Despedidas

Entramos por distintas puertas, aunque al mismo tiempo. Como casi siempre, llegué a oscuras y gustándome la penumbra; por eso dos de mis sobrenombres son búho y murciélago. Íbamos a la cocina. Vi formas informes, pues suelo caminar sin anteojos por espacios conocidos. Distinguí un plato hondo de barro, pequeño, con algo negruzco dentro:

—¿Qué traes ahí?, ¿qué haces?

—…

—No vayas a quemar la casa…

—¡N’ombre!

Prendió el trozo de carbón, que, dijo, “ya no es como antes”, y esperó a que cediera la flama. Después sacó copal de una bolsa de plástico y lo puso en la lumbre. Observamos cómo se empezaba a quemar. (Si algo me gusta de las iglesias, que no frecuento, es el olor a incienso. Mientras más aromático y perceptible, mejor.) Después, los soplidos mitigaron la llama y avivaron el humo.    

La ofrenda, toditita montada por ella, estaba en medio de una sala casi vacía, donde aún quedan un par de sillones, libros y algunos objetos. Todo en el suelo. Acarreó el plato y entró por el comedor seco de muebles. Había retratos, cempasúchil, papel picado, pan de muerto, manzanas, tequila, ron, una veladora al pie del altar y un puro.    

Entonces, sin decir agua va, empezó. Se propuso sahumar la ofrenda. Regaló unas palabras a los muertos presentes antes de pasarme el barro. También les hablé, y lo hice convencida de que me escuchaban.

Lo que inició como una “coincidencia”, que no lo fue, se convirtió en un significativo deambular por toda la casa, tanto en el interior como en el patio que la rodea. Dos mujeres compartimos un recorrido al que luego, después de sentir, intentamos bautizar —decía Borges que “Detrás del nombre hay lo que no se nombra […]”—: paz, contento, tranquilidad, agradecimiento, comunión.

Coincidimos, eso sí, en que se traslucía la despedida. Quizás en el fondo, mientras caminábamos absortas por el sahumerio blanquecino, cambiantes ritmo y cabriolas, en San Pablo de los Remedios se enhebraba el sereno adiós de don Chema, padre, abuelo y bisabuelo, cuya presencia habría que incluir en un devoto y tradicional Altar de Muertos.           

Mal y de malas

“Así ha sido siempre”…

Si dos personas pelean, patalean y forcejean, ¿qué esperamos cuando se trata de naciones, de pueblos que a costa de lo que sea defienden su fe, territorio, creencias, limpieza de sangre, raza, color y supuestos derechos inmemoriales?

Me viene a la mente una escena del paleolítico:

—Mío, yo cazar.

—No, mío, yo encontrar animal.

—Mi fuerza matar, ser mío.

—Si dejar, llevar a tribu.

La mujer del primer cazador, encueros y envalentonada, le asesta un mazazo en la cabeza al segundo y lo deja sembrado. Esa noche su gente podrá comer, con todo y el muerto que se cargó. Respecto a la venganza, dejémosla por la paz.  

No sé ustedes, pero siento que la violencia y el odio están en su apogeo. Además, el planeta de la instantaneidad nos atasca de información en segundos. Varias veces escuché a mi papá decir que los humanos éramos capaces tanto de hacer el mayor bien, cuanto de cometer el mayor mal: Médicos sin Fronteras y la Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, por un lado, y el Holocausto y el conflicto palestino-israelí, por otro.

El estado de ebullición, percibo, se ha exacerbado. La muerte anda sin correa. Los muertos se apilan y las víctimas del terror se multiplican. Llámense Ucrania, México, Gaza, Ecuador, Nagorno Karabaj, Nicaragua, Sudán del Sur, Israel, Rusia, Estados Unidos —antier, tiroteo en Maine con saldo de 18 muertos—.

Se habla de civiles caídos como si fueran chícharos que hay que pelar y moler para preparar una sopa. Detrás, marejadas de egoísmo, compasión menguante e insensibilidad de “líderes” que salivan por el poder y por configurar la geopolítica que convenga a sus intereses y atempere su ambición.

El 25 de octubre, los que tuvimos el privilegio de quedar secos y amanecer cobijados, atestiguamos, de lejitos, la fiereza con la que Otis barrió y despedazó calles, cerros, carreteras, autos, árboles, vidrios, camas, techos, personas.

El huracán categoría 5 llegó con una nueva puesta en escena del narcisista de Palacio Nacional. Ávido de la mirada ajena, tenía que robarle a la devastación parte de sus reflectores. Si no, ¿para qué aventarse el drama de irse por tierra? La gente le advertía que no había paso; sin embargo, con característica testarudez, continuó su farfolla en el jeep militar 0500027, que quedó atascado en el fango.

En sus perennes intentos por “despistar al adversario”, ha dicho que no le gusta salir en la foto, pero se puso bien en el ojo, trajeado, y dio sus pasitos en el lodazal ayudado por el general Sandoval. Ese mismo psicópata funcional, después de horas de llevar agua a su molino, regresó en helicóptero.

Cuando despertamos, seguía en la mañanera.       

El contraste y las diferencias son insondables: escribo desde un lugar seguro. Qué fortuna, porque allá afuera caen bombas y misiles y hay arsenales que revientan las vísceras a quemarropa. Hoy el pan de cada día se convierte en cuerpos desmembrados; en personas que desaparecen sin dejar rastro; en masas de carne acumuladas en fosas comunes; en despojos que persiguen su derecho a vivir; en berrinches de poderosos con nula empatía; en odios e inquinas que siguen en brama; en la furia de una naturaleza que clama por espacios que nunca, ni a puntapiés, podrá recuperar.

¿Homo sapiens?

Hasta la próxima.         

Tiempo

Sí, mamá, faltó algo en nuestra despedida. Pero lo tenía que haber pedido yo, no tú. Solo cinco minutos ―o dos, o tres― antes de que la morfina empezara a hinchar tus venas. Sé que te dije muchas cosas cuando aún respirabas con los ojos cerrados, pero tuve que haberlo hecho cuando todavía me veías, cuando podías apretarme la mano y quizá reírte conmigo por penúltima vez. Penúltima, porque la última sonrisa se la regalaste a Hilda en el instante en que empezó a sedarte. Lo tomaste con toda paz. Claro, era un acuerdo tácito: tú querías irte y ella conocía la salida.

 Por cierto, ¿dónde estás?

¿Hay alguien ahí?

Poncho y Maru no sabían qué hacer con Adela. Le costaba mucho trabajo levantarse, era un triunfo que desayunara, se iba a la escuela como autómata y no había poder humano que la hiciera concentrarse en las clases, sobre todo en Matemáticas II. La directora de la secundaria ya había hablado con sus papás y coincidían en que Adela estaba callada, dispersa, triste y desganada.

Fue idea de la abuela Natalia que su niña cambiara de aires y se fuera a Mérida a pasar una temporada con ella. Cuando Poncho y Maru hablaron con su hija la vieron esbozar una leve sonrisa, así que decidieron que era lo mejor.

A sus 71 años, doña Natalia era una viuda entrona, independiente, lúcida y con personalidad, que sabía disfrutar de sus tardes en compañía de un buen libro, un habano y una copita de Campari con cuatro hielos. Se sentaba en su silla de palma, ponía una mesita de apoyo y a volar entre humo con Chesterton, Woolf, Camus, Yourcenar, Azorín, Paz…

Estaba decidido, la abuela iba a sacar a su nieta de ese ensimismamiento a través de la lectura.

―Mijita, tu primer reto es El cuento de la isla desconocida, de José Saramago.

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo. Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones.

Adela releyó la frase tres veces e incluso posó su mirada en otras páginas, pero en su cabeza, en vez de rey y barco, había confusión y desasosiego. Natalia se dio cuenta y resolvió que “mañana sería otro día”.

―Hoy vamos a probar con la poesía de Borges. Abre el libro donde quieras y escoge pensamientos que te gusten.

Adela abrió el libro al azar y leyó: “Creo profundamente que eso es todo y que ni veré ni ejecutaré cosas nuevas”. Esa frase, en la cual pudo concentrarse, aceleró su corazón y la metió en el humo del habano de su abuela, quien pensó, para sus adentros, que la tercera era la vencida.

―A ver, mija, hojea este libro. Está plagado de fotos hermosas del mar.

Adela, sentada junto a su abuela, pasaba las hojas con los ojos fijos en el infinito. A doña Natalia la asaltaron pensamientos remotos, como los cuatro humores, la bilis negra, la predisposición melancólica, Hipócrates… Situándose en el hoy, diagnosticó a su nieta con depresión.

―Adela, mi amor, ¿estás triste?, ¿tienes ganas de llorar?, ¿te da miedo?, ¿vas mal en la escuela porque no te puedes concentrar?

―Abuela, estoy más que triste, y no me interesan los reyes, ni el mar, ni el señor argentino, ni tus libros, ni nada.

Como Natalia sabía qué hacer al día siguiente, dejó su habano en el cenicero, estrechó a Adela entre sus brazos y, toda atención, la oyó sollozar.

¡Horror!

¡Qué miedo! Se me escapaban de dos en dos. Lo que hace la mano hace la tras, ¡qué jijas! ¿No les daban en su casa?, ¿las picaba la emoción de verse, sarta de cotorras? Porque para hacerle los honores ya era suficiente. Lo peor es que me tocaba al último por el simple hecho de ser la menos añeja.

¡Volaban!… Angustiada, ardidona, esperaba mi turno sin paciencia. Languidecía… Sudaba frío… Tres de un lado y enfrente otras tres… ¡Seis mujeres en éxtasis! Cuando viniera a mí no sería el mismo. Me daban igual la convivencia y la etiqueta. Sólo pensaba en su llegada, en el festín de mi lengua y paladar, en el paraíso terrenal con todo y serpiente, y es que el gran platón con cerdito, tomate, ajo, cebolla, cilantro y chile chipotle se paseaba ante mis ojos, a mi alrededor, pero sin llegar.

serpiente.jpg

¡Llegó!: tres o cuatro pedazos nadando en un exquisito entomatado. Pálida, pregunté:

—¿¿¿¿Hay más????

—Sí.

¡Sentí paz! Me volvió el alma al cuerpo… mi panza un globo: feliz.

 

Agradecimiento

Gracias por el techo, por el cobijo, por el resguardo, por la protección; gracias por ser mi refugio durante diez años: refugio hermoso, pequeño, colorido, silencioso, amable, casi siempre iluminado por soles matutinos y vespertinos.

luz de sol

Aquí, en este cuarto piso, más imaginarios que reales, me acompañaron mi hermana y mis sobrinos, mi padre, mamá —enramada en albahaca que empieza a tirar sus hojas a causa de una entrometida plaga blancuzca—, e incluso mis queridos tíos Malis y Maruca.

También la cama, mesa, sillas y flores Van Gogh; la doble cara de Remedios Varo y su Mujer saliendo del psicoanalista, el macetón de barro con las sangrantes flores de Teresa.

Permití que entraran muy pocas personas: elegidas. Las hice parte del mundo que me aisló del zumbido del Distrito Federal —¿próxima Ciudad de México?— y de la inacabada amenaza externa.

Aquí, una vez cerrada la pesada puerta, he sido yo, despojada de máscaras, desnuda, capaz de respirar mi aire y no el de quienes forzosamente veo todos los días.

Puerta Sasso

Un verdadero hogar, suave, sin exabruptos de vecinos complicados, sin chillidos, escándalos ni faltas de respeto. Cuatro pisos diarios de escaleras para encontrar mi paz —montaña cuando cargo las bolsas del súper en un solo viaje— y resguardar mi corazón.

Gracias pues, Giovanni Sassoferrato —por si no saben, fue un pintor italiano del XVII—, por algodonar mis miedos, atestiguar mis alegrías, acompañar mi amor y mis logros durante poco más de 3,650 días.

Sassoferrato

Hasta pronto.

Oinc oinc

En estricto sentido, éste podría ser el retrato de quien escribe este blog:

smart_pig

Razones estéticas y de salud promueven que no me abandone al placer de la gula, además juega a mi favor el hecho de que me gusta hacer ejercicio. Por cierto, coincido con José Fuentes Mares en que la gula no es un pecado, así que permanezcamos en santa paz.

Lo que les voy a confesar lo asocio más con mi época de preparatoriana, en buena medida porque SANA MENTE decidí que el mecanismo de defensa para evitar el contacto con el dolor sería enloquecer entre pelotas de basquetbol, ruedas de patines, llantas de bicicleta, raquetas, brazadas…

Las raquetas fueron utilísimas para golpear una pelota con todas mis fuerzas y liberar algo del coraje y la angustia que llevaba cosidos a mi piel. En fin, lo dicho lleva cuerda para otro retazo.

He aquí la confesión: me acuesto pensando en lo que voy a desayunar, durante la mañana alimento expectativas respecto a lo que voy a comer y conforme cae la noche pienso en lo que más se me antoja para cenar.

La comida nocturna es la que más disfruto, la que prende la chispa de una pasarela cerebral por la que desfilan quesadillas, tacos, carne de cerdo como la que guisa doña P (¡cueritos!), sobras benditas que a fuerza de tiempo agarran sabor… Aunque mi debilidad se dice queso, queso y muuchoooo queso.

Cheese

¡Díganme que no se les antoja! Conozco a una persona que sí peca, peca porque odia el queso en todas sus presentaciones. ¡Necia de mí, sigo ofreciéndole el manjar sabiendo que la única respuesta posible es un rotundo NO! ¿Por qué me niego a aceptar la idea de que exista un ente sobre esta Tierra que deteste el queso? Porque eso sí es un crimen.

El hecho es que amo comer, adoro conocer nuevos restaurantes y platillos, me encandila el nimio esfuerzo mental con el que perfilo molito, frijol con puerco, pollo Kung Pao, filete a la pimienta negra, fideo seco al chipotle, fetuccini Alfredo, guacamole, chiles en nogada, crema de tomate, pan recién horneado, chilaquiles o pizza 25 quesos…

La lista es interminable, pero el estómago y la piel humanos se expanden en proporción directa a la cantidad de fruta que le echemos a la piñata, ¡qué desilusión!

pinata

Estoy cierta de que si me encontrara al genio de la lámpara maravillosa y me concediera un deseo le pediría, sin titubear, satisfacer todos mis antojos gastronómicos y verme siempre como sílfide, es decir, tragar como cerdo y conservar la forma de espíritu aéreo.

Nanai, esa gente es poquísima y seguramente la escogieron a puro «dedazo» en el Paraíso terrenal. Ante tan infausto comportamiento solo me queda infundirles la certeza (me conviene) de que comer no es asunto de confesionario.

Ya lo decía Fuentes Mares:

“Las exigencias del nuevo paladar, acicateado por la gula, hinchó velas y templó voluntades, gobernó timones y enfiló proas hacia tierras exóticas de cortezas perfumadas, de minúsculas semillas que consumaban el milagro de que la mesa de un burgués pudiera ser tan suculenta como la de un rey”.

Así las cosas.