Que muera… la anquilosis

Leo Misericórdia, de la autora portuguesa Lídia Jorge. La novela no me atrapa, pero las palabras de la señora María Alberta sí me hacen mella: “Cuando se acerca la noche, yo hablo y hablo, pero las palabras dichas no tienen morada”.

Y quedóse, sin hogar y en el tintero, una suerte de continuación de Las penas con pan… y gel. Sustancioso para quien tenga los tamaños de adentrarse en un trastorno mental que logro controlar y tamizar con humor. Libro muerto, y no de viejo, sino desoxigenado en una cabeza.

Será, ya verán. Esta vez los voy a tomar de la mano para que me acompañen al tianguis de los miércoles, con sus puestos y su gente, todas personas a quienes llamo por su nombre. De nuevo, abro las puertas del fluir de mi conciencia y me enfrento a la página con apertura y valentía.

Vencer las telarañas mentales y fluir en el papel. Hay parajes oscuros a donde llega, desahuciada, la voz interior.. ¿Les sucede que abrimos los ojos en medio de la noche para torturarnos con todo lo que no podemos resolver?

Enredo cuyo destino, de poder conciliar el sueño, es, sencillamente, sucumbir.    

La loca del cuarto de la casa

Rosa Montero y La loca de la casa. Mi primer audiolibro, que no podcast. Gocé cada minuto del relato. Claro, de repente me escapaba al mundo del ajetreo y la cotidianidad, así que había que volver atrás, cosa harto simple. Entonces jalaba mi atención para escuchar a la novelista en voz de Elsa Veiga, estupenda narradora, sapiente de ritmo, tono, pausas, subidas y bajadas.

Hubo clasificaciones diversas de escritores aventuradas por diferentes autores. Entre los mencionados, recuerdo a Italo Calvino, Mercè Rodoreda, Ana María Matute, Juan José Millás —uno de mis favoritos—, Joseph Conrad, León Tolstói y Stephen Vizinczey, entre muchos otros. Montero jamás olvidó el papel de las esposas de los «monstruos», algunos narcisistas y vanidosos en extremo, ni la gran literatura hilvanada por mujeres.

Lectora empedernida, devota de la capacidad de imaginar, de crear personajes y universos que borran a escritores y escritoras —antes no hubiera incluido esto del género—; mujer creativa enhebrando historias sin descanso, entre otras razones para conjurar la negrura del insomnio.

El título de la obra me recordó mis años de estudiante en Rhode Island, donde parte de lo mejor que me pasó fue leer a varias autoras españolas, como la mencionada Rodoreda, Carmen Laforet, Esther Tusquets y Carmen Martín Gaite, quien escondía a la loca de la casa en su cuarto de atrás. El cuarto de atrás, novelón que juega con la presencia y la irrupción del inconsciente, al que Montero llama subconsciente.

Confieso mi debilidad por lo español de España: películas, series, creadores, su manera de hablar y expresarse. Baste un botón de la estupenda Rosa Montero para cerrar este retazo: “Tal vez esté escribiendo este libro justamente para preguntar al fin qué sucedió. Tal vez en realidad todos los escritores escribamos para cauterizar con nuestras palabras los impensables e insoportables silencios de la infancia”.

Chapeau!

Agua serenada

Escribe José García, protagonista de la novela El libro vacío, de Josefina Vicens, La peque: «¿Cómo iba yo a saber que la acumulación de esos ‘mañana’ que ni siquiera distinguía, y que sin notarlo ya eran ‘hoy’ y ‘ayer’, harían pasar no sólo el tiempo, sino mi tiempo, el único mío?».

¡De haber sabido! ¿Adónde lo mandé? ¿Me entero, a estas alturas del partido, que mis cancerberos hubieran cejado en su empeño de torturarme de haber sido más práctica y campirana? ¿Que los cientos de soldados que cercaban mi cerebro con armas largas, en actitud de pulverizar mis neurotransmisores, se hubieran mudado a la cabeza de al lado sin hacer alharaca? ¿Que la angustia, el miedo y la zozobra hubieran emprendido el vuelo cual palomitas de San Juan? Que alguien me explique, con peras y manzanas, en qué paquete metemos ahora a Woolf, Styron, Van Gogh, Poe, Beethoven…?

Resulta que la Depresión ―con mayúscula, dado que es una «celebridad» que pasea por cualquier rincón del orbe― se reduce a un «sobrecalentamiento» de la cabeza; vaya, ¡ni siquiera del cerebro! ¡Me acaban de dar la receta! Se cura, o por lo menos amaina, a punta de cubetadas de agua helada que aprisionan en figuras de hielo el desgano, la tristeza, la frustración, la incertidumbre, y de paso las ideas suicidas.

¡He perdido mi tiempo; el único mío, tirado a la basura! A los 11 años, en vez de pedir ayuda, debí haber solicitado una regadera de presión. Aunque quizá no hubiera surtido el mejor efecto, debido a que el agua repartida en chorritos no habría pasado la noche «al sereno», es decir, a la luz de la luna. ¿Se imaginan el ahorro en terapias, estudios, consultas médicas y chochos! Yo no quiero ni pensarlo.

La mujer de este teórico de los desequilibrios mentales azotó, dando con la testa en el duro recinto (piedra de color grisáceo). Iban camino al doctor cuando su señora empezó a desvariar: estaba «sobrecalentada»; como quien dice, llevaba el aceite quemado y el líquido cefalorraquídeo en pleno hervor. Susodicho dio el volantazo, llegó a su casa, arrastró a la lunática, la arrojó al suelo ―en calidad de res―, y como seguía con la cantaleta de no reconocer ni a su hijonieto, le llovieron seis cubos de agua, uno tras otro. Escurrida y tiritante, pudo descubrir quién era el guapo que la había salvado del paraje donde armónicamente conviven las cabezas fogosas.

 

Ocurrencias

Las cosas difíciles de la vida pueden llegar a ser comunes, y, por conocidas, menos amenazantes. Las situaciones tristes y dolorosas pasan con un trago de tíner, pero pasan. De los momentos alegres hay que darse cuenta, no puede ser que pasen como una nube que está aquí y en tres minutos allá. Los problemas —lo son mientras se puedan resolver—, cuando uno se aleja, otro se esconde tras la puerta.

Y aprender, machetear día con día que mucho de lo que nos pasa es bueno, aunque acechen con toda su pericia el pozo de la soledad (por cierto, así se llama una novela de Radclyffe Hall) y un rayo flamígero que nos parte a la mitad.

Esther

Las últimas lecturas que he hecho me transportaron a un aula en la Universidad de Rhode Island, a los ojos verdeaceituna y a la presencia un tanto seductora de mi profesor Roberto Manteiga. Gracias a él supe que existían Esther Tusquets, Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda y Carmen Laforet: cuatro mujeres escritoras: tres catalanas y una salmantina.

Acabo de leer Confesiones de una editora poco mentirosa. Me acerqué a la Esther amante de la lectura, a la veinteañera emprendedora que desenmascaraba el talento, al cerebro de Lumen durante 40 años, a la dama incansable que compartió su ser voluntarioso con escritores como Ana María Matute, Pere Gimferrer, Miguel Delibes, Ana María Moix, Juan Benet o Jaime Gil de Biedma.

La de Esther, escrito por ella, era una profesión dura y difícil en la que “[…] existe un momento sublime en la vida del editor, que se produce, como los grandes amores, pocas veces […], y es aquel momento en que abres, acaso al azar, el original de un perfecto desconocido y te encuentras ante una obra importante”.

Me clavé con Esther y con su trayectoria, así que di con Corazón amarillo sangre azul, de Eva Blanch, cuñada en la vida real de la escritora. Quiero seguir con También esto pasará y Tiempos que fueron, textos hilvanados por la hija y el hermano de Esther Tusquets, respectivamente.

Pero lo valioso no es aventar nombres ni títulos de libros, sino sentir el deseo de releer, de devorar con fruición El mismo mar de todos los veranos, una novela que conocí gracias a mi maestro, y que Esther escribió en 1978 para beneplácito de quienes hemos tenido la fortuna de toparnos con su creación. Ahí se los dejo…

En el ínter, adentrarme en el mundo de Esther me hace constatar que todos tenemos un mismo mar, una misma piedra, un mismo árbol, una misma calle, una misma esquina… y una vida —una, sólo una, y ésta es mía— que imagino como una madeja amarilla que enredo y desenredo al ritmo de mis… inviernos.

madeja

En terapia (2)

—Qué poderosa es la mente, me siento apachurrada cuando se acercan los días 19. A eso súmale el PMS, no creía en él y ahora me pega con tubo.
—Describe lo que sientes.
—Tristeza, desazón, cansancio, desgana.
—También vas a tener que aceptar esos momentos, son parte de ti y de nuestros agujeros negros.
—Pues intenté describirlos, porque la vida es vaivén, es como el título de una novela de Carmen Martín Gaite: Nubosidad variable.

Vuelvo al globo de cristal. No veo más que agua y peces negros. Van de luto. Rozan mis orejas, mi nariz, mis ojos, mi pelo que ondea en cámara lenta mientras mi cabeza está inmersa en el silencio de la nada: absorta, ensimismada, pétrea.

—Pero me gusta mucho más lo que escribió Mariana, un personaje de Martín Gaite:

“Ahora sé por mis estudios y por confidencias del diván que las cosas que no se aclaran a su debido tiempo van formando como un muro de escoria porosa que enseguida se empieza a solidificar hasta que al final no hay piqueta que lo derribe”.

—¿Te imaginas que uno pudiera pronunciar esta frase cada vez que se mete en el hoyo?

“Las cosas que pasan —como dice mi hijo Lorenzo—, pasan y punto, mamá, no le des más vueltas”.

Una de mis escritoras predilectas
Una de mis escritoras predilectas

Hasta pronto.

De lo bueno poco

Me tienta muchísimo leer a Nell Leyshon, la única dramaturga inglesa (Glastonbury, 1961) que ha escrito para el teatro Shakespeare’s Globe de Londres. Hoy me enteré de que el gremio de libreros de Madrid eligió su novela The Colour of Milk (Del color de la leche) como la mejor de 2014. ¡Caray!

A propósito de las peripecias que ideé para aventar mi blog, bienvenida la dosis de realidad a la que me enfrenta Leyshon: “Ningún músico o bailarín consideraría sus horas de práctica como una presentación. Con la escritura se cree que porque es algo tangible, es importante. Pero no porque lo hayas escrito significa que es bueno. Tíralo si ves que no lo es”.

A picar piedra.

En terapia

Le platico que sigo trabajando en eso. Sí, en It, como se llamó la novela de terror y best seller de Stephen King en los años ochenta.

—¿Y qué es lo peor que puede pasar?
—¿Lo peor?
—Sí, lo peor.
—Pues que no me lea nadie.
—¿Y?
—Y nada. No pasa nada. Ni me muero, ni se altera mi pH, ni me caen maldiciones, ni regreso a mi madre al planeta Tierra. ¡No pasa nada!
—¿Entonces?

¡Ajá!, pongo cara de #québrutacómopuedosertangüey

Para no hacer el cuento largo decido darle un sañudo codazo a mi compinche (el miedo) y subo (¿a dónde?), libero (¿de qué prisión?) mi blog (¿qué es un blog?).
—Ah —contesto—, es una madre que subes a internet… Va de nuez, son escritos y cosas (¿qué cosas?) de mi interés, que pongo en la red (¿qué es la red, una peli del Hombre Araña?), para intentar despertar tu interés en lo que a me gusta e interesa.
—¿Y si no son de mi interés?
—Pues ‘tons p’a que disientas, critiques, compartas tu punto de vista y comentes. ¿Quedó claro?

Así fue como nació Retazos de letras. Y punto.