¿Y cómo es él?

―¿Y el pésame?

―¿Cuál pésame?

Basta mirarme; no sé si paso por rabino, lunático, bicho raro o enfermo mental… Eso sí, más que sacerdote católico, soy El Mesías. Mis pelos siguen creciendo, por eso me los enredo en un chongo. La barba, que ya blanquea, es larga e ingobernable. Ni siquiera me doy cuenta de cuando se me pegan restos de comida entre la mata. 

En casa me pesa el tiempo; es un monstruo de varias cabezas que me observa desde el altar donde se ofician misas.

¿Misas?

Los caracteres, con sus combinaciones de tipos, gotas, glifos y remates, me persiguen. En la biblioteca, los libros se me derraman; me aplastan, como me aplasta el pasado de la cocina, de las recámaras inmutables, de las ollas y cacerolas de antaño; de los muebles que huelen a una capa de polvo invisible que acumula como 60 años.

Deambulo por el mundo de quienes tienen un pie en la tumba, la barriga en el fuego, el pecho bajo la tierra, la cara lívida y los ojos medio cadavéricos. El sombrero negro me separa del resto ―¿los vivos?―; me hace excéntrico, me convierte en una especie de detective pasado de moda.

¿Acaso aliento? Necesité crear un personaje para darme un yo: no soy el ministro religioso que consagra el cuerpo y la sangre del Señor; tampoco el amante de niñas «púberes», ni el homosexual que se esconde en el armario de su madre. 

Soy solo yo, que me hice visible a fuerza de trastocar mi identidad… y puedo fumar puro y beber y decir groserías y… soltarme el pelo. 

―¿Cuál pésame?

Firulín firulete

Mi abuelo dice que los demonios desaparecen durante el día y salen en la noche, sobre todo cuando no se ven bien las estrellas, pero yo no le creo, porque los míos andan rondando todo el tiempo. Cuando camino a la escuela se me aparecen monjas con cuernos, cuando mi mamá está en la cocina, aunque las ollas no la desnuquen, veo cómo se balancean sobre su cabeza, y, por si fuera poco, en la milpa me persiguen millones de muciélagos. Ah, también al toro lo veo sin rabo y a las gallinas pastando.

Mi abuelo es mentiroso. Cuando era niño me contaba que había ido a la luna y se había columpiado en una nube acolchonada. También me decía que la primera vez que fue al mar había mordido a un tiburón, y que una noche en la cantina había desafiado al matón de matones del pueblo.

Mi hermana lo adoraba, para ella el abuelo era un pequeño dios, un tipo que la dejaba jalarle la barba, un loco que bebía aguardiente y aullaba igualito que los perros de por ahí, un hombre que le hacía broches de libélulas, que le ponía cascabeles en los calcetines y que le tejía bufandas con chaquiras brillantes.

Eso la había hecho la niña más feliz, la más vista, la más sonriente, la más coqueta y la más dulce. Pasó el tiempo y el abuelo se fue apagando; conforme perdía su brillo, ella se hacía más consciente de las burlas de sus compañeros de clase: ¡lo que usaba mi hermana era tan feo y de mal gusto!

El abuelo murió. Lo enterramos en el panteoncito junto a mi abuela. Sentimos tristeza, sí, pero vimos a mi hermana tan orgullosa de sus calcetines con cascabeles que ese día supimos que la magia del abuelo la había hecho inmune a las envidias de la vida.