Mentirijillas

Que salvo en algunas excepciones, soy una microbloguera que cayó en revelar asuntos personales de lo que vivo, pienso, siento, sufro y disfruto.

Y disfruto comer en casa de mi papá, porque además de que la comida siempre es rica, evito cocinar para mí sola: no tiene ningún chiste.

Además de ver a la «Mosquita», que está próxima a cumplir siete meses, me divierto con las ocurrencias del Pai. Ayer, tres dignas de destacar; dos tienen que ver con la soltura:

La primera involucra su nuevo teléfono inalámbrico; pulsa las teclas y pide hablar con un señor de apellido Carmen. Se enfrenta a la burocracia, pero consigue que se lo comuniquen. ¡Zas!, suelta un educado: «Vinieron a arreglar mi calentador y me dieron garantía de un año. Ya tengo sus datos, así que me comunico con usted en un año». ¿Será?

La segunda me hizo reír mucho. Fue una respuesta, también vía telefónica, que profirió cual gran maestre de la mentira: «Tengo que confirmar si voy a ser padrino en un bautizo». ¡Ja!, ¡con lo que le gustan los bautizos!

Y la tercera, aunque lo niegue rotundamente, tuvo que ver con que ya quería empezar a hacer sus cosas —léase escribir, leer, hablar por teléfono, ver el fut—, así que cuando le dije que ya me iba se paró como resorte para acompañarme a la puerta. Ambos bajamos, me despedí de la «Mosquita» y de las chicas, y escuché un atentísimo: «Te espero afuera». Eso sí, que no se me olvide que al hacérselo notar me dijo, como el caballero que es, que yo podía quedarme el tiempo que quisiera.

¡Lo conozco taaaan bien!

Adeus setembro!