Cambio

En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.

De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.

Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.

Opuestos

No hay burro que jale la carreta. No hay mañana con una puerta donde se lea «salida». Tampoco ánimo que dé para sonreír o hablar. Vaya, ni siquiera un sueño soñado que ose penetrar la densidad del negro.

Pero, de repente, poco a poco, con una lentitud insoportable, se abre una rendija, y resulta y sucede y pasa que la nube negra se ve menos espesa, que el día no es tan aciago, que la tenaza le da aire al cogote, que una cara amable no se finge y que, una vez más, se le gana la batalla a la vida muerta.

En honor a Virginia Woolf

Nos salvamos, señor Styron, dondequiera que esté con su visible y densa oscuridad. Sí, ya había caído la noche, pero la tormenta no atacó el cerebro. Fue solo una lluvia magnánima que avivó mis sentidos. El viento fresco, las gotas que acariciaban mi cara y mi cuerpo. A eso salí, a mojarme, a sentir la humedad, inmersa en el poderío de relámpagos y truenos. Con los brazos abiertos, el cráneo inclinado hacia atrás y los ojos cerrados. Y viví, respiré y tragué el sabor de la lluvia, pero no bajo la nube. Pude verla, pero no me siguió; creo que ni siquiera estaba al acecho.

Me dijeron que hacía días que el cielo negruzco se mostraba amenazante, pero no había bramado. Tal vez ayer decidió regalarme ese momento de vida.

Bajo la nube

A pesar de padecerla, qué lúcido estaba William Styron cuando describió la depresión. Es oscuridad. Oscuridad que se ve, se toca, se suda, se respira, se penetra, se absorbe y se entierra. Es una nube negra pegajosa e impertinente. Es un estado que aniquila la risa, la voluntad, la concentración, el deseo y la vida misma. Es un llanto profundo, desesperado, mordido por arenas movedizas, que desemboca en la más angustiosa zozobra. Sin más, se zozobra. Se está en una desvencijada barca, a la deriva, pura agua y nada de tierra firme. ¿Dónde colocar los pies para pisar con la fuerza que no se tiene? El conejo de la luna da igual, el sol a plomo ataca con frío, los pensamientos de negrura avivan la incertidumbre. ¿Y las palabras? Las palabras remolinan en la cabeza, desperdigadas; chocan unas con otras, se ensañan, rugen, asfixian la poca cordura que queda para recordarnos que estamos zozobrando.

Hay un ruido pertinaz en la azotea, pero no lo causan los acúfenos, sino ideas perniciosas que se persiguen sin tregua; una tras otra, una tras otra, una tras otra… Cuando ese ruido para es como si estuviera respirando dentro de una escafandra, inmersa en un silencio inusitado, desconocido, ajeno. Cada burbuja un pensamiento ponchado. Y cuando las burbujas viven y pasan frente a mis ojos se dispara el más atroz de los estruendos.

El alivio que llega con la noche, cuando se puede dormir, es un regalo de luz tenue. Styron se refirió a esos periodos de remisión “[…] como el paso desde un diluvio torrencial a un aguacero moderado”. Además hay enemigos etéreos, aunque nada sutiles, zurcidos a la piel; por ahí desfilan el miedo, la desesperanza, la inseguridad y las telarañas suicidas. Pero no pasan de ser telarañas, porque quizá sea aún peor brincar al otro lado y descubrir que se está ante las puertas del mismísimo pabellón de trastornos irreversibles.

Ocurrencias

Las cosas difíciles de la vida pueden llegar a ser comunes, y, por conocidas, menos amenazantes. Las situaciones tristes y dolorosas pasan con un trago de tíner, pero pasan. De los momentos alegres hay que darse cuenta, no puede ser que pasen como una nube que está aquí y en tres minutos allá. Los problemas —lo son mientras se puedan resolver—, cuando uno se aleja, otro se esconde tras la puerta.

Y aprender, machetear día con día que mucho de lo que nos pasa es bueno, aunque acechen con toda su pericia el pozo de la soledad (por cierto, así se llama una novela de Radclyffe Hall) y un rayo flamígero que nos parte a la mitad.

Drogas por encimita

Nunca me dio por probar drogas, vaya, ¡ni siquiera se me han antojado! Además, no vaya a ser que me quede en un bajón de ánimo del que no salga.

Debe ser terrible depender de alguna sustancia tóxica, llámese como se llame: coca, cristal, heroína, mariguana, metanfetamina —la «buena» de Walter White, protagonista de Breaking Bad— piedras de no sé qué, honguitos alucinógenos y un largo etcétera.

walter white

Las menciono, aunque acepto mi ignorancia y mi profundo desinterés en las susodichas, incluidos nicotina y alcohol. Eso sí, yo tengo mi cúmulo de droguillas prescritas con el fin de aplacar los desequilibrios de mi química cerebral, así que también soy dependiente.

hongo_alucinogeno

Plática de parque, revela que estoy en la luna:

luna

—Huele a mariguana.
—¿Cómo sabes?
—Pues es que percibo tal y tal y es un olor como dulzón y huele a hierba y a planta y aquí están fumando.
—Sí, me llega un olorcillo, pero no sabía que era de mota.
—Chale, estás en la nube (bajé de la luna y caí en la nube).
—Prefiero.

Hace años también preferí desaparecer de una fiesta organizada por mi amigo J antes que convertirme en fumadora pasiva de pot, no fuera a ser que los vericuetos del humo se escabulleran por doquier y llegaran a mi cerebro. Una exageración, ¿verdad?

Hace tiempo leí algunas notas sobre la desomorfina, comúnmente conocida como Krokodil (cocodrilo entre los cuates). Me espeluznó, es más potente que la morfina, carcome la piel, provoca daños en tejidos y músculos y una muerte considerablemente rápida. ¿Fastidiarse la vida por una sustancia que actúa rápido, pero cuyo efecto dura poco? ¡Qué miedo! El meollo, creo, es que una dosis cuesta entre tres y cinco veces menos que una de heroína.

http://es.wikipedia.org/wiki/Desomorfina

En una sobremesa de desayuno me platicó A que un día estaba en el Metro de la ciudad de México alrededor de las 22 horas y que la abordó un chavito de unos 14 o 15 años para preguntarle la hora. Acto seguido le ofreció venderle mariguana. ¡Qué cantidad de cosas me son ajenas!

El chiste es que expreso mi más genuina solidaridad con quienes son adictos a alguna sustancia, con las personas que experimentan síndromes de abstinencia, con quienes incluso sacrifican su dignidad y su vida por sentirse menos ansiosos, decepcionados, solos, dentro de un túnel sin salida, al borde de cierta “locura” que desean aminorar aunque sólo sea durante un par de horas.

Hasta pronto.