El primero fue Luis, de 35 años. Un tipo que vivió más de una década en varios lugares de Estados Unidos. Me recomendó visitar Salmon, Idaho, para conocer sus hermosas praderas.
Estaba en Luisiana en el año 2005, cuando el poderoso y devastador huracán Katrina, que esparció el olor a muerte como lo hizo Little Boy, el arma nuclear que acabó con la ciudad de Hiroshima.
Además de manejar, vende ropa, lentes, teléfonos celulares, relojes. También estudia gastronomía, hace tacos de canasta para reuniones ―mínimo 100― y quiere montar una fonda «nice» para dar a conocer su sazón.
Muchos proyectos y energía para hacerlos realidad. Le pregunté que si regresaría al país vecino y, sin chistar, respondió que sí.
El segundo, Arturo, un hombre amable, respetuoso, cálido y empático. Seis años en Peñafiel, después su propio depósito ―excelente negocio―, y ahora conduce un Toyota que todos los días lo enfrenta al reto de convivir con personas distintas. Su fuerte, me lo dijo, es vender, así que desafiar el tránsito citadino será temporal.
Arturo me preguntó que si regresaba del trabajo. Le platiqué que soy voluntaria en una institución que vela, con excelencia, profesionalismo y calidez, por jóvenes que lidian con la farmacodependencia. Entonces abrió la cajuelita y me enseñó su libro, ya muy gastado, Doce pasos. Tuvo la confianza para decirme que había sido adicto y que llevaba 26 años sobrio. Además, comparte sus experiencias en las reuniones de AA. Conectamos bien; entendí el porqué: coincidimos desde el sufrimiento, el compromiso y la lucha humanos.
¡Fue la peor época de mi vida! Mi abuela tenía miedo de que le robaran dos vacas, un caballo y tres tristes cerdos, así que cuando mis papás nos mandaban a verla, mi hermano y yo padecíamos las de Caín.
En la ciudad les ayudábamos con el negocio de comida corrida, pero con ella, que no era nada tonta, la girábamos dizque de soldados. A lo mejor así nos decía para hacernos creer que cumplíamos con una misión importante. El caso es que Joaquín y yo nos turnábamos para cuidar a las bestias. Nos decía que “un día y un día”, pero era tan pesado que a veces hacíamos trampa: Joaco el primer y tercer cuartos y yo el segundo y el último.
Sí, la muy bruja nos había vendido la idea del gran trabajo que hacían los centinelas. ¡A nosotros qué los centinelas! Lo único que queríamos hacer cuando mis papás nos mandaban a Zinapécuaro era tirarnos a descansar bajo el naranjo y ver cómo el humo que salía de la boca del abuelo hacía piruetas en el aire. Ni siquiera nos preocupábamos por lo que íbamos a comer, estábamos acostumbrados a los frijoles, el arroz, el caldito de pollo, los chilaquiles y las gordas de chicharrón.
Cuando la abuela se dio cuenta de nuestro plan, a uno de nosotros lo inmovilizaba en su pieza. No sé qué era peor, porque roncaba tan fuerte que ninguno pegaba ojo. Pensándolo bien, era mejor jugar al soldado. Por lo menos nos podíamos echar una pestañita en alguno de los cuartos, sobre todo en el último, porque nos tranquilizaba sentir que pronto iba a amanecer.
Voy a equis restaurante cuando sé que vale la pena. La experiencia tiene que envolver mis sentidos. Si el servicio es aceptable —ni muy muy ni tan tan—, si los sabores cortejan mis papilas gustativas, si un platillo vale lo que pago, ¡adelante con los faroles! Eso sí, nada de minucias ni probaditas al estilo nouvelle cuisine, aunque la presentación sea de otro mundo.
Minucia
No tengo las tablas de Marco Beteta, quien lleva años y feliz estómago cocinando este negocio, ni pretendo dármelas de foodie —leo que el término, hoy de moda, fue acuñado en 1984 por Paul Levy, Ann Barr y Mat Sloan para referirse a “una clase particular de aficionados a la comida y a la bebida”. Lo dieron a conocer en su libro The Official Foodie Handbook. (Eso de «particular» me suena a clasificación botánica o animal, ¿no?)
Simplemente opino con conocimiento de tragona y con la sabiduría de un ser mortal que ama comer. Además, no me guío por modas, más bien por antojos, recomendaciones de boca en boca, encuentros fortuitos, invitaciones, y a veces por opiniones gastronómicas que me encuentro en revistas como Chilango o Dónde ir, y en periódicos como Reforma, secciónBuena mesa, vía la escurridiza Cony Delantal.
Los lugares más nice no son para mí, basta con que mi paladar y mi olfato sabuesero en busca de un buen plato se den por bien servidos. Pongo como ejemplo El Cardenal, restaurante que fundaron Oliva Garizurieta y Jesús Briz en 1969. Ahí festejamos el cumpleaños de mi papá el 31 de mayo pasado.
El primer Cardenal se alojó en el edificio de la Real y Pontificia Universidad de México
Fuimos al de Avenida de la Paz, hasta ahora la sucursal más nueva. Confíen en que lo que pidan está rico. El festejado le entró a una sopa de fideos con frijol y al cerdo con verdolagas; los disfrutó, pero estoy segura de que en lo más profundo de su corazón envidió mis carnitas al estilo Jalisco, platillo que pedí con escasos tres pedazos de maciza y el resto de puros cueritos. ¡Qué delicia! No se imaginan cuánto ni cómo los saboreé: tengo la consigna de volver pronto para zamparme otros.
Llegado el postre, mi progenitor le hincó el diente a unos plátanos con helado de vainilla, y yo a un panqué de elote calentito, acompañado de un plato de nata para chuparse los dedos.
El Cardenal es uno de esos restaurantes garantía. Me encanta comer en lugares en los que sé que no hay dos o tres especialidades, sino una carta repleta de sabores que invitan a regresar.
Mi hermana y yo solíamos acompañar a mi madre a casa de los Debayle. Veíamos a doña Silvia (confieso que me encantaría saludarla. Podría platicar con ella sobre mi Má), la mismísima progenitora de Martha Debayle (¿alguna vez habrá sido #GenteSencilladelCampo?), a quien no recuerdo haber saludado en esas visitas. Quizá ya estaba labrando su prometedor futuro en compañía de El Negro.
Nos emocionaba enormemente toparnos con múltiples objetos traídos de Estados Unidos, en ese entonces era difícil conseguirlos ¿Había ropa? Si sí, doña Mónica, mi progenitora, debió haber estado «sobres».
Gracias a Silvia les echamos ojo a unas grabadoras marca Sony. ¿Y saben qué?, mi padre apoquinó para que fueran nuestras. Música, esencial para mí, cassettes —fregaderitas prehistóricas, desconocidas para los niños y adolescentes de hoy—, el armatoste para ponerlos y un asa para transportarlo de un lado a otro. ¿Qué más podíamos pedir?
Yo vendía canciones en la escuela, cintas de 60, 90 o 120.
Un TDK de 60, ¡guau!
Ese micro negocio me regalaba un placer simple y duradero, porque cada vez que ponía una rola que le hacía tilín a otra persona tenía la oportunidad de revivirla, de cantarla y de aprendérmela. En esos ayeres las letras se me pegaban como Kola Loka, hoy más bien como engrudo.
Además, todos los miércoles mi abuela materna, doña Pepa, nos dejaba 20 pesos de domingo. Los billetes eran rojos, ¿se acuerdan?
El añorado billetito de mi abuela Pepa
Casi ipso facto me lanzaba al Sanborns de Palmas para gastármelo en cuatro cassettes. Lossumaba a mi colección, que acrecentaba de una semana a otra.
Esa era la causa por la que en repetidas ocasiones mi hermana entraba a mi cuarto y…
—¿Y esa canción?
—Ah, es Down Under, de Men at Work.
—¿Me la grabas?
A mi sister no le cobraba, era un halago que mi música sirviera para imantarla.
Las grabadoras Debayle no sólo fueron útiles para mi pequeño tejemaneje escolar, para sacar letras de canciones —Play, Pause, Rewind, Play, Pause, Rewind—, para descubrir mis rolas favoritas y para conocer nuevos grupos y cantantes, también sirvieron para grabar algunos programas prototipo que bautizamos con el nombre de La perrita no se da cuenta. Alternábamos papeles, en unos casos yo entrevistaba y mi hermana era la amolada que hablaba del dolor en turno, en otros justo al revés. Aunque el malestar era real, cada sesión nos hacía desconectarnos, enfocarnos en nuestra pericia —era requisito hablar como españolas, con todo y ceceo— y reírnos a carcajadas.
Afloraba la pregunta, casi siempre de mi lado:
—Deberíamos ir al radio, hija, igual pega y les laten estas vaciladas.
—¿Crees?
Pero todo se quedaba en las cintas. Mientras, Martha estaría precisamente en la W, afianzando su fructífera y mega publicitada carrera en el radio.
En nuestra familia, más que empresarios, hubo intelectuales, así que pasamos la página y renunciamos a la venta de nuestro cachorro.
Conservo algunos episodios de La perrita no se da cuenta, cuando los escucho me carcajeo y padezco de una buena dosis de nostalgia. De ahí salió referirnos la una a la otra como Perrita, Perri, Perrín o Perrilla.
Hoy, miércoles 7 de enero, a las 19:41 horas, decido que cuando las protagonistas de mi publicación seamos mi hermana y yo, en el título haré alusión a algo relacionado con los mamíferos cánidos, incluso pueden opinar sobre si hago una categoría o no.
Piensen en el nombre del programa y en la cantidad de cosas que pasamos por alto porque no nos damos cuenta. La conciencia duele, señores, pero nos da más y mejores herramientas para enfrentar la vida.