Descubierta, tentada, sentida, sobada, palpada, apachurrada, acariciada, ¡besada!, y, con todo, respetada. Ha sido libre para acomodarse, respirar, hacerse presente (o no), descansar, crecer (o no), dar lata (o no), llamar mi atención, guardar silencio, aburrirse, irritarse (quizá).
Aunque vive, destacan más de 10 años de mesura y sigilo.
«Hay que ponerle nombre y apellidos» —dijo: fibromixoide, se llama.
¿Despertó?, ¿desperté? ¿O acaso despertamos porque a lo que no nos pertenece (gran parte de lo que nos rodea) hay que abrirle la puerta, darle salida y decir adiós?
Una simbiosis, aunque aún ignoro en qué grado echó raíces y aprovechó para sacarle jugo a la región tibial de mi pantorrilla derecha. Sin duda, ha tenido en vilo a esta mente acostumbrada a obsesionarse y a dar cuchilladas en su muy husmeada paz interior.
Vamos a tener que separarnos, pero ojalá sea con la sutileza con la que se internó entre piel, tejido celular, músculo y demás estructuras anatómicas…
¿Hasta nunca y ahí muere? Santas pascuas, tú a lo tuyo y yo a lo mío; lo anterior con la conciencia de que escribe otro capítulo entre mis pasos.
«Otro mundo en hora y media: conduzca con precaución». En ese lugar la gente cuida de su aspecto y hasta diría que se esmera por verse elegante.
Pasé la Navidad de 2012 en San Francisco y, como hubiera dicho mi madre, me sentí “chinche” vestida con ropa inadecuada para afrontar el frío, la lluvia y el viento; en pocas palabras, mi estancia en esa hermosa ciudad se caracterizó por la facha (tal vez exagero un poco).
Foto de la autora
Además, llevaba harto peso en mi costal: la muerte de mi madre, su cumpleaños el 20 de diciembre y el distanciamiento con mi hermana. Suficiente para exacerbar mi tendencia a la obsesión.
Fue un viaje lindo. La pasé bien y comí rico, pero me persiguió la idea fija del enfriamiento y la consecuente gripe. Supongo que tanta aprehensión provocó que el día de mi regreso azotara cerca de las escaleras para bajar al metro. Por supuesto, las llamadas ANTs (automatic negative thoughts) se apoderaron de mi buen juicio: juré que la consecuencia del guayabazo me llevaría a la plancha de un quirófano.
El rollo anterior nada más fue un pretexto para hablar de la diferencia entre San Pancho y Gilroy, la ciudad donde vive mi sis hace 16 años.
Nunca imaginé tamaño atrevimiento, máxime que en alguno de mis retazos lo critiqué con sorna y ñaca ñaca (recuerdo que así hacían las brujitas de las historietas de La pequeña Lulú. Acabo de leer que el personaje fue creado por Marjorie Henderson Buell, Marge, en 1935): caminé, cabeza gacha, en el conjunto comercial, armada con mis flip flops; mi hermana y yo “flopeando” al ritmo de la naquez.
Idénticas a las del mencionado retazo
Me sentía la mujer más desaliñada de la Capital Mundial del Ajo, hasta que me di cuenta de que el bicho raro era yo. En general, las personas con quienes me topé chancleaban muy orondas con sus «zapatillas ‘veraniegas'»: calzado de plástico, hule o algún otro material, en ocasiones con horrendas y cursis piedritas.
Cada quien su vida, me cae, pero el colmo de la fodonguez fue ver empiyamados con cara de “qué a todo dar es mi cotidianidad en Gilroy”. ¡Y cómo no, si se levantan de la cama con pelos de almohadazo y se trepan al coche!
Peor que el almohadazo…
No me precio de andar a la moda y confieso que me encanta vestir cómoda, ¡pero hay límites!
¿Acaso estoy démodé? ¿Me inmiscuyo en la vida de mi prójimo? Quizá… Prometo pensarlo sin hormigas asesinas (ANTs).
Lo que es un hecho es que jamás saldré a la calle en piyama —salvo que se trate de una urgencia—, y que nada más presumiré mis flip flops cuando haga calor y cuando esté en un lugar en el que “flopear”, estar gordo, fachoso y lleno de tatuajes es lo in.
—Estoy deprimida porque no me ha hablado mi significant other.
Quienquiera que haya pronunciado una frase semejante no tiene la más pálida idea de lo que es la depresión. Andrew Solomon la describió como un demonio. La quinta acepción del Diccionario de la lengua española define demonio:
5. m. Sentimiento u obsesión persistente y torturadora.
Dicen las Sagradas Escrituras que los demonios son ángeles caídos; olvídense de los espíritus celestes, ¡el verbo clave es caer! La depresión equivale a caer dentro de un agujero oscuro cuyo único fondo es el fango. El resto no puede verse. Por eso, aunque la intención sea buena, una persona deprimida abomina un monólogo como éste:
—Lo que necesitas es distraerte, leer un libro, salir a tomar un café, ir al cine, reunirte con amigos.
¡Pero si se está inmerso en el lodazal! El lodo equivale al silencio, al frío interior, al llanto, al deseo de desaparecer, al miedo a lo cotidiano, al encierro, a la carencia absoluta de impulso vital.
La sensación de vacío y de irremediable condena es una tortura. Y persiste, taladra, absorbe, consume. La depresión huele a muerte, por la sangre corre un torrente de cenizas sazonado con ingredientes podridos.
¿Alguien ha pensado en lo que tiene que experimentar una persona para tomar la decisión de suicidarse? De entre tantas muertes desesperadas sólo destaco un par:
Virginia Woolf le deja una nota a Leonard antes de sumergirse en el lago Ouse…
Ahora las contundentes palabras de William Styron, creador de la novela Sophie’s Choice (1979):
“Es […] un momento en el que la oscuridad se hace plenamente visible. Se puede tocar y ver desde dentro porque se está en ella, inmerso en un globo sin aire del que uno tiene la esperanza de salir”.
Cuesta, pero en la estrechez del dolor y la locura permanece una partícula subatómica incandescente.
Viaje en crucero a Turquía y a Grecia. Otras personas hubieran brincado de alegría desde el primer momento. Pero no soy esas personas.
Antes
Alucino. Mi cabeza se estaciona en ideas fijas: cruzar el charco después de 26 años, viajar con mi hermana, guerra (kurdos sirios que cruzan a Turquía para huir de los yihadistas) y ¡Ébola! Esta enfermedad me tenía girando, como si el virus pululara y estuviera esperándome sólo a mí para inocularme algún fluido asesino.
Así que me dediqué a buscarlo, a hurgar en todos los canales de noticias habidos y por haber: Reforma, El País, Sergio Sarmiento, López Dóriga, Twitter, Teresa Romero, Texas, Nueva York. ¡Madre Santísima de Guadalupe! Una muerte espeluznante, terrorífica, inminente, aislada.
¿Para eso me voy a ir? ¿Qué tal si alguien me lo pega en el avión?: ¡son horas y horas! ¿En el barco?: ¡días y días! Luego el periodo de incubación: ¡entre dos y 21 días para saber si me tocaba cuarentena y si mi vida se apagaba!
Porque claro, no importaban los millones y millones de personas que viajaban todos los días ni los miles y miles de aeropuertos que seguían hormigueando a pesar del virus.
Yo sería la elegida, como dicen que fue el pueblo de Israel. Yo y nadie más. Aunque no hubiera estado en África Occidental, ni en sanatorios, ni en países cercanos, ni en Texas (¡porque era tooooodo Texas!), ni en España (¡toooooda España!)
¿Si veía negros? ¿Vendrían de Guinea, Liberia, Sierra Leona, Nigeria…? Podían ser nada más afroamericanos transportándose, igual que yo. ¿Estornudos, toses, vómito, sangre? ¿Compartir baño? ¿Qué iba a hacer?
Una locura irrefrenable. Como tantas otras veces, mi cerebro y mis pensamientos estaban tomados. Dale que dale, remolinos, espirales, círculos, ir y venir. Escuchar, ver, leer y atornillar más. Jala, jala, jala… el hilo se me va, la razón se me escapa.
Ay, güey. Una ráfaga quiso que cancelara. Se avistaba la crisis. Acabaría con mi viaje, con mi propósito de agradecer, con mi deseo de honrar la circunstancia, esa de la que habló Ortega y Gasset.
Miedo, miedo, miedo. ¡Qué jaculatoria ni qué nada! Miedo. Miedo. Miedo. ¿No ir, por miedo? ¿Adiós Mediterráneo, por miedo? ¿Adiós mar, viento, oscuridad, estrellas, soledad, vida, inmensidad, por miedo?
¡Miedo! Parálisis. Un número incalculable de centinelas rodeando mi cabeza, acechando, prestos a usar la metralla. ¿Cómo me escapo? ¿Dónde está el puente levadizo?
Rendija: prohibido todo medio que dé información sobre el Ébola.