Por eso

Por más que uno le insinuara que no tenían nada de bello ―igual sí de bueno y útil―, seguía estrenando camisones «sexis». Telas súper delgadas, con algún estampado, que le llegaban arriba de las rodillas. Lo peor es que combinaba esas abominables telitas con unos calcetines como de peluche que se ponía para que no se le vieran sus patas de chichicuilote. Era inútil decirle: «Tápate tantito, ¿no ves que va a subir el señor del gas?». Ella pelaba sus ojos de capulín, se acomodaba en su sillón, cruzaba sus patitas y se alistaba para recibir a su proveedor de gas para su tanque de oxígeno. Ah, fumar al lado del cilindro también le venía guango. Quizá porque tenía la certeza de que la muerte la rondaba en todo momento. Y  créanme, estaba preparada. Empezó a morirse un viernes, precisamente el día en que me anunciaron que se había vestido y que se veía muy guapa. Subí a verla. Bastó con mirarla a los ojos para saber que se me iba. Respeté su decisión de querer morir en su casa: nada de tubos, jeringas, sueros, oxígeno, mangueras ni terapias intensivas. Lo más impresionante fue que nunca tuvo miedo. ¿Quién era?, ¿por qué sonrió justo cuando sabía que el futuro se esfumaba? Creo que por eso.

Autophobophobia

 

―Anda, Filo, dime qué te pasa.

―Ay, Luis, es que puede ser como una pesadilla.

―Por eso, ¡escúpela!

―Mira, es que en este espacio queda poco oxígeno; además, caben derrotas inexistentes, puertas cerradas, pensamientos incisivos, muros inútiles, bocas secas.

―Quiero entender, pero no es fácil. De repente te veo sola, la mirada fija, lejos, como en una suerte de fortaleza en la que solo cabes tú. ¿Hay alguien que pueda entrar? Es como si no estuvieras.

―Estoy y no estoy.

―¡Ay, Filomena, no me gusta que me compliques las cosas!

―A ver, Luis, ¿alguna vez has sentido miedo?

―Por supuesto, Filo, no soy una creación de Marvel.

―Pero a ver, ¿miedo a qué?

―Miedo a que me muerda el perro de la vecina, a que mis papás se den color de que fumo mota, a que Marisol me truene, a que me destripen en el metro…

―Tus miedos son concretos, Luis, están puestos en la realidad.

―¿De qué me hablas, Filo, los tuyos en dónde están?

―Muy adentro en mi cabeza, Luis. Estoy cada vez más consciente de que le tengo miedo al miedo.

―¡¿Cómo miedo al miedo?! A ver, ¿te asustas de tener miedo y eso hace que no estés?

―Es que si no hay algo afuera que realmente me amenace significa que está dentro de mí, ¿no?

―Psss… sí.

―Luis, estamos hablando de algo intangible. Tan intangible como la sangre del Cristo que pintó mamá.

―¿Y cómo lo haces tangible?

―Así, contándotelo a ti. Y después, si me atrevo, vaciándome toda en un papel.

Tras bambalinas

Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.

Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.

capitan-nemo

Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.

Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.

Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.

bambalinas

Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.

Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.