¿Realmente se puede ser Neurótico Anónimo? A mí no me convencen, y menos lo del anonimato, porque sucede que nuestros congéneres se dan cuenta de dónde nos aprieta la chancla. Acepto que quizá no todos tengan ojo pa’ la «neura», pero sí los que llevamos un rato de hacernos nudo.
Algunos tenemos rasgos de carácter obsesivos, otros tendemos a la depre, unos más son narcisos, a aquellos les da por la mitomanía, la que se sienta junto a ti en la oficina no puede subirse a un avión, a los de acullá los ataca la nictofobia, no faltarán los que evitan las fiestas infantiles porque son coulrofóbicos, ni los que simplemente huyen a la punta de un cerro porque padecen antropofobia.
Que no le digan, que no le cuenten. Neuróticos somos todos. La cosa se complica cuando la bestia que nos atrapa es la psicosis. Bye-bye reality!: Jesucristo le susurra a Pancho el del tendejón; Sonia es la mismísima Juana de Arco, quien, por cierto, estaba chalada, y don Artemio se hace llamar Marco Polo cuando narra sus peripecias con Kublai Kan, nieto de Gengis Kan.
Veo a un pollo despelucado que está saliendo del cascarón. Echen ojo. Anda turulato, da tumbos, y tiene la mirada semiperdida. Ups, diríase que es el teporocho de la esquina, el que siempre está afuera de la cantina «Hasta verte Jesús mío». Pero, si se fijan bien… ya está aleteando.
Me tomó por sorpresa en Frankfurt, pero no en la ciudad alemana de otro continente —¡bueno fuera!—, sino en la colonia Condesa, salchicha en vías de deglución. Recibí un par de mensajes que decían que Juan Gabriel había muerto. No me atraganté, pero estoy cierta de que puse cara de idiota, aunque nunca hubiera ido a uno de sus conciertos, ni comprado un disco suyo.
¡Sopas, me dije, esto sí va a causar revuelo! No me equivoqué: desde ese bocado, gran parte de lo que he oído y visto es sobre el «Divo de Juárez». Lo más cerca que estuve de echarle un ojo y de sentir su música fue hace aaaños, ¡más de 20!, una vez que mi hermana y yo nos trepamos a una barda para intentar verlo, aún en el Interlomas incipiente y pañalero. Además de vibrar el ambientazo, sólo vi a un tipo vestido de blanco que mantenía prendidísima a la gente.
También me acerqué un poquito a él cuando mi mamá me puso Amor eterno, una canción retroactiva, es decir, que actúa sobre el pasado y nos puede traer a la memoria a quienquiera que se haya ido, en ese caso a mi hermana Inés, y 27 años después, a mi madre. Así es esto: por un lado se va «Juanga», y por otro, un equipo de magos maniobra casi 10 horas para trasplantar dos pulmones con aire nuevo.
Suelo pensar que hasta cierto punto a los humanos se nos da la oportunidad de ganar tiempo, y que de alguna manera infinitesimal podemos «cuentear» al destino; sin embargo, ahí están las frasecitas: «Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas».
Total, ¿dónde se corta la raya de nuestra pequeña historia? Por un lado pienso en qué habría pasado si Juan Gabriel se hubiera cuidado más —peso, descanso, sal (¡a saber!)— y en cuál hubiera sido el derrotero de Pablo si la puerta de terapia intensiva le hubiera quedado lejos.
No sé. Lo que puedo hacer por los que sí están, por las personas a quienes he dado un cacheteo de mí, es rezar, hablar, pedir como sólo yo sé, como a mí me gusta, como nadie cree que hago, siempre con lágrimas que ruedan sinceras hasta llegar a donde nunca sé.
Algo está pasando con la calidad de mi sueño, que solía ser buena. No me «repara», difícilmente alcanzo las 7 horas (6:15, 5:42, 6:31), y hoy de plano abrí el ojo a las 4 y cachito. ¡Es una mentada de madre!
Sin embargo, soy portadora de un cerebro alocado, latoso y mentecato. Se conecta con la realidad en cuestión de centésimas de segundo. Lo que para otros se traduce en mal humor, somnolencia, lentitud y por lo menos dos tazas de café, para mí es automático. Así que en la madrugada, cuando de plano no hay posibilidad de resolver gran cosa, empiezo a pensar en un futuro que no existe, pero que sí tortura.
Así que colaboro (como diría un colombiano), me doy un relumbrón con la luz del celular y pongo un video en YouTube en el que leo SLEEP: You are your own universe, with your own ideas, your own creations. Inside you is a living soul that vibrates with the rest of your own galaxy.
Me encantaría que las ideas de mi universo no se colaran en mi sueño y que el alma que me habita vibrara un poquito más lento con el resto de mi galaxia.
Ya no me gustan los días brumosos y oscuros. Ya no soy afecta a que el sol se me esconda durante un laaargo día.
Empiezo:
Ni siquiera cuando viví en Rhode Island sentí tanto frío; bueno, allá había calefacción.
Mi teoría es que desde mi operación de ojo me volví friolenta. Y ojo, no pienso explicar la relación intrínseca entre temperatura-ojo-intervención quirúrgica.
En el noreste de Estados Unidos, precisamente donde Jonas ha dejado muertos, a los incautos nos recomendaban el layering, que consistía —consiste— en encimar dos o tres capas de ropa —camiseta térmica, suéter de cuello de tortuga, chamarra de plumas o forrada con lana de borrego, sin mencionar bufanda, guantes ni gorro— para despojarse de algunas prendas conforme los huesos agarraban calor.
Abrir la puerta del edificio principal de la universidad modificaba la sensación térmica, y a mi salón, después de pasar por el departamento de lenguas, entraba ya más ligera. Incluso llegaba un punto en el que me arrepentía de haber adoptado el sistema de “capas”.
Era cercana a mis alumnos, así que entre mi socrático deambular y mi acostumbrado aspaviento llegaba a acalorarme. Gotas de sudor deslizándose por mi espalda cuando escribía en el pizarrón; sentía la sutil cosquilla de agua mientras enseñaba el tema más difícil de trasmitir para una hablante nativa del castellano que pagaba parte de sus estudios dando clases de español: preterit versus imperfect.
Recuerdo esa clase —aula + alumnos— con mucho cariño; además, tenía dos admiradores, uno blanco y otro negro. Me hacían sentir halagada, porque la professor —así me decían— tenía más de diez años que ellos. Ésta fue la advertencia de mi roommate:
—Hey, you are a warm person and you tend to touch a lot. Be careful, don’t be so close.
—Shit! Can they sue me?
—I’m just tellin’ ya’, you don’t want to be arrested for sexual harrassment.
—Oh, gimme a break, you people are nuts! Being nice does not equal being a pervert…
—Whatever, just remember that I warned you.
Aunque no lo tuviera presente, hubo un par de estudiantes que se encargaron de hacérmelo sentir. En otro grupo, cuando terminaba la clase, «X», quien tiraba a matemático, se acercaba a platicar conmigo. Danza curiosa, hasta que me di cuenta de que no debía moverme: el chavo necesitaba más de un metro de distancia para poder hablar con su maestra. Ok.
Independientemente de la estación, hubo personas que me hicieron sentir cálida, aunque oscureciera a las cuatro de la tarde y el frío arreciara y las capas de ropa me cubrieran.
El chiste es que con todo y nieve y hielo y viento helado no sentía que me congelaba. Aquí, en mi casa, todos los días me atrapa el ártico: me mantengo forrada y voy de un lado a otro cargando un calentador.
Adoro caminar descalza y no lo hago desde el 31 de octubre de 2015.
Ya casi estamos en julio y en cuestión de retazos estoy hecha un huevo; a ver qué hago con mis letras durante la segunda mitad del año.
¿Segunda?, ¿a dónde se fue la primera? Suena a lugar mega común, como de rola de #Arjona, pero cada vez se va más rápido, parece que hay pólvora detrás de las plantas de los pies del tiempo (pongamos pies en polvorosa).
Lo bueno es que en el ínter participamos de algunos sucesos: ya casi termino de leer Canción de tumba, de Julián Herbert; me lancé a ver Intensamente, la nueva película de Disney-Pixar; sigo con mi diplomado los viernes y sábados, con mis idas y vueltas a la Librería Rosario Castellanos; el ejercicio (creo que por fin lo retomé), el aniversario de bodas de mi hermana, el día del Padre (lo festejamos con una mega quesadilla de queso oaxaca), comida griega en lugar de unos exquisitos tacos de mariscos.
Entre todo lo que pasa hay cosas que nos causan más hilaridad, máxime cuando las recordamos a toro pasado, cuando el enojo ante el descaro se convierte en burlona carcajada.
Hacia las 11 de la noche, ya en mi camita, sin aretes ni lente de contacto que atosigue mi ojo izquierdo, con ganas de aplastar oreja y dejar de teclear en Whatsapp: tiing, tiing, tiing, tiing, tiing, tiing…
—¡Ay, ya! Va el FaceTime
—¿Qué onda?
—Nada, aquí viendo tele con mi perra.
—Gud, ¿qué ves?
—Pues nada en especial, le estoy cambiando. Ya saben, el clásico zapping: tres segundos, el que sigue; dos segundos, el que viene; cuatro segundos, el que toca. Y así… La neta qué monserga, yo por lo menos sé si quiero de los 500, los 400, los 200 o los cienes.
—A ver a la perra. Acto seguido —taaaa taaaan—: la perra.
Un paseo, no por las nubes sino alrededor del cuarto; una vuelta, no al mundo, sino a una micro-utopía, término que tomo de la arquitectura.
—Ahí está tu botella de vinito.
—¿Cuál botella?, ¡aquí no hay nada!
—La vi ‘orita que me diste un rol por el cuarto.
—No hay ninguna botella.
—Ah, caray, qué raro, estaba sobre tu mesita, ahí donde escondes las pelotas de la perra.
—Pues no, ¡no hay nada!
—Ok, ok, igual me traicionó la vista, ¿no? Como es algo pequeño… ¿A ver tu mesa?
Wtf?
La botelluca ya no estaba, sólo se veían el tapetito de cuadros de colores y algunos objetos. En su lugar había una plástica botella de agua, milagro de mucho menor nivel si se lo compara con el de las Bodas de Caná.
El chiste es que en su voz y sus gestos había indignación: yo le estaba levantando falsos, era una mal pensada y no se valía.
Llamó más tarde para confesarme que había querido “desaparecer” la botella, que había hecho cómplice a la perra y que no le gustaba mentir.
—Ja ja ja, ¿así que no veo tan mal? Acuérdate de que Johnny va bien de su segundo rechazo. Nomás gruñía.
—Pero si ya la había visto, ¿para qué hacer tanta faramalla?
—Mmmmh.
—Te falta práctica, ¿eh? Considera a Chen Kai, a lo mejor te asesora por ser mexicano; honestamente no creo que puedas pagarle a Copperfield, y ya estás grande p’a que te enseñen a hacer trucos en el Cirque du Soleil.
—Sí me vi muy güey.
—¿A poco? Ja ja ja, por más pinche que vea no puedo perder una botella de vino en una habitación de 3.2 x 2.7 mientras hacemos FaceTime. Quizá puedas…