Emociones

Descubrir que siguen ahí: atiborradas en mi cerebro, pegadas a mi piel, amarradas a mi intestino, atoradas en mi corazón, apelmazadas en mi espalda, enmarañadas en mi cuello, nubladas en mis ojos y atontadas en mi cuerpo.

Ennegrecidas con los años.

Y eso… eso… Duele.

emociones

Sangre fría

Crímenes, matanzas, cuerpos, cabezas, sesos, piernas; heridos y muertos por doquier: Alemania, México, Japón, Estados Unidos, Francia, Afganistán, Turquía…

En Polonia detuvieron a un iraquí porque lo agarraron con explosivos justo antes de que inicien las Jornadas Mundiales de la Juventud (JMJ); en Brasil, a unos días de que se abra el telón de los Juegos Olímpicos, la gente está que se zurra ante la posibilidad de un ataque terrorista; aquí, en «mexiquito lindo», les dieron chicharrón a dos alcaldes en 48 horas; en Francia de plano dejaron a un cura normando sin su preciada  tête, ¡y los del Daesh (que no me oigan) lo grabaron!

sin_cabeza

https://sacandofotos.wordpress.com/

Por si se preguntan qué sigue; todo, porque ésta es sólo una probadita.

¡Ay!, y a mí que me quita el sueño Bantú: ¿lo habrán asesinado?

Él

Curioso como el más curioso de los niños, incansable y fuerte, capaz de estar bien aunque no lo esté, meticuloso, observador del pasado a través del trabajo de toda una vida.

Alguien que se fija en el movimiento de las alas de un ave, en la blancura o negrura de las nubes, en una palmera mecida por el viento, en la profundidad bella e incomprensible de Góngora, en el brote de una flor que morirá de noche, en los agujeritos de un burdo waffle, en las entrañas de sus lecturas, en cada persona necesitada que se cruza en su camino, en un zapato salpicado, en las manchas de su piel, en la cortina torrencial que presagia la tarde..

Lo lleva en los ojos: penetrantes, cansados, profundos, inquisitivos, vivarachos, mancillados, azules… De un azul pensante labrado en un tronco, azul, hecho a imagen de la belleza de cantera rosa de San Miguel Arcángel.

Tronco azul

Ciego… y Borges

Tigres, espejos, laberintos, rosas, ajedrez, jardines, tiempo: todo cupo en los eternos ojos de Jorge Luis Borges.

laberinto

¿De dónde la fuerza creadora del escritor ciego? ¿Quién ese dios humano que entregó al mundo más de siete días de luz, oscuridad, tierra, agua, fuego y aire?

Lo veía y lo imaginaba todo; quiero pensar que lo asía y le soplaba existencia.

Si de tigres, me anonada la mirada transparente de uno blanco;

si de espejos, recuerdo a la mujer que los horadaba a su paso;

si de laberintos, mi cabeza;

si de rosas, la de El Principito más que ninguna;

si de ajedrez, Bobby Fischer;

si de jardines, una alfombra verde para caminar descalza;

si de tiempo, ¡ése!, el que tenemos para erigir lo propio.

Pero aquí no traigo al Borges de «El golem», ni al de «El Aleph», ni al de «El espejo de los enigmas», ni al de «La biblioteca de Babel». Traigo, tan sólo, al que me acompaña este atardecer de abril:

«What can I hold you with? […]

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart;

I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat».

Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.

Menos es más

Abro los ojos grandes, aunque por abrirlos no vea mejor, y compruebo que me gusta mi espacio.

A mi derecha hay un cuadrito con fondo rosa en el que se lee: “C’est véritablement utile puisque c’est joli”. La frase está escrita en Le Petit Prince, uno de mis libros predilectos; el cuadro vivió durante años en el estudio de mi tía Teresa, mujer harto significativa en mi andar.

Si miro a la izquierda me topo con una fotografía en blanco y negro. La tomó mi padre hace la friolera de 35 años o más; en ella se ven los rostros de tres mujeres: mi mamá, mi hermana y yo. Modestia aparte, un trío muy lindo, aunque mi cara sin sonrisa.

Frente a mí está la terraza, a la luz de un sol que cae iluminando las torres de la iglesia de San Vicente Ferrer; también la cúspide de una sombrilla roja, una mesa cuadrada, un par de macetas con buganvilias y la barda color verde donde me recargué hace rato, cuando empecé a sentir frío.

Un pedacito de mi nuevo mundo, del universo que iré puliendo poco a poco, sin desbocarme. Me sabe mejor en cámara lenta: en mi lente ya atesoro algunas pinturas nuevas, dos o tres tapetes, una mesa de centro, uno o dos cojines coloridos, una lámpara esférica y otra, amarilla, que cuelgue del techo…

Pero… ¿saben qué es lo más satisfactorio?: que conforme pasa mi vida me doy cuenta de que necesito poco; es la neta, no es que quiera hacer las veces (con todo respeto) del buen San Pancho.

Lo que vale es disfrutar de cualquier ente, cosa, numen, ser, material que vaya sumándose a mi cotidianidad.

Seguimos en diciembre.

¿Fatmaqué?

En uno de los episodios de la Pantera Rosa, mi caricatura favorita, al amigable félido se le cerraban los ojos a pesar de su esfuerzo por mantenerlos abiertos. Lo que voy a relatar me recordó los palillos que usaba para evitar dormirse.

pantera rosa

El lunes de esta semana nos lanzamos a visitar a una persona a quien le tengo mucho cariño; dejó su hogar, tapizado de vivencias, e hizo lo mismo con sus plantas, que cuidaba con pericia y devoción.

Hoy, Esperanza vive en Las Quintas, una casa de retiro en Cuernavaca. Nos sentamos a platicar en el sillón más grande de su pieza y me atacó el mismo mal que a la Pantera Rosa.

Sin duda hubo varios factores que conspiraron contra mi agudeza: no había dormido bien —últimamente mi sueño dista de ser reparador—, resentí la desmañanada, me envolvía un agradable calorcito y la plática nomás no movía mi ánimo.

¡Y que se suelta hablando sobre Fatmagül! (¿qué chin… es eso?); el relato se hacía interminable: que si los violadores, que si el anillo, que si Kerim no se la había echado al plato, que si la mamá de no sé quién, que si la boda, que si la manga del muerto.

Qué vergüenza, mi voluntad se hizo añicos durante el tiempo que lo intenté; por más esfuerzo que hice se me caían los párpados mientras veía a mi interlocutora; bajaban, obnubilados, cual carpa de circo inundada por un chaparrón. (¿No se dará cuenta de que me estoy cuajando?) De nada me servían los tristes segundos en los que desviaba su vista.

La tal Fatmagül —me enteré de que la dama, una tal Beren Saat, es una de las actrices mejor pagadas en la historia de Turquía— y sus peripecias me venían guangas; hubiera preferido hablar de los inquilinos de Las Quintas, máxime que estoy leyendo Being Mortal, un libro extraordinario escrito por Atul Gawande, un médico de origen indio que emigró a Estados Unidos.

Gawande

http://atulgawande.com/book/being-mortal/

El texto puede ser una aplanadora: muerte, enfermedad, vejez, deterioro, soledad, espacios donde además de cobrar millonadas se promueven reglas y límites para “cuidar” a los viejos, pero en general no se les escucha para saber si en realidad hay algo, por pequeño o absurdo que parezca —alimentar a un perro, escuchar el canto de los pájaros, convivir con niños, ir al cine ser escuchados por un familiar—,  que les dé una razón para seguir vivos.

Gawande es contundente, aunque su intención es mostrarnos la otra cara de la moneda: la existencia de los enfermos y los ancianos es significativa siempre y cuando se cuele un cachito de ilusión y se combatan el crudo ambiente de los asilos y la indiferencia de las casas de reposo.

En palabras de Atul Gawande:

“It’s been an experiment in social engineering, putting our fates in the hands of people valued more for their technical prowess than for their understanding of human needs”.

Cierto, Esperanza estaba ávida de compartirme el tortuoso sino de (la fulanita) Fatmagül.

Hasta la próxima.

Mama sin acento

Fraternal sincronía: las hermanas, una en Estados Unidos y otra en México, se practican su mastografía anual.

Se llaman vía WhatsApp —aunque no lo crean, hay quienes todavía le dicen What’s up (¿?)— y platican sobre el cruel azote del Síndrome Premenstrual. A días de que la gringa aterrice en el D.F., tratan un par de temas: el franco vapuleo en campo de gules y la zozobra ante la aplanadora de senos.

Me tocó pasar por esa carnicería el lunes 9 de noviembre. Cuando inició el estudio, trago amargo —adiós a la pudorosa batita azul—, la amable técnica me indicó que no respirara.

¿Y cómo rayos voy a jalar aire si quedo paralizada por el dolor y la estupefacción?: observo una masa informe a la que manipulan cual  pedazo de carne de animal muerto.

La derecha es más brava y aguanta, pero la izquierda llora cuando queda hecha crepa entre las amenazantes planchas del mastógrafo.

—¿Y cómo le hacen con las mujeres que son más bien planas?

—Uy, es difícil para ellas y para nosotras. Tenemos que pescar el pezoncito y aplastar.

¡Madre de Dios, qué bueno que estoy bien dotada!

—¿Y las de los implantes?

—Nos piden diez tomas en vez de seis.

Para que sepan, a mí me hicieron ocho. Después me dirigí a la sala de espera: faltaba el ultrasonido.

En el ínter platiqué con una señora amable y alegrosa, sobreviviente de cáncer. Cuando la llamaron quedé frente a una oaxaqueña divorciada, simpática y elocuente. Me confiesó que ese mismo día tenía cita para que le pusieran botox, aunque canceló su sesión de toxina botulínica por considerar más importante el aplanamiento de chichis. La observo con sigilo, todavía sonríe y gesticula sin que la boca le llegue a las orejas y los ojos se le rasguen a pesar de no ser oriental.

Me reí mucho cuando me dijo que le daba pavor que sus implantes se desintegraran durante la mastografía: “Imagínate si se me ponchan”. Pues sí, gacho que quedara desinflada y se la llevaran directito a la plancha, sin su toxina.

Llegó la hora «ultra», que me practicaría la doctora Barois. Durante la prueba hice dos preguntas recurrentes:

—¿Todo bien?

—¿Es normal?

El lunes 16, una semana después de mi masto, recibí un mensaje de mi hermana en estos términos: “Me acaban de aplastar las chichis, pero estoy bien”. Me va a regañar por ventilar sus asuntos, pero ni que fuéramos las únicas mujeres cuya carne delantera se convierte en Tortilla Flat —clara referencia al título del libro de John Steinbeck— una vez al año.

Dadas las estadísticas del cáncer de mama, más vale que las jalen y estrujen mientras uno mira al techo, se medio tapa cuando solicitan un acomodo distinto y hasta se avienta a hacerle plática a la técnica, quien también considera que el procedimiento carece de lustre.

Abur.

Círculo sin fin

Parece un pestañeo, pero hace ya un año que Perri y yo estábamos planeando nuestro viaje en crucero a Turquía y Grecia.

En alguno de mis retazos escribí que antes de nuestro periplo me traía asoleada el Ébola; según yo, el grueso de los viajeros estaría acechándome para contagiarme el virus: por supuesto, sólo a mí: la elegida.

ébola_elegida

En los noticiarios cada vez se hacía más énfasis en la migración de sirios que huían de la guerra para refugiarse en territorio turco. A Perri le asustaban más los cocolazos fronterizos que la epidemia; sospecho que pensaba en que la tierra que conoceríamos era del tamaño de una nuez y en que serían suficientes unos binoculares para atestiguar el sufrimiento de miles de seres humanos que luchaban —luchan— por defender su vida.

binoculares

El chiste es que iniciábamos nuestra aventura con dos que tres preocupaciones a cuestas.

Perri —madre, esposa, cocinera, choferA, ejecutiva—, artrópodo incansable, debió haberse relajado como pocas veces, porque cada noche, después de una cena generosa en el restaurante principal, entraba a la suite e iniciaba el proceso: desmaquillarse, lavarse cara y dientes, enfundarse un camisón blanco tipo abuelita, acomodarse una guarda antimordiscos, hincarse e iniciar sus oraciones.

Después, más tardaba en meterse a la cama que en soltar el ronquido. La hermana mayor como ostra; algo muy malo tendría que haber hecho para que mi sister no me acompañara a cubierta, ni al bar —en una ocasión me tocó deleitarme con el baile de cachetito de una pareja añosa—, y que tampoco se sentara conmigo en el balcón para absorber la noche llena de estrellas, viento y agua.

Asunto chafa, aunque confieso que se me olvidaba cuando subía al último piso y me dejaba comer por mi soledad, cobijada por la inmensidad oscura del océano. Me colocaba en la punta del barco y cerraba los ojos: ¿era eso el infinito?, ¡qué vivencia para ese ser minúsculo que surcaba el Mediterráneo sin mojarse!

Además del ritual nocturno del camisón, el rezo y el ronquido, hubo otra constante en la travesía: el énfasis noticioso respecto a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El periódico llegaba todas las mañanas, en español, traducido para dos de los tres mexicanos del Silver Cloud: ahí estaba la nota, un verdadero escándalo mundial, entre muchos otros.

Silver Cloud

Sigue la mata dando… Investigaciones van y vienen, versiones que derrumban o complementan a otras, peritos, actos de vandalismo, policías heridos, Insbruck. El hecho es que sigo despertándome con Ayotzinapa.

Lo triste es mi caso: no creer en nada y tener la «certeza» de que nunca se sabrá lo que fue de esas 43 personas. La serpiente que se come su propia cola.

Bai de güei

Neta, que alguien me explique el porqué de construcciones como: hemos venido trabajando, se ha venido analizando, los diputados hemos venido ahorrando consistentemente (jajaja).

¡Dioses! Si de todas maneras se ha hecho, ¿por qué no simplificar? Mi oído, y quizá nuestro bellísimo español, lo agradecerían: hemos trabajado, se ha analizado y los diputados hemos ahorrado consistentemente (jajaja).

Ciao.