamos, que omitiera decir que era nuestra progenitora, y no precisamente porque se viera mal, sino por el atrevido bañador de una señora de mediana edad que lucía sus curvas sin empacho (¡sensacional!).

Ante lo que acabo de describir, pocos de ustedes (¿o varios?) se imaginarían que en lo más profundo de su ser mi mamá era una mujer insegura y llena de dudas, necesitaba de la mirada y la lisonja de otros para sentir —ni siquiera saber— que era bella.

Triste, ¿no? Pero ojo, ¡la razón de ser de este retazo es precisamente tristealegre, porque aunque el alma se transparente, yo misma me reí cuando elegí e ideé el tema de hoy.

Mamá se pone un traje verde esmeralda. Papá no sabe lo que le espera.

—¿Te gusta, P?

—Sí, ¡se te ve maravilloso!

Mamá se cambia, ahora luce un vestido rojo quemado.

—¿Y éste?

—Me gusta más el verde.

—Entonces el vestido rojo no te gusta.

—No dije eso, sólo que prefiero el traje esmeralda.

—No te gusto con el rojo…

—¡No, no, no, tú me diste a escoger y elegí el verde!

—No te gusto.

—M, ¡te ves bien con lo que te pongas!

El acabose. Fin del mundo y de la historia.

Hasta el ratón.

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