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¡EXTRA, EXTRA! Después de más de cinco años, ¡Habemus COVID! Empezó a media semana, el miércoles 25 de junio, con un dolorcillo de garganta y algo de carraspeo. No le di importancia, así que hice más de 45 minutos de ejercicio y disfruté de mi cerveza predilecta: MCEWAN’S CHAMPION. Medio litro de ese sabor me lleva directito al cielo, y sus 7.3% de volumen de alcohol a un agradable —e inocente— mareo. Bien por William McEwan, quien en 1856 creó la Fountain Brewery en el otrora vecindario de Fountainbridge, Escocia, donde también vio la luz Sir Sean Connery. 

Qué alivio, lleno de agradecimiento, es pasar por esta virulencia sin la sombra puntiaguda de Cloto, Láquesis y Átropos, las temibles parcas. Qué buena fortuna cuando se tiene la certeza (¿certidumbre, cuando el asunto es la muerte?) de que la tercera de esas deidades hermanas, al menos por ahora, no cortará el hilo de la vida.

Ni a la esquina, un encierro a cal y canto que ya dura un par de semanas. Hubo fiebre, dolor de cuerpo, escalofríos —un frío helado que me arrastraba a la cama para pasar el rato debajo de mi cobija eléctrica—, pulsaciones en la cabeza, sobre todo al despertar; tos dolorida, cansancio y desgano generalizado. Lo que hay es un subibaja continuo, como suele decirse, un pasito p’alante y dos p’atrás.

Hoy, después de que el SARS-CoV-2 barrió con millones de vidas en el planeta y vació espacios llenos de auténticos hervideros humanos, se trata como una gripa común. Paracetamol, harta agua y tecitos, miel con limón, descanso y, eso sí, puntual monitoreo de temperatura y oxigenación.   

El virus no se ha ido ni se irá, con todo y que el bajo nivel de conciencia empuje a los “humanos” a estornudar sin etiqueta y a echar el bofe en cada “movimiento convulsivo y sonoro del aparato respiratorio”.

¿Recuerdan?: pasillos con cadáveres en bolsas negras de plástico; muertos llorados por fantasmas que no tenían cómo despedirse; viejos olvidados, o menos olvidados, que apagaban su soledad de velas apenas encendidas; trabajadores de la salud que injustos pagaron el precio del pavor; primeros ministros, gobernantes, príncipes y famosos sin salvoconducto…

Y seguimos… Reclusión, agüita, aplanamiento forzado y con convicción. Este bicho exhibe su bravura y da al traste, como le viene en gana, con la energía que algunos ilusos creemos recuperar.

No con orgullo, pero sí formamos parte de esta estadística: “De acuerdo con […] la Dirección General de Epidemiología de la Secretaría de Salud [—¿aún existe—], hasta el 23 de junio había un acumulado de 4 mil 970 casos positivos de Covid-19 —mil 225 más de los que se reportaban a finales de mayo— […]”.

¡Albricias! ¡Habemus gusto y olfato! Si no, a partir una naranja y repetir en voz alta: “naranja”, a fin de que el cerebro reactive la conexión neuronal (idea robada).

Ah, y con razón las máquinas y la inteligencia artificial están en modo turbo. Nada nuevo bajo el sol con la extrema deficiencia y notoria estupidez del sapiens sapiens: ¡qué trabajo nos cuesta aprehender, empatizar y ser solidarios!

Tan tan.

Una delicia

Voy a equis restaurante cuando sé que vale la pena. La experiencia tiene que envolver mis sentidos. Si el servicio es aceptable —ni muy muy ni tan tan—, si los sabores cortejan mis papilas gustativas, si un platillo vale lo que pago, ¡adelante con los faroles! Eso sí, nada de minucias ni probaditas al estilo nouvelle cuisine, aunque la presentación sea de otro mundo.

nouvelle cuisine
Minucia

No tengo las tablas de Marco Beteta, quien lleva años y feliz estómago cocinando este negocio, ni pretendo dármelas de foodie —leo que el término, hoy de moda, fue acuñado en 1984 por Paul Levy, Ann Barr y Mat Sloan para referirse a “una clase particular de aficionados a la comida y a la bebida”. Lo dieron a conocer en su libro The Official Foodie Handbook. (Eso de «particular» me suena a clasificación botánica o animal, ¿no?)

Simplemente opino con conocimiento de tragona y con la sabiduría de un ser mortal que ama comer. Además, no me guío por modas, más bien por antojos, recomendaciones de boca en boca, encuentros fortuitos, invitaciones, y a veces por opiniones gastronómicas que me encuentro en revistas como Chilango o Dónde ir, y en periódicos como Reforma, sección Buena mesa, vía la escurridiza Cony Delantal.

Los lugares más nice no son para mí, basta con que mi paladar y mi olfato sabuesero en busca de un buen plato se den por bien servidos. Pongo como ejemplo El Cardenal, restaurante que fundaron Oliva Garizurieta y Jesús Briz en 1969. Ahí festejamos el cumpleaños de mi papá el 31 de mayo pasado.

universidad
El primer Cardenal se alojó en el edificio de la Real y Pontificia Universidad de México 

Fuimos al de Avenida de la Paz, hasta ahora la sucursal más nueva. Confíen en que lo que pidan está rico. El festejado le entró a una sopa de fideos con frijol y al cerdo con verdolagas; los disfrutó, pero estoy segura de que en lo más profundo de su corazón envidió mis carnitas al estilo Jalisco, platillo que pedí con escasos tres pedazos de maciza y el resto de puros cueritos. ¡Qué delicia! No se imaginan cuánto ni cómo los saboreé: tengo la consigna de volver pronto para zamparme otros.

Llegado el postre, mi progenitor le hincó el diente a unos plátanos con helado de vainilla, y yo a un panqué de elote calentito, acompañado de un plato de nata para chuparse los dedos.

El Cardenal es uno de esos restaurantes garantía. Me encanta comer en lugares en los que sé que no hay dos o tres especialidades, sino una carta repleta de sabores que invitan a regresar.

A ver qué ceno…