Adiós. Pasado.

Revelados en blanco y negro (Kodak, 1935), parecen sacados de la realeza. Elegancia distinta y connatural a la época y a cierta clase social. Una pareja de espigados roba cámara en el centro de la fotografía. Por ahí, reconocibles, Agustín, Alfredo y Álvaro. ¿Cuarenta personas en el rectángulo? Puros muertos. El notario, masculino de la dupla, cerca de 50 años ausente; ella, escritora y maestra, casi 30. Entre los desaparecidos, un suicida. Químico, era. Un tío abuelo muy bello, como Alain Delon o Paul Newman. Lo de afuera no rescata lo de adentro.

El paredón de los desposados asomó cuando, con horas de diferencia, murieron los dos primeros varones de su prole. Quedarían las esquelas de Alfredo y Marcelo, fechadas en 1939. Dos sombras también en blanco y negro, con ojos pizpiretos, que entreabrían la puerta de un mundo claroscuro para una hermana valiente y turbulenta.    

Sangre fría

Crímenes, matanzas, cuerpos, cabezas, sesos, piernas; heridos y muertos por doquier: Alemania, México, Japón, Estados Unidos, Francia, Afganistán, Turquía…

En Polonia detuvieron a un iraquí porque lo agarraron con explosivos justo antes de que inicien las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ); en Brasil, a unos días de que se abra el telón de los Juegos Olímpicos, la gente está que se zurra ante la posibilidad de un ataque terrorista; aquí, en «mexiquito lindo», les dieron chicharrón a dos alcaldes en 48 horas; en Francia de plano dejaron a un cura normando sin su preciada  tête, ¡y los del Daesh (que no me oigan) lo grabaron!

sin_cabeza

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Por si se preguntan qué sigue; todo, porque ésta es sólo una probadita.

¡Ay!, y a mí que me quita el sueño Bantú: ¿lo habrán asesinado?