No importa cuántas saque, porque todas serán distintas. Si no es la luz ―tan lejanas la de la mañana y la de la tarde―, será el capricho de las nubes, o el de los rayos juguetones, o el de los verdes infinitos, los inestables azules, las flores que compiten por destacar; la luna, que llena, menguante, nueva o creciente, se asoma con autoridad; el humo, que aclara o difumina las formas; la lluvia, que desnuda y vuelve a vestir el paisaje; los retoños que emergen de la muerte; las piedras que se besan con energías cambiantes, y el agua, el sonido del agua en su cauce, que recorre la tierra como la sangre el cuerpo.
¿Los sueños ―conscientes o inconscientes― se hacen realidad, o la realidad persigue un sueño? Sueño y realidad se confunden, se alimentan, se toman de la mano, se ven de frente, se interpelan, se arropan, intercambian el color y los claroscuros.
Hay sueños de los que queremos salir corriendo; sueños que, aunque sueños son, nos permiten decidir si abrimos los ojos o si seguimos soñando lo que no nos gusta soñar; sueños de los que nunca quisiéramos despertar; sueños que nos recuerdan a seres idos; sueños que se lloran en la realidad; sueños que nos muestran matices del pasado; sueños que permanecen en nuestra memoria; sueños, en fin, susceptibles de derrumbar la estorbosa puerta.
¿Por qué no zambullirse en lo mágico, incierto, nebuloso, colorido, intangible, vívido, sorprendente, audaz, revelador, insondable y meticuloso?
A fluir, que del sueño a la realidad, el paisaje se torna blanco como la nieve.
Empezamos la semana con una baja considerable de la temperatura. Además del frío, una lluvia testaruda. No estamos acostumbrados a congelarnos a pelo; me refiero a que las casas con calefacción en la Ciudad de México deben ser pocas. Lo que yo hago, dado que me molesta sentir frío, es cargar mi calentador eléctrico de un lado a otro.
¿Se imaginan los 16 grados bajo cero que entumieron a la población de La Rosilla ―por decir lo menos― en la sierra de Durango? Leo que «[…] es uno de los lugares habitados más fríos de México».
Vi nevar por primera vez cuando viví en Rhode Island, al que llaman The Ocean State. Uf, lindos, suaves y alegres copitos de nieve cayendo sin cesar hasta pintar todo de blanco. ¡Qué belleza!, ¡qué tersura!, ¡qué brillo!, ¡qué paisaje inenarrable! ¿A poco? Eso, el gozo, hasta que se derretía la ilusión en la nieve sucia, el hielo resbaladizo, el trabajo inexperto con la pala y las llantas de los coches enterradas.
En esos lugares se aprende el famoso «layering», es decir, el uso de capas de ropa para hacer como con las cebollas: irse pelando. Así que llegaba la maestra, estacionaba su Toyota azul de velocidades ―artefacto fiel y milagroso que, por 500 dólares, la trasladó sana y salva durante el tiempo que estuvo en la costa este de Estados Unidos―, y abría boca y ojos para ver a los estudiantes en mangas de playera, shorts y chanclas cuando la temperatura «subía» a 9 grados Celsius. Y es que ella llevaba camiseta, suéter de cuello de tortuga, abrigo y bufanda.
Obvio, el salón de clases tenía calefacción. Sus alumnos muy a gusto mientras ella empezaba a quitarse ropa, sin lograr atajar las gotas de sudor que recorrían su espalda.
¡Y qué decir de la primera vez que desapareció el sol a las cuatro de la tarde! Újule, no era hora de ir a la cama, ¿qué se suponía que debía hacer? ¿Cavar un hoyo y convertirme en topo? «Focus, hija, focus, te acaban de reparar el tendón de Aquiles y no puedes apoyar el pie izquierdo; ergo, no das un paso sin muletas; tu atuendo incluye una aparatosa bota, afuera está como boca de lobo y viniste aquí a estudiar una maestría. Abrí El mismo mar de todos los veranos y empecé a leer… con luz eléctrica.
Voy camino al paraíso; sin disfraz y lejos de la mascarada cotidiana. Voy en compañía de los subterráneos, pozos, luces ambarinas, polvo y papeles amarillentos de la gran dama de la edición. Por ahí desfilan Ariadna, Teseo, el Minotauro, Rapunzel, Peter Pan, Wendy y Blancanieves. Serán testigos de un paisaje donde se succionan bocanadas de verdor, y los sumergiré en un aire terso y nada enrarecido.
En segundos, en minutos, hora tras hora, sin pedir permiso ni dar explicaciones; porque se le da la gana, porque exuda poderío, porque brama, crece, moja, alumbra, se cuela por rincones insospechados, bufa, seca, esconde, adormece, tiembla, enfría, roe.
De ramas ralas a exuberante verdor; de hojas cítricas a naranjas a punto de dar a luz; del sol quemante a la lluvia fresca que rebota en la piel; de un paisaje definido y límpido a una nube chocarrera que desaparece la imponente Ventana; del terregal amarillento a la multiplicidad de entrometidos verdes; de las líneas eléctricas irregulares que prenden el cielo al rugido potente del suspiro de Aquel.
Ahí la grandeza, la majestuosidad, el eterno juego que nos prueba que somos piezas ―alfiles, peones, torres, caballos, e incluso reyes y reinas―… liliputienses.
Este retazo tiene destinataria, ayer le prometí que escribiría.
¿Saben?, es halagador que haya personas que esperan mis letras. Ni maiz palomas, hoy van a ser escasas, pero mañana habrá «carnita».
Menos de 100 palabras… ¡me la va a refrescar!
*Bai de güei:
En la ciudad de México todos los días me topo con espectaculares que ostentan el siguiente texto: «Anuncio en suspensión de actividades»: se pusieron en huelga, señores (y seños), por sus pistolas y sin autorización.
Ahora, ¿han pensado en qué operaciones o tareas desempeñarán esos gigantescos rectángulos que no hacen más que afear el paisaje?
Hace añicos que mi padre nos enseñó a mirar el cielo, sobre todo cuando nacía un bello celaje. Nuestros ojos absorbían tonos lila, anaranjado, azul, amarillo, gris y rojo.
Ambas nos asomábamos al cielo con anteojos de fondo de botella, pero lo que alcanzábamos, mucho o poco, era sobrecogedor, como sobrecogedora fue la salida del puerto de Estambul y los varios paisajes, matutinos y vespertinos, que nos ofrecieron la travesía y las correrías en tierra.
Santa Sofía, majestuosa
El cielo se vestía de mar y el mar de cielo, una ilusión óptica que cimbra igual que una puesta de sol o un límpido amanecer.
¡Y ese protagonismo de las nubes!, fijas o caminantes, pintadas o lechosas, solemnes o juguetonas, oscuras o deslumbrantes, melindrosas o desparpajadas.
Solemnes…Lechosas y juguetonasFijas…
Como sea, cielo y nubes ostentan poder, al blandir su cetro se regocijan los animales, se sumergen las hormigas, se desbordan los ríos, crecen las plantas, los lienzos vírgenes quedan estampados, desaparecen el sol y la luna, y a los más vulnerables nos acechan las lágrimas o nos sonríen los labios.
Teníamos que cruzar la calle para llegar al Restaurante Hamdi. El señor Arpacı llegó a Estambul en los años sesenta y vendía kebaps en un puesto callejero cercano al Bazar de las Especias.
Tuvo tanto éxito que se hizo de un edificio con vista a la Ciudad Vieja, al Puente Gálata y al Cuerno de Oro, un estuario a la entrada del estrecho del Bósforo.
—Ahí vamos a comer, es el lugar que nos recomendó Hatice.
Después constaté que ya lo había señalado en mi guía.
—Órale, hace hambre.
La ciudad bullía.
—Vente por acá, hay que seguir a la gente.
Ahí estábamos, un par de turistas operadas de los ojos, haciendo su mayor esfuerzo por compartir mañas para ver un poco mejor. Una, moradora de Estados Unidos, acostumbrada a la civilidad y al primerísimo lugar que se les concede a los peatones, incluso cuando chanclean con sus flip flops. La otra, mexican curious, poco caminadora del Defe, pero hecha al gran desmadre, a la falta de respeto, a la abominable carencia de comedimiento y buen modo, con sus loables excepciones.
Se los confieso, es probable que la hermana gringa, después de vivir cerca de 18 años en el país de las barras y las estrellas, pensara que los automovilistas harían lo mismo en Estambul que en California.
—Vamos a buscar un semáforo, hija, esto es una locura.
—Ay, sí.
Nos camuflamos entre el gentío —hombres guapos, mujeres con velo, cargadores, comerciantes— y miramos fijamente al semáforo. Esperábamos a que se pusiera el muñequito verde para bajar de la banqueta. Imagino que la ciudadana estadunidense estaba nerviosa, con un lente intraocular al gato y un ojo al garabato.
De repente…
—¿¿¡¡Adónde vas, güey!!?
La vi bailar a media calle y girar aterrorizada sobre su propio eje. En el ínter, cuestión de segundos, la coleta le daba tumbos y sus botas cafés pulían el asfalto turco.
—¡Me destanteaste, hija!
—A mí no me eches la culpa, güey, ¡yo ni me moví! ¿Por qué fregados te lanzas atrás de ese cuate? ¡Seguía puesto el monito rojo!
Del otro lado, pasados susto y enojo, procedí a imitarla.
—Ja ja ja, ¿neta? Qué oso.
— Ja ja ja…
—No te burles.
—Ja ja ja…
—Ya, ¿no?
—¡Pues ríete, estuvo de lujo!
Las Perritas se carcajeaban en la acera de enfrente. Imitación, risa, escarnio, risa, burla, más risa.
De premio de consolación un paisaje sublime (mi foto es mala), mezes para picar, köfte (albóndigas), kebap, lahmacun (pizza estilo árabe), vino tinto y baklava.
Desde el restaurante Hamdi, ferry-boats listos para navegar el BósforoLahmacun
Más tarde la burra al trigo… Después de caminar por el Puente Gálata y de gozar de un atardecer enmarcado por Mezquitas, mi hermana fue a estamparse, a pesar de mi advertencia, con un uniformado de muy buen ver.
—Estoy segura, hija, nunca entenderá por qué una mujer lo arrolló con tal vehemencia si el mono no parpadeaba, la calle estaba tranquila y los coches inmóviles.
—Ya fue mucha lana, ¿no?
—Ei.
—Mejor cancelamos ese tour, ¿estás de acuerdo?
—Yo no tengo bronca, el cuate de las conferencias dijo que Patmos es un lugar en el que fácilmente se puede caminar.
—Órale, entonces déjame llamar a Christine.
Así que decidimos lanzarnos solapas. Literal, a ver por dónde nos llevaba la isla, porque en cualquier lugar dio exactamente lo mismo que a mi hermana y a mí nos regalaran un mapa con puntos y rayitas para que no nos perdiéramos. Dábamos las gracias (en Turquía ya me aventaba mi Teşekkür ederim) con una inclinación de cabeza, salíamos —del hotel o del barco—, nos lanzábamos una mirada sospechosista y…
—¿Entendiste algo?
—Nada, ¿tú?
¡Dioses! ¿De quién heredamos el nulo sentido de la orientación? Ahí quedaba el mapa, tristeando, desperdiciado, deseoso de que lo vieran otros ojos, ávido de que alguien interpretara su geografía.
—No importa, hija, a ver quién nos dice cómo llegamos al monasterio de San Juan.
Caminando por la pequeña isla nos encontramos a nuestros amigos colombianos, habían alquilado una moto para subir hasta el punto más alto, más de 260 metros sobre el nivel del mar.
A nosotras nos vieron la cara, mi hermana dio su licencia para conducir y le dijeron que necesitaba una internacional. ¿Cuál es ésa?
—Oye, ¿y si rentamos unas bicis? —pensé que me iba a mandar por un tubo.
—¡Sale, qué buena idea! (cara de incredulidad y gozo interno)
Empezamos a pedalear, si habíamos llegado hasta Grecia mínimo teníamos que ver el monasterio. Carretera sinuosa y empinada, más fría conforme se nos achicaba —por más pequeño— y engrandecía —por más bello— el paisaje.
Íbamos a buen ritmo, solo en algunos tramos tuve que esperarla, cargaba un bolsón en el que además yo metía bloqueador, botella de agua, estuche de lentes de sol, todo lo que no me cabía en una micro carterita con dinero en efectivo y una tarjeta de crédito.
—¿Oye vas bien con esa bolsa?, ¡pesa horrores!
—Ay, sí, está fantástica, le cabe todo (mujer de bolso gigante, sin dolor de espalda ni articulaciones, que en algún momento cargó hijos)
Veíamos más cerca la cima, nos animábamos mutuamente:
—Órale, güey, ¡ya casi llegamos!
Sudábamos como orangutanes (¿sudan?), más ella que yo. En el viaje descubrí que hasta charquito deja, guácala. Y es que cada vez que dormía la mona salía disparada al gimnasio y le pegaba al ejercicio hasta sentir que había quemado todo residuo de vino tinto o de Baileys.
¡Sorpresa, llegamos hasta arriba! La hermana mexicana, yo, temía por la seguridad de las bicicletas, acostumbrada a la benignidad del Defe. Imagínense, robos en una isla remota del mar Egeo. Me tranquilizó un señor que nos dijo que no pasaba nada, que las dejáramos donde quisiéramos.
Los pasajeros que sí tomaron el tour nos entronizaron… Guau, las sisters del barco habían llegado en bicla, ¡hasta que nos mataron el gallo unas gringas zafadas que subieron caminando! Shit.
Y otra maravilla: los ortodoxos griegos estaban a punto de cerrar el monasterio y nos veían con cara de “píntense de colores, la hora de visita terminó”.
—Vas, hija, ¡toma las fotos que puedas, bastantes kilitos le echamos a la subida! Emprendamos el retache, ¿te late?
—Pérame, mira estas cositas, quiero comprarle algo a mi suegra (unas casitas lindas, lo demás pura chuchería. [¡Respeta a tu prójima!]) Llévale algo a “Rejas”, ella es más religiosa, ¿no?
El tendejón que le gustó a mi hermana, desolado…
—¿Eso qué tiene que ver? Aquí no voy a comprar nada.
—Ayyyy, ¿por qué?
—Porque no.
—Qué chafa.
Preparamos el regreso, aunque antes hicimos stop en una tienda muy padre, llena de objetos originales y trabajados con pasión.
A darle, qué lujo sentir la velocidad, el viento golpeando mi cara, frío, abajo el mar y el pequeño pueblo donde se dice que Juan de Patmos o el Apokaleta recibió la revelación de Jesucristo.
—¡Déjate ir, no frenes todo el tiempo!
Hoy le agradezco a don Juan que no me haya hecho caso, mujer prudente… De tanto en tanto me paraba para esperarla, tardaba entre cinco y 10 segundos. Esta vez no bajaba. Como los humanos tendemos a pensar de manera positiva (¿me estoy balconeando?) la imaginé embarrada, atropellada, desmembrada, aplastada. Ay, Dios, ¡qué angustia!
Grité. Nada. No bajaba. Voy de vuelta, con recelo y miedo. La encontré parada, con bicicleta erguida.
—¿¡Qué pasó!?
—Me caí. Auch.
—¿Qué te duele, güey?
Me señaló rodillas, muslos, hombro… Mi experiencia en cirugías ortopédicas es cuantiosa, así que le di indicaciones: dobla y estira, gira, sube y baja. ¡Lo podía hacer!
—No maches, hija, ¡qué guayabazo! Si esto me hubiera pasado a mí… Eres fuerte y aguantadora. Debe dolerte un friego, y espérate a que se enfríe el golpe. ¿Puedes bajar?
—Sí, mi virgencita me cuidó (p’a su mecha, ¡vaya que le había echado un ojo!)
—Bueno, vete despacito, solo con el vuelo y frenando todo el tiempo (ahora sí recomendé prudencia. Niño ahogado…)
Entregamos las bicicletas.
La plaza principal de Patmos, isla en la que pululan las motos.
Después del susto decidí beberme una Mythos…
¡Me supo a gloria!
Esa noche me dejó sobarla, después de explicarle que en esos golpes se queda harta sangre acumulada. Al poco rato sus muslos y rodillas se pusieron negruzcos.
Bendita virgen y bienaventurados juanes, el de Patmos, el Evangelista, el Presbítero y el Apóstol.
Toca a ustedes averiguar si realmente son la misma persona.