Palabras…

Las hay con moño, con florete, con miel, con brega, con capote, con helado, con aserrín, con pirueta, con velo, con heces, con paja, con música, con latido, con tela de araña, con carne.

Importa que carguen algo, que las venza el peso… para que no se evaporen, para que no llenen el vacío, para que no se mueran en lo rebuscado, para que no se alejen entre sueños y maravillas, para que no se oscurezcan en el alma.

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.