Susurro inteligible

No es que prefiera otear la vida desde una calesa, esperar a que una carta urgente tarde dos meses en llegar a su destino ni pasar temporadas de recreo en el pueblo de San Jacinto Tenanitla. Tampoco estaría muy puesta para ordeñar dos vacas ni corretear pollos.

Avances de todo tipo y a gran velocidad, con el pie obsesionado por pegarse al acelerador. En la era de la instantaneidad nos asolan clics, wassaps, corazoncitos, tuits y retuits, palomitas azules, «última vez hoy a las…», videos, audífonos; paradójicamente, la desconexión.

Con todo y a pesar de tamaña marejada, aún existe la simplicidad, donde lo simple es lo importante: mirar amaneceres y beber atardeceres; calentarse con fuego y limpiarse con agua fresca; comer y beber lo que procuran tierra, árboles, plantas y animales; caminar a cielo abierto y dormir con los huesos; amar con sencillez y desdentar sonrisas.

Y es que la vida tiene candor. Nada hay más sincero y gustoso que rescatarlos, cuidarlos y crecerlos. Y ellos corresponden con la trompa, los ojos, las orejas, la cercanía, el juego, los baños con papás y niños. Porque se vuelven sus hijos, su razón de ser, su motivo para despertar y aliciente para sosegar el futuro.

Es sólo un momento que en compañía se torna arte. Aprendizaje que llena la felicidad tribal. Ya recobró algo de fuerza. Ahora bebe leche. Corre y se entretiene con una pelota. Come bien con su trompa prensil. Abraza y se deja caer suavecito junto a su amá. La mirada expresa dulzura que podría ser lágrimas.

La foto de unos recién casados con dos orgullosos proboscidios como prole.   

Ups, ¡una notificación de wassap! Hasta la próxima.   

Una tarde cualquiera

Miranda estaba en su depa. Sentía frío. Iban a dar las seis de la tarde y se cansó de estar encerrada. Había recorrido paredes y espacios para hacerse una idea de qué lugar ocuparían los soldaditos de plomo, los coches y motos de la colección —ingleses (Corgi), italianos (RIO), españoles (Pilen) —, los ratones ojirrojos gris y blanco, las tankas tibetanas y el gallo de Chucho Reyes, entre otros objetos.

Pensó en salir a caminar. Ahí cerquita, al parque Pombo, para dar un rol y mirar el mercado de San Pedro de los Pinos, ahora remozado: aspecto uniforme, mejores pisos e iluminación, locatarios con idénticos letreros estilo “plata” y letras mayúsculas; en fin, predominio de rombos y cuadros azules y blancos. Adiós a la pintura que pegaba directo en el estómago con ese azul donde nadaban pulpos, peces, plantas acuáticas (¿será?)… Servía como pa’ apapachar la tripa con unos mariscos de La fuente de la juventud.     

Cierto que se ve más mono y arregladito, pero para su gusto le quitaron el aire de barrio y harto de colorido, porque cada puestero se daba a conocer como le venía en gana; las cartulinas de distintos tamaños y colores, la letra manuscrita de los marchantes y la imagen fresca —aún no sobada por las marcas publicitarias—, le daban un sabor original, diverso y atractivo.   

Miranda esperó unos minutos para salir a caminar, acompañada. Cuando la gente no es puntual —hay niveles, claro— y fluye con el tiempo como si no existiera, se arrecha, aunque por fortuna no fue el caso.

Iniciaron la marcha del lado de la acera izquierda, así que pasaron por la carnicería, la pollería, la peluquería, la hamburguesería, la tortillería y la birriería. La tintorería de Edgar desapareció en algún punto de la crisis covid.  

Solemos dar varias vueltas al parque. Por lo general encontramos niños y perros. Miranda carga con su fuero interno y evita ser tocada, rozada u olisqueada. En caso de no haber manera de quitarse, nomás saca su gel.

Con todo y que empezó a sonochar, se percató, con las antenas de toda una vida, de que el suelo, además de algunas porquerías cotidianas, albergaba un cubrebocas negro usado y, dos pasos más adelante, un pedazo de excremento bien embarrado en el piso. Detectados estaban, así que, simple y llanamente, dijo:

—Cuidado con la caca.

Trini asintió.

A partir de ese descubrimiento, Miranda caminaba tranquila por tres lados del cuadrado Pombo. Cuando llegaban al cuarto, el que está frente a la panadería, no podía evitar mirar de reojo —llevaba sus lentes de contacto— con el fin de “cachar” a Trini o a Karen con las patas en la mierda.

Fuera de eso, saldo blanco.  

Cool

Jorge, ya empiyamado, intentaba leer Soulmates, pero Maru era una tarabilla.

―Ya te habías ido, amor, pero mi despertar fue sensacional. Es más, si me apuras te diría que me sentía flotar. ¡Mi ánimo era inmejorable! ¡Gracias a Dios!

Fui a despertar a los niños; como siempre, frescos y hermosos. Adelina les dio de desayunar y yo me arreglé para ir al tenis. Me tocó hacer pareja con Silvia, pero ay, pobrecita, me dijo que a Pancho no le está yendo bien en el trabajo, que Daniel anda muy rebelde, Adriana muy como… urgidita, y que ella va a tener que ir al médico porque sospecha que tiene quistes en los ovarios. Y yo callada, intentando enganchar mis mejores golpes a pesar de la negatividad de mi compañera. ¿Por qué pensar precisamente en eso cuando el día estaba tan lucidor? Lindo, mi amor, los árboles frondosos, las plantas bien regaditas, las flores resplandecientes, el recogebolas una ternurita…

―Ajá…

―Después del ejercicio comí rico en casa de mi mami. ¡Imagínate, me hizo las albóndigas con frijoles que me encantaban cuando era chiquita! Y de postre, ¡adivina! ¡Ta – pio – ca!

―¿Y tus hijos?

―Ay, Jorge, se quedaron a entrenar en la escuela. Pero deja te cuento que fui al baby shower de Cuca. Padre, ¿eh?, todas nos queremos tanto… Ay, y qué te digo del bebé de Lourdes, me tenía con la baba caída. ¡Divino, una mo – na – da! Mira, es rechonchito ―con decirte que se le hacen rayitas en los brazos y en las piernas―, más bien apiñonado, cuando se ríe se le hacen hoyitos en los cachetes… ¡un encanto! Me enamoré del rulo que le cae en la frente. Dice Lourdes que no le gusta, pero que no quiere decírselo a Panchita para que no se sienta. A mí me chifló, es el toque de distinción del chiquillo.

―Maru, estoy intentando leer.

―Eres un aguafiestas, Jorge.

―Oye, ¿y no te faltó el aire en el juego? Estaba muy contaminado.

―¿Contaminado? Esplendoroso, Jorge, así lo vi yo. Y no sé tú, pero yo, a todo dar.

Linchamiento cerebral

Vuelvo a William Styron. Para él, la palabra melancolía se apegaba mucho más a la naturaleza del trastorno. ¿Depresión? Eso era un sustantivo «[…] empleado indistintamente para describir un bajón en la economía o una hondonada en el terreno». El término Brainstorm hablaba por sí mismo, dado que hacía alusión a un mal que se vive como «[…] una auténtica tempestad rugiente en el cerebro».

El cerebro no es más que una presa, y el espacio se torna abismal. No solo aloja pensamientos negativos, ideas suicidas y comportamientos obsesivos, sino tifones, maremotos, tormentas de arena, huracanes y cualquier artimaña que ponga en jaque a la masa de tejido nervioso encerrada en la cavidad craneal que los humanos percibimos como una bola con pelo.

Es más o menos así:

Está cayendo un aguacero. El paraguas es un adorno. Se está totalmente expuesto. Hazmerreír de truenos, relámpagos, automovilistas, niños, ciclistas, peatones, perros callejeros. Nada ni nadie repara en el ente que aún sobrevive a su naufragio.

Inconsútil

La había visto un par de veces en mi vida cuando tenía como siete años, pero de habladas todos coincidían en que la tía Lucha estaba zafada.

Vivía en Altar, Sonora, sola y su alma. Su única compañía era un perro chamagoso que se pasaba buena parte del día aullándole a Chacho, el perico tuerto del vecino, cuyo repertorio de palabras era más bien pobre: “loca”, “mijo” y “cochino”.

La gente de la villa tenía sus teorías: Lucha estaba chalada porque el tío Pelos, en una de sus múltiples borracheras, le había roto una botella de Bacardi blanco en la cabeza; otros decían que la tía había perdido el juicio debido a un golpe de calor: el maldito perro se había escapado, y ella había corrido desesperada por el Gran Desierto de Altar. Algunos más decían que la había abandonado un hombre blanco y esbelto, de ojo azul y pelo rojo, adicto a pronunciar un par de palabras que la metían en otro tipo de locura: Fuck you.

bacardi

La verdad es que esa pobre mujer no le hacía mal a nadie; los habitantes de Altar ya estaban acostumbrados a que Lucha se enfundara una sábana blanca descosida y caminara con las palmas de la mano hacia arriba diciendo que el mismísimo Jesucristo le había mandado su túnica para que les hiciera el favor a los hombres de buena voluntad.

Por supuesto, ellos aprovechaban el ofrecimiento de la lavada de pies, sobre todo después de arduas jornadas laborales; a ellas, en cambio, las ponía de pésimo humor que Lucha no fuera solidaria con su género.

Los que sufrían un poco eran los niños, ¡menudo susto el que se llevaban al ver a Jesucristo vestido y en movimiento, cuando estaban acostumbrados a verlo casi desnudo y clavado en una cruz!

Algunos chavales menos aprehensivos miraban con el rabillo del ojo y decían: “Es la loca de Lucha”, pero cuando la chiquilla de Antonino se topaba con ella empezaba a lloriquear y se jalaba las trenzas. Su madre, hecha un veneno, agarraba a la niña de la mano y la metía en la iglesia: “Mira, hija, mira, ¡éste es Jesucristo; así, sin túnica, sin cubeta ni jerga! Hazte a la idea de que el mundo está lleno de lunáticos”. “¿Lunáticos, mamá?”. “Sí, hombre, sí, ¡así se ponen cuando la luna brilla mucho y les lastima los ojos!”.

Pobre tía Lucha… Estábamos a punto de hacer el viaje para visitarla cuando nos dijeron que había muerto: ella y el Cristo sangrante de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe habían protagonizado un duelo a muerte.

9/11

Vamos a sumar, como en la escuela, nomás que con la ayuda de la calculadora del «omnipresente» celular (crap).

Mi hermana Inés murió hace 31 años, mi madre hace cuatro y medio, mi abuela materna, Pepa, ya cumplió 20, y mi abuelo paterno, Manuel, a quien ni en sueños hubiera conocido, acumula la friolera de ¡68 años! ¡Pa’ su mecha! En lo que toca a estos periodos: 123 años y medio.

Mi sobrino tiene 16, mi sobrina 13, mi cuñado acaba de celebrar 52, y Rafaela, a quien parece que visité ayer en el Instituto Nacional de Perinatología, ya alcanzó  los seis meses = 81 y medio.

Sigo, por la sencilla razón de que hasta resulta divertido contarles que hoy iré a una comida en la que quienes tendremos el honor de convivir sumamos ¡casi 500 años! Híjole, no pude evitar un “no mam…”, pronunciado en voz alta y bien clarito.

Por ende, no es extraño que hoy hace 15 años me quedara petrificada ante una noticia radiofónica que más bien parecía ficción (¿Disneylandia?, ¿animación de Pixar?), y que poco después se convirtió en imágenes espeluznantes de dos aviones que chocaron, ¡a propósito!, contra las Torres Gemelas de Nueva York.

—What??!!!!! ¿Es real?, ¿qué pedooooooo?

Nubes de humo, fuego, gritos, llanto, confusión, dolor, «alfileres» arrojándose al vacío para evitar quemarse. No había para dónde hacerse: era el fin del mundo.

9_11

Y de nuevo las imágenes, y de nuevo la locura, y de nuevo los aviones penetrando el World Trade Center, y más escombros, y más víctimas, y más tristeza, y más indignación, y la locura humana haciéndole sombra a la grandeza del proyecto arquitectónico de Minoru Yamasaki, quien había definido su obra como un “símbolo viviente”. Adiós símbolo, ciao Windows of the World, el restaurante de los pisos 106 y 107 de la Torre Norte, hasta nunca oficinas neoyorquinas en Manhattan. La hazaña de Philippe Petit quedaría grabada en la memoria, pero jamás se volvería a tender un cable de acero que uniera las torres Norte y Sur.

Yo estaba estudiando mi maestría en Rhode Island, a sólo cuatro horas de la barbarie. Lo viví con incredulidad, con azoro, con tristeza, con miedo, con coraje, y hasta con agradecimiento: mi hermana, mi cuñado y mi sobrino de un año habían volado a California el 9 de septiembre por la misma aerolínea.

Y como yo sigo siendo yo, dondequiera que esté, les confieso que tocó a la puerta mi yo más obsesivo: ¿qué tal si recibía una carta con ántrax por correo? ¡Ay, güey! Hasta pensé en regresar, pero quizá era más un vil pretexto para no enfrentar las circunstancias del momento, la vida que se me ponía delante.

A 15 años —poquísimos, según les he mostrado—, con distintas versiones de lo ocurrido esa mañana del 11 de septiembre de 2001 —terrorismo islámico con Bin Laden y Al-Qaeda, George W. Bush para pretextar su invasión a Irak—,  el hecho es que ese martes se comprobó, una vez más, que los humanos estamos enfermos, locos de remate, torturados por criaturas abominables cuyo objetivo es destruir. Por fortuna, aún hay flores, canciones, niños que ríen, personas que agradecemos… y, ¡harto importante!, reuniones donde 496 años se traducen en armonía.

Él

Curioso como el más curioso de los niños, incansable y fuerte, capaz de estar bien aunque no lo esté, meticuloso, observador del pasado a través del trabajo de toda una vida.

Alguien que se fija en el movimiento de las alas de un ave, en la blancura o negrura de las nubes, en una palmera mecida por el viento, en la profundidad bella e incomprensible de Góngora, en el brote de una flor que morirá de noche, en los agujeritos de un burdo waffle, en las entrañas de sus lecturas, en cada persona necesitada que se cruza en su camino, en un zapato salpicado, en las manchas de su piel, en la cortina torrencial que presagia la tarde..

Lo lleva en los ojos: penetrantes, cansados, profundos, inquisitivos, vivarachos, mancillados, azules… De un azul pensante labrado en un tronco, azul, hecho a imagen de la belleza de cantera rosa de San Miguel Arcángel.

Tronco azul

Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.

¿Fatmaqué?

En uno de los episodios de la Pantera Rosa, mi caricatura favorita, al amigable félido se le cerraban los ojos a pesar de su esfuerzo por mantenerlos abiertos. Lo que voy a relatar me recordó los palillos que usaba para evitar dormirse.

pantera rosa

El lunes de esta semana nos lanzamos a visitar a una persona a quien le tengo mucho cariño; dejó su hogar, tapizado de vivencias, e hizo lo mismo con sus plantas, que cuidaba con pericia y devoción.

Hoy, Esperanza vive en Las Quintas, una casa de retiro en Cuernavaca. Nos sentamos a platicar en el sillón más grande de su pieza y me atacó el mismo mal que a la Pantera Rosa.

Sin duda hubo varios factores que conspiraron contra mi agudeza: no había dormido bien —últimamente mi sueño dista de ser reparador—, resentí la desmañanada, me envolvía un agradable calorcito y la plática nomás no movía mi ánimo.

¡Y que se suelta hablando sobre Fatmagül! (¿qué chin… es eso?); el relato se hacía interminable: que si los violadores, que si el anillo, que si Kerim no se la había echado al plato, que si la mamá de no sé quién, que si la boda, que si la manga del muerto.

Qué vergüenza, mi voluntad se hizo añicos durante el tiempo que lo intenté; por más esfuerzo que hice se me caían los párpados mientras veía a mi interlocutora; bajaban, obnubilados, cual carpa de circo inundada por un chaparrón. (¿No se dará cuenta de que me estoy cuajando?) De nada me servían los tristes segundos en los que desviaba su vista.

La tal Fatmagül —me enteré de que la dama, una tal Beren Saat, es una de las actrices mejor pagadas en la historia de Turquía— y sus peripecias me venían guangas; hubiera preferido hablar de los inquilinos de Las Quintas, máxime que estoy leyendo Being Mortal, un libro extraordinario escrito por Atul Gawande, un médico de origen indio que emigró a Estados Unidos.

Gawande

http://atulgawande.com/book/being-mortal/

El texto puede ser una aplanadora: muerte, enfermedad, vejez, deterioro, soledad, espacios donde además de cobrar millonadas se promueven reglas y límites para “cuidar” a los viejos, pero en general no se les escucha para saber si en realidad hay algo, por pequeño o absurdo que parezca —alimentar a un perro, escuchar el canto de los pájaros, convivir con niños, ir al cine ser escuchados por un familiar—,  que les dé una razón para seguir vivos.

Gawande es contundente, aunque su intención es mostrarnos la otra cara de la moneda: la existencia de los enfermos y los ancianos es significativa siempre y cuando se cuele un cachito de ilusión y se combatan el crudo ambiente de los asilos y la indiferencia de las casas de reposo.

En palabras de Atul Gawande:

“It’s been an experiment in social engineering, putting our fates in the hands of people valued more for their technical prowess than for their understanding of human needs”.

Cierto, Esperanza estaba ávida de compartirme el tortuoso sino de (la fulanita) Fatmagül.

Hasta la próxima.

Mis porqués

Caray, qué trabajo me ha costado entender (¿habrá quien me diga que mejor ni lo intente?) las abismales diferencias entre los seres humanos.

¿Cómo atreverse a desembolsar 16,000 dólares (más de 240,000 pesos) para volar en primera clase de la Gran Manzana a Abu Dhabi cuando hay personas que nunca aspirarán a subirse a un avión?

¿Por qué yates de súper lujo y aviones privados al tiempo que hay migrantes que recorren kilómetros y kilómetros hacinados arriesgando su pellejo para buscar un mejor futuro?

¿Por qué pagar 40,000 pesos por una botella de vino cuando apenas alcanza para frijoles, atole y tortillas?

¿Por qué los niños rollizos, estúpidamente envueltos en ropa de moda y los pequeños de otras latitudes que con trabajos se llevan un mendrugo de pan a la boca?

¿Por qué algunos ahorran un año entero para subirse a un autobús y ver por primera vez el mar y otros se escapan a su segunda o tercera casa para esquiar en nieve?

Echen ojo a la avenida Masaryk de la ciudad de México, ¡me parece aberrante que se haya gastado un lanal en hermosear una calle que de por sí atestiguaba enormes diferencias: los de adentro, a quienes les sirven y comen sentados, los de afuera (los de abajo) venden chicles, papas, chocolates y paletas!

¡Ah!, porque en este país desigual les da por soñar que se está a la altura de los Campos Elíseos en París, de la Quinta en Nueva York, de la Gran Vía en Madríd o de la Andrassy en Hungría…

¡Tenemos el Paseo de la Reforma, pero hacían falta ostentación y marcas a las que sólo acceden quienes pueden darse el lujo de comprar nombres, fama, ilusiones y en última instancia letritas de diseñadores y modistos como Carolina Herrera, Louis Vuitton, Salvatore Ferragamo, Hermès, Gucci, Christian Dior, Emporio Armani y Versace.

Espuma, la nada, pompas de jabón, lo ridículo, niebla, lo efímero, irreal. Insane!!! ¿Mascotas «fashionistas»? ¿Qué rayos es esa vacilada? ¿Redes sociales y seguidores de los animales de los famosos? ¿Un perro que se convierte en editor de la revista Love?, ¿una perra terrier más famosa que la 100% natural Donatella Versace?, ¿la gata de Lagerfeld con dos niñeras y más de 46 mil seguidores en Twitter?

100-natural

Dioses del Olimpo, ¡qué gran barrabasada publicó el periódico Reforma! ¿Respeto a quienes se solazan en la frivolidad cotidiana? Confieso humildemente que no.

¿Cuándo me caerá el veinte de que la justicia es teoría y de que ésta es la práctica con la que convivimos cada vez que amanecemos?

Basta, hasta la próxima.