Tras bambalinas

Con frecuencia pronuncio —cuando lo hago en silencio nadie me escucha, aunque debe notárseme en el gesto— dos frases que de por sí me agotan: estoy cansada y tengo hueva. Atrás del cansancio, estoy segura, se esconden palabras como soledad, tristeza, miedo y apatía.

Hoy es un día #grisáceotirandoanegro. No quiero más que llegar a mi casa y cerrar la escotilla, como habría hecho el capitán Nemo a bordo del Nautilus.

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Sí, me pasa seguido, y todavía lucho contra los sentimientos que me estacionan en el desgano, como si no pudiera aceptar que me constituyen.

Deseé compartirles un cachito del Amor, con mayúscula, que Saramago nos regaló en Historia del cerco de Lisboa. Busqué el libro desde temprano y no lo encontré. Creo que lo hice porque hoy quiero que mis palabras se queden tras bambalinas, se me agotan el aliento y las ganas, como si necesitara oxígeno.

Recurro a El mundo, de Juan José Millás; abro el libro y me encuentro con un párrafo que subrayé y que a un lado tiene la inicial de mi nombre: “De esta revelación se dedujo que tampoco el mundo estaba mal hecho en contra mía. Quizá ni siquiera estaba mal hecho. El mundo era como era […]; había en él dolor y daño, desde luego, pero no se trataba de un dolor y de un daño puestos ahí para amargarme…”.

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Mi abuela diría Skip it y mi sobrino Teik it isi, tía F.

Yo caigo en la cuenta de que mañana será otro día.