La última vez que estuve en Barnes & Noble me topé con The Giving Tree, un libro de pasta dura y forro verde chillón colocado en un pequeño estante. Sin oponer resistencia volví a mi infancia y entré en mi cuarto.
La edad no cuenta para disfrutarlo
Ese tesoro llegó a mis manos gracias a mi padre. Encerraba la generosidad, el amor, la soledad y el paso aplastante del tiempo.
Hubo una primera vez, seguida de varias, porque no me cansé de recrearlo, de revivirlo desde diferentes puntos de vista ni de admirar a Sheldon Silverstein, quien con palabras geniales y dibujos extraordinarios nos compartió su esencia.
—¿Cómo era Shel?
—Mira, si me enseñas esta foto te diría que fue pirata, científico, preso político, domador de leones en un circo o incluso monje tibetano, pero estoy cierta de que ese hombre calvo, barbado y bigotudo fue un tipo sensible, lleno de letras y garabatos, de poemas y trazos que regaló a niños y adultos.
Cuando trabajé en mi tesis sobre José Mauro de Vasconcelos (Mi planta de naranja lima) descubrí que se referían a su obra como «literatura infantil para adultos». Aquí también caben The Giving Tree y El Principito.
Hay textos que invariablemente penetrarán en nuestros más tiernos rincones de sonrisas, lágrimas, conquistas, dolores y escondrijos por los que hubiéramos preferido no pasar.
Mi hermana y yo solíamos acompañar a mi madre a casa de los Debayle. Veíamos a doña Silvia (confieso que me encantaría saludarla. Podría platicar con ella sobre mi Má), la mismísima progenitora de Martha Debayle (¿alguna vez habrá sido #GenteSencilladelCampo?), a quien no recuerdo haber saludado en esas visitas. Quizá ya estaba labrando su prometedor futuro en compañía de El Negro.
Nos emocionaba enormemente toparnos con múltiples objetos traídos de Estados Unidos, en ese entonces era difícil conseguirlos ¿Había ropa? Si sí, doña Mónica, mi progenitora, debió haber estado «sobres».
Gracias a Silvia les echamos ojo a unas grabadoras marca Sony. ¿Y saben qué?, mi padre apoquinó para que fueran nuestras. Música, esencial para mí, cassettes —fregaderitas prehistóricas, desconocidas para los niños y adolescentes de hoy—, el armatoste para ponerlos y un asa para transportarlo de un lado a otro. ¿Qué más podíamos pedir?
Yo vendía canciones en la escuela, cintas de 60, 90 o 120.
Un TDK de 60, ¡guau!
Ese micro negocio me regalaba un placer simple y duradero, porque cada vez que ponía una rola que le hacía tilín a otra persona tenía la oportunidad de revivirla, de cantarla y de aprendérmela. En esos ayeres las letras se me pegaban como Kola Loka, hoy más bien como engrudo.
Además, todos los miércoles mi abuela materna, doña Pepa, nos dejaba 20 pesos de domingo. Los billetes eran rojos, ¿se acuerdan?
El añorado billetito de mi abuela Pepa
Casi ipso facto me lanzaba al Sanborns de Palmas para gastármelo en cuatro cassettes. Lossumaba a mi colección, que acrecentaba de una semana a otra.
Esa era la causa por la que en repetidas ocasiones mi hermana entraba a mi cuarto y…
—¿Y esa canción?
—Ah, es Down Under, de Men at Work.
—¿Me la grabas?
A mi sister no le cobraba, era un halago que mi música sirviera para imantarla.
Las grabadoras Debayle no sólo fueron útiles para mi pequeño tejemaneje escolar, para sacar letras de canciones —Play, Pause, Rewind, Play, Pause, Rewind—, para descubrir mis rolas favoritas y para conocer nuevos grupos y cantantes, también sirvieron para grabar algunos programas prototipo que bautizamos con el nombre de La perrita no se da cuenta. Alternábamos papeles, en unos casos yo entrevistaba y mi hermana era la amolada que hablaba del dolor en turno, en otros justo al revés. Aunque el malestar era real, cada sesión nos hacía desconectarnos, enfocarnos en nuestra pericia —era requisito hablar como españolas, con todo y ceceo— y reírnos a carcajadas.
Afloraba la pregunta, casi siempre de mi lado:
—Deberíamos ir al radio, hija, igual pega y les laten estas vaciladas.
—¿Crees?
Pero todo se quedaba en las cintas. Mientras, Martha estaría precisamente en la W, afianzando su fructífera y mega publicitada carrera en el radio.
En nuestra familia, más que empresarios, hubo intelectuales, así que pasamos la página y renunciamos a la venta de nuestro cachorro.
Conservo algunos episodios de La perrita no se da cuenta, cuando los escucho me carcajeo y padezco de una buena dosis de nostalgia. De ahí salió referirnos la una a la otra como Perrita, Perri, Perrín o Perrilla.
Hoy, miércoles 7 de enero, a las 19:41 horas, decido que cuando las protagonistas de mi publicación seamos mi hermana y yo, en el título haré alusión a algo relacionado con los mamíferos cánidos, incluso pueden opinar sobre si hago una categoría o no.
Piensen en el nombre del programa y en la cantidad de cosas que pasamos por alto porque no nos damos cuenta. La conciencia duele, señores, pero nos da más y mejores herramientas para enfrentar la vida.