Desplome de sueños

Hay quienes cavan su propia tumba.

Había indicios de que Amparo dejaría su lugar de origen. Quería ser enfermera. Se la veía animosa y firme. O sea, que ella sí lograría huir del embarazo accidental que perseguía a sus mujeres cercanas. Ella era distinta, veía más allá de la milpa y la terracería; de la ordeña y las cazuelas; de las criaturas y el alcohol; de la casa grande y el delantal.

Ella no correría con la misma suerte de Pamela, la hermana mayor, acostumbrada a los arrechos, golpes y malos tratos de un bebedor. ¿Qué había visto cuando chiquilla? Acaso a un macho que se adjudicaba la palabra “alfa” sin siquiera conocerla. Quizá a un tipo encanijado, hecho a cosificar a su compañera y a tronarle los dedos —o la crisma— cada vez que se le ofrecía. O a un señor que, borracho y maloliente, arrastraba a su mujer por los pelos para obligarla a tener sexo.

No, Amparo alimentaba sueños y trabajaba. Se ganaba su dinerito como mesera, vendedora, recamarera, ayudante de contabilidad, guía y hasta empleada de confianza. El hotel Ventana del Cielo atestiguaba sus proezas de alevín. Además, lo hacía con una sonrisa y buen humor.

Luego, en su simpleza y ánimo, empezaron a inmiscuirse episodios depresivos que contrastaban con las carcajadas que permeaban en el aire, frescas y genuinas. Sonaban como blancas palomas llenas de buenos augurios.

Y sucedió que sus días comenzaron a espesarse, a tener que soportar y combatir capas de lama que se volvieron cada vez más pegajosas. La petición y la advertencia de la madre no bastaron. Quedó encinta. Amarró su destino a la polvareda e inmovilidad de ese su lugar de origen. Ni siquiera pudo hacerse responsable del ser que despertó en el líquido amniótico de su vientre.

En fin, una víctima más del acecho pueblerino. Luego, para aumentar el tormento del nado a contracorriente, ya medicada con fluoxetina, dos muertes que en poco tiempo borraron su solar y la devolvieron a la tierra.

Dos años pasaron. Hubo silencio e incertidumbre. Ella, ahora, habiendo querido trascender el metate y el comal, es pertenencia de un hombre que en su haber suma más de 30 chilpayates desperdigados por dios sabe qué caminos. De poco sirvió criticar el yugo que aún sujeta a Pamela.   

Golpes, insultos, amenazas, alcohol. Amparo y su privacidad quedaron atrás. Amparo hizo añicos sus sueños. Tiene una relación simbiótica con alguien a quien la mayoría teme. Se ve obligada a actuar con cautela, a mentir, a borrar mensajes y llamadas de “conquistas” azuzadas por la psicosis de Korsakoff.

Pero no acaba ahí: tiene miedo y está más gorda que nunca. También tiene prohibido arreglarse, maquillarse, verse bonita, sentirse linda y pintar sus labios de rojo, como solía hacerlo. Si su sonrisa se esfumó, ya no se digan las carcajadas.

Lo ha sacado de inferencias, conversaciones en voz baja, dimes y diretes, palabras que no debieron pronunciarse. Hay dinero, mucho dinero enterrado. ¿Desapareció ese par de años para convertirse en la compañera de un narcotraficante, de un matón?   

Hay quienes cavan su propia tumba…  

Imagen: https://soundcloud.com/r0nin/dig-your-own-grave

¿Fatmaqué?

En uno de los episodios de la Pantera Rosa, mi caricatura favorita, al amigable félido se le cerraban los ojos a pesar de su esfuerzo por mantenerlos abiertos. Lo que voy a relatar me recordó los palillos que usaba para evitar dormirse.

pantera rosa

El lunes de esta semana nos lanzamos a visitar a una persona a quien le tengo mucho cariño; dejó su hogar, tapizado de vivencias, e hizo lo mismo con sus plantas, que cuidaba con pericia y devoción.

Hoy, Esperanza vive en Las Quintas, una casa de retiro en Cuernavaca. Nos sentamos a platicar en el sillón más grande de su pieza y me atacó el mismo mal que a la Pantera Rosa.

Sin duda hubo varios factores que conspiraron contra mi agudeza: no había dormido bien —últimamente mi sueño dista de ser reparador—, resentí la desmañanada, me envolvía un agradable calorcito y la plática nomás no movía mi ánimo.

¡Y que se suelta hablando sobre Fatmagül! (¿qué chin… es eso?); el relato se hacía interminable: que si los violadores, que si el anillo, que si Kerim no se la había echado al plato, que si la mamá de no sé quién, que si la boda, que si la manga del muerto.

Qué vergüenza, mi voluntad se hizo añicos durante el tiempo que lo intenté; por más esfuerzo que hice se me caían los párpados mientras veía a mi interlocutora; bajaban, obnubilados, cual carpa de circo inundada por un chaparrón. (¿No se dará cuenta de que me estoy cuajando?) De nada me servían los tristes segundos en los que desviaba su vista.

La tal Fatmagül —me enteré de que la dama, una tal Beren Saat, es una de las actrices mejor pagadas en la historia de Turquía— y sus peripecias me venían guangas; hubiera preferido hablar de los inquilinos de Las Quintas, máxime que estoy leyendo Being Mortal, un libro extraordinario escrito por Atul Gawande, un médico de origen indio que emigró a Estados Unidos.

Gawande

http://atulgawande.com/book/being-mortal/

El texto puede ser una aplanadora: muerte, enfermedad, vejez, deterioro, soledad, espacios donde además de cobrar millonadas se promueven reglas y límites para “cuidar” a los viejos, pero en general no se les escucha para saber si en realidad hay algo, por pequeño o absurdo que parezca —alimentar a un perro, escuchar el canto de los pájaros, convivir con niños, ir al cine ser escuchados por un familiar—,  que les dé una razón para seguir vivos.

Gawande es contundente, aunque su intención es mostrarnos la otra cara de la moneda: la existencia de los enfermos y los ancianos es significativa siempre y cuando se cuele un cachito de ilusión y se combatan el crudo ambiente de los asilos y la indiferencia de las casas de reposo.

En palabras de Atul Gawande:

“It’s been an experiment in social engineering, putting our fates in the hands of people valued more for their technical prowess than for their understanding of human needs”.

Cierto, Esperanza estaba ávida de compartirme el tortuoso sino de (la fulanita) Fatmagül.

Hasta la próxima.