Límites empáticos

Así define la RAE, en su segunda acepción, el término empatía: “Capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos”.

Era comprensible que mis amigos de la universidad pusieran pies en polvorosa, pero en ese entonces yo no lo entendía. Mi comportamiento inusual, fuera de la norma, y mis “rarezas”, se volvían intolerables y de seguro amenazadores.     

A lo largo de la vida, a veces de repente y otras no tanto, “caen veintes” (si nuestro ser consciente despierta y les da cabida, resulta interesante). Algunos insisten en robar cámara; uno de ellos, con afán protagónico, está empeñado en rondar mi mente, así que llegamos a un acuerdo y concluimos: por más que intentemos ponernos en los zapatos del otro, es casi imposible comprender lo que la experiencia le concede a una persona con aguijones y cardenales que horadan su carne.  

Será el sereno y se podrá tener la voluntad, pero jamás se sentirá como cuando la piel absorbe, con cada uno de sus poros, eso que la mantiene en vilo; y sucede que lo toca, lo suda, lo paladea, lo teme, lo duele, y no es susceptible de expulsarlo ni acaso despegarlo. Es como engrudo adherido a un cuerpo laberíntico, donde las entradas y salidas desembocan en una pared de ladrillos rojos con alambre de púas y sellos de cemento.

Pongo tres ejemplos:

Siempre me quedaré corta frente al miedo anticipatorio, la angustia y el desasosiego que provocan los terremotos en México, por la simple y llana razón de que, en los dos más destructivos —1985 y 2017—, estuve dentro de una casa, en una zona de la ciudad donde los sismos son menos inclementes. Incluso siendo empática, no viví la experiencia ni la registré como miles de personas que duermen con la herida abierta.    

Decidí no ser mamá, o sea, no tengo la capacidad de experimentar lo que tantísimas mujeres que alimentan, cuidan y estimulan a una simiente que en menos de un año querrá salir porque le empieza a quedar chico el vientre materno.

¿Puede meterse en la piel del “tocado” quien no ha padecido TOC? Yo soy capaz de explicar el trastorno y de ofrecer antecedentes, no solo como paciente, sino como testigo omnisciente; además, se hace patente en la convivencia; también comparto que la evolución, satisfactoria, me hace un ente funcional; vaya, cabe hasta la posibilidad de reírme de mí misma y dar una probada del fluir de mi conciencia en Las penas con pan… y gel. Comoquiera, hay un pero: el espacio es estrecho cuando se negocia con una cabeza rebelde y desgreñada.  

Entonces, con mayor aplomo, aunque sin oponer resistencia, entran en escena un cubrebocas, una servilleta que tapa los lamparones de una silla de tela, un pedazo de papel que sale volando después de abrir la puerta de un baño, alcohol para desinfectar una cabellera a la que le cayeron dos gotas de agua de un techo de lona de tianguis, spray para rociar el casi insignificante roce de un basurero, lavado de manos después de acariciar (mero compromiso) a un perro peludo blanco de sospechoso color grisáceo, etcétera.

Sépanlo, y no es queja: los resabios del Trastorno Obsesivo Compulsivo sí limitan. Ante tal desmadre, puedo caminar con las chanclas de alguien, ponerme en su pellejo, si acaso decide darse la vuelta y emprender el saludable retorno al paraíso del “aquí no pasa nada” para huir del trajín cotidiano de una mente “tocada”, que ya no “tomada”.             

Ciao!

El pasillo de Country Drive

Ese largo pasillo por el que iba y venía unas 40 veces al día. El mismo que Bella, la perra shih tzu de 14 años, con cuya vejez llegaron sordera y muy escasa visión, por no decir nula. Está convertida en un saco de manías y signos vitales, entre los que se cuentan recio ronquido, sonidos difusos, bufidos y lengüetazos, que no hacen más que avivar el horripilante olor que despide su cuerpecito peludo, el de una bola andante que todavía encuentra su comida, mueve la cola, pide salida con la pata y se estimula con alguno de los peluches que le salen al paso. Admirable. Quizá su origen tibetano le dé esa vibra zen. 

Recorría alrededor de 37 metros para llegar al cuarto de “la cojita”. Pierna inmóvil con escayola del tobillo a la parte alta del muslo. Muletas y silla de ruedas a su alcance, igual que medicinas, celular y cargador, computadora y base plástica para evitar sobrecalentamiento del regazo. Cuidadora privada y dedicada durante pasadita una semana; ofrecía café o té, y, con o sin su venia, preparaba desayuno, comida y cena. Nada complejos, aunque iban aderezados con cariño, algo de creatividad y espíritu de servicio.

El chiste era asegurar que se alimentara conforme a un horario, además de procurar que no le faltara nada. De otra manera, podía permanecer sola y su alma, sin perra que le ladrara. Eso sí, la fiel Bella se encargaría de entretenerla (¡otra noche sin pegar ojo!), ya con luces apagadas y puertas cerradas, haciendo valer su presencia —sigilosa al caminar a tientas— con cada numerito que, sin querer, le tenía preparado a la mujer que para entonces sumaba un par de cirugías en la rodilla derecha: reparación de tendón rotuliano, para ser precisa.

Mi primera noche fue digna de algún círculo del infiero de Dante. El viaje y la llegada a Gilroy me tenían segregando adrenalina. Estaba cansada, pero con energía en cada poro de la piel. Celebraba un logro más: volar a California y apechugar. Mediría mis riesgos, pero nada de pedir ni imponer en territorio ajeno. Logré conciliar el sueño, aunque de repente escuché la alarma del teléfono de mi sobrino. ¡Con un demonio! Me esperaba un día de medio arrastrar la cobija.

Por supuesto, él dormía a pierna suelta en la recámara de al lado, después de su inmersión diaria —hasta la madrugada— en los vericuetos de los videojuegos. En cambio, yo, ejemplar de reposo ligero, abrí el ojo como resorte. Me dispuse a conciliar el sueño cuando se activó por segunda vez: ¡carajo! Pa’ acabarla de amolar, el cucú del reloj francés acababa de abrir la puerta. Me levanté y recorrí el pasillo antes de las 6 de la mañana. “La cojita” y yo compartimos terrores nocturnos provenientes de distintas zonas cavernosas.  

Desde México advertí, con dedo flamígero, que no me haría cargo de alimentar a las mascotas: Bella, la vetusta; “Minion”, de personalidad paranoide, y Luna, gata amigable y poco arisca. Como la descendencia de la paciente tenía sus actividades, asumí el papel de dama de compañía solícita y dispuesta. “La cojita”, equivalente a mi hermana, me hizo sacar una lata de comida para perros del refrigerador. Huelga decir que asomaron las arcadas. La segunda lata, que tomé del “pantry” y que ostentaba una cuchara fría enterrada en la mezcla café excremento, me reconcilió con la textura y el olor de ese enigma.

Era de esperar que el tiempo transcurriría a gran velocidad; además de estar en la era de la inmediatez, de los incesantes estímulos, de las pantallas que lo abarcan todo y del “lo quiero, ¡ya!”, se vive con una prisa que, interna o externa, provoca la sensación de que el helado se derrite más rápido, la cachipolla se entremete en nuestras capas, y las noches y los días se suceden como el agua de río que enfoca su cauce en arrastrar cuanta piedra se pone en su camino.

Disfruté enormemente su casa y sus espacios, quedó nostalgia del pasillo y del brebaje mañanero. Conviví con Paula en circunstancias favorables para ambas. Sospecho que ni ella ni yo queríamos que llegara el momento en que de nuevo se bifurcaran nuestras elecciones vitales; sin embargo, caben aquí la conciencia y la certeza de que la rapidez nos dejaba con un buen sabor de boca…

Hasta la próxima. Espero no tardar.

Estilicidio

Marcos era un tipo soltero, regordete, cacarizo, cero atlético y nerd hasta la pared de enfrente. Se las daba de conocedor de la lengua y adoraba aprender palabras nuevas para echarles toritos a sus compañeros de chamba. Muchos le hacían bullying, dado que vivía con su mamá a los 39 años y no se le conocía perro que le ladrara. Eso sí, a pesar de lo cacarañado, era un hombre limpio y cuidadoso. Había quienes incluso decían que seguro tenía algún tipo de trastorno obsesivo; le daba trabajo lidiar con baños públicos (sobre todo los de gasolinera), platos y cubiertos sucios, colchas y alfombras de hoteles, tubos de transporte público de donde todo mundo se agarraba, olores de charcos callejeros (ya saben, de esos blanquecinos, cercanos a puestos de comida donde venden tortas, churros rellenos, gelatinas, tacos, fresas con crema, pan dulce, chiles rellenos…).

Un fin de semana:

―¿Qué pasó Marquitos, compraste el pollo?

―No , mami.

―¿¡Cómo!? ¡Te lo encargué desde ayer! ¿Que no fuiste a la pollería?

―Sí.

―¿Y entonces, Marcos? ¿A qué estamos jugando? ¡Tú no comes si tu mamá no te hace de comer! ¿Por qué no trajiste el pollo?

―Es que… Mmm… Do do do…

―¡Marcos! Deja de tartamudear, ¿es que qué?

―A don Julián le sudaba la cabeza.

―Me da igual, Marquitos. ¡Sal de inmediato por el animal!

―Esta vez no, mamá. No sabes lo que es ver caer, gota a gota, como borbotón de manantial, el sudor del pollero. Ni de chiste voy a comer pollo sudado, aunque me lo prepares con queso y pimiento morrón.

 

Autophobophobia

 

―Anda, Filo, dime qué te pasa.

―Ay, Luis, es que puede ser como una pesadilla.

―Por eso, ¡escúpela!

―Mira, es que en este espacio queda poco oxígeno; además, caben derrotas inexistentes, puertas cerradas, pensamientos incisivos, muros inútiles, bocas secas.

―Quiero entender, pero no es fácil. De repente te veo sola, la mirada fija, lejos, como en una suerte de fortaleza en la que solo cabes tú. ¿Hay alguien que pueda entrar? Es como si no estuvieras.

―Estoy y no estoy.

―¡Ay, Filomena, no me gusta que me compliques las cosas!

―A ver, Luis, ¿alguna vez has sentido miedo?

―Por supuesto, Filo, no soy una creación de Marvel.

―Pero a ver, ¿miedo a qué?

―Miedo a que me muerda el perro de la vecina, a que mis papás se den color de que fumo mota, a que Marisol me truene, a que me destripen en el metro…

―Tus miedos son concretos, Luis, están puestos en la realidad.

―¿De qué me hablas, Filo, los tuyos en dónde están?

―Muy adentro en mi cabeza, Luis. Estoy cada vez más consciente de que le tengo miedo al miedo.

―¡¿Cómo miedo al miedo?! A ver, ¿te asustas de tener miedo y eso hace que no estés?

―Es que si no hay algo afuera que realmente me amenace significa que está dentro de mí, ¿no?

―Psss… sí.

―Luis, estamos hablando de algo intangible. Tan intangible como la sangre del Cristo que pintó mamá.

―¿Y cómo lo haces tangible?

―Así, contándotelo a ti. Y después, si me atrevo, vaciándome toda en un papel.

Inconsútil

La había visto un par de veces en mi vida cuando tenía como siete años, pero de habladas todos coincidían en que la tía Lucha estaba zafada.

Vivía en Altar, Sonora, sola y su alma. Su única compañía era un perro chamagoso que se pasaba buena parte del día aullándole a Chacho, el perico tuerto del vecino, cuyo repertorio de palabras era más bien pobre: “loca”, “mijo” y “cochino”.

La gente de la villa tenía sus teorías: Lucha estaba chalada porque el tío Pelos, en una de sus múltiples borracheras, le había roto una botella de Bacardi blanco en la cabeza; otros decían que la tía había perdido el juicio debido a un golpe de calor: el maldito perro se había escapado, y ella había corrido desesperada por el Gran Desierto de Altar. Algunos más decían que la había abandonado un hombre blanco y esbelto, de ojo azul y pelo rojo, adicto a pronunciar un par de palabras que la metían en otro tipo de locura: Fuck you.

bacardi

La verdad es que esa pobre mujer no le hacía mal a nadie; los habitantes de Altar ya estaban acostumbrados a que Lucha se enfundara una sábana blanca descosida y caminara con las palmas de la mano hacia arriba diciendo que el mismísimo Jesucristo le había mandado su túnica para que les hiciera el favor a los hombres de buena voluntad.

Por supuesto, ellos aprovechaban el ofrecimiento de la lavada de pies, sobre todo después de arduas jornadas laborales; a ellas, en cambio, las ponía de pésimo humor que Lucha no fuera solidaria con su género.

Los que sufrían un poco eran los niños, ¡menudo susto el que se llevaban al ver a Jesucristo vestido y en movimiento, cuando estaban acostumbrados a verlo casi desnudo y clavado en una cruz!

Algunos chavales menos aprehensivos miraban con el rabillo del ojo y decían: “Es la loca de Lucha”, pero cuando la chiquilla de Antonino se topaba con ella empezaba a lloriquear y se jalaba las trenzas. Su madre, hecha un veneno, agarraba a la niña de la mano y la metía en la iglesia: “Mira, hija, mira, ¡éste es Jesucristo; así, sin túnica, sin cubeta ni jerga! Hazte a la idea de que el mundo está lleno de lunáticos”. “¿Lunáticos, mamá?”. “Sí, hombre, sí, ¡así se ponen cuando la luna brilla mucho y les lastima los ojos!”.

Pobre tía Lucha… Estábamos a punto de hacer el viaje para visitarla cuando nos dijeron que había muerto: ella y el Cristo sangrante de la Parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe habían protagonizado un duelo a muerte.

Recurrencias

¡Paf!, pegarse siempre en el mismito punto de una rodilla. ¡Chin!, quedar corta en cada vuelta de campana y perder velocidad. ¡Aaaaaaaaaa!, pisar caca de perro con extrema regularidad. ¡Mocos!, resbalar en los pasillos de las tiendas donde hay un triángulo amarillo en el que se lee «wet floor». En fin, tropezarse con la misma piedra.

wet-floor

Y así es la cotidianidad… Frases y expresiones que no sirven para nada, pero que ahí están, incisivas, malolientes, inútiles: “Ya es tarde” (¿¡para qué!?); no voy a ver la serie que me recomendaron porque me pico (¿¡qué más da!?); qué monserga ir al cine cuando las salas empiezan a llenarse (¿¡por qué!?, ¿¡de quién es esa voz!?); levantarse más tarde los fines de semana (¿¡cómo, si hay que aprovechar el tiempo!?); empezar a ver una película después de las diez de la noche (¿¡qué!?, ¿a qué hora me iré a dormir?); salir un viernes (¿cómo, si hay mucha gente y todo va a estar atascado?); ir al teatro (what?, ¡qué súper hueva hacer cola para comprar boletos!)…

¿Qué escucho en mi cabeza que no me pertenece? Es la paranoia aprendida que cada día de mi vida hace que cargue un morral con una bola de chunches que me estorban para abrirme al cielo, para comerme las estrellas, para saborear el sol, para abrazar el aire, para entrar en una tienda con el ánimo de hallar algo para mí, para darme cuenta de que merezco levantarme más tarde, divertirme, gustarme, reírme, disfrutarme, apapacharme, tenerme paciencia, aceptarme, entenderme, distraerme.

La solemnidad, poco a poco, con trabajo y con tesón, tiene que ir combinándose con la posibilidad de gozar, de darme permiso y de ser yo con más frecuencia: porque soy simpática, amable, juguetona, cariñosa, querendona, valiente y… una guerrera empedernida.

 

¿Fatmaqué?

En uno de los episodios de la Pantera Rosa, mi caricatura favorita, al amigable félido se le cerraban los ojos a pesar de su esfuerzo por mantenerlos abiertos. Lo que voy a relatar me recordó los palillos que usaba para evitar dormirse.

pantera rosa

El lunes de esta semana nos lanzamos a visitar a una persona a quien le tengo mucho cariño; dejó su hogar, tapizado de vivencias, e hizo lo mismo con sus plantas, que cuidaba con pericia y devoción.

Hoy, Esperanza vive en Las Quintas, una casa de retiro en Cuernavaca. Nos sentamos a platicar en el sillón más grande de su pieza y me atacó el mismo mal que a la Pantera Rosa.

Sin duda hubo varios factores que conspiraron contra mi agudeza: no había dormido bien —últimamente mi sueño dista de ser reparador—, resentí la desmañanada, me envolvía un agradable calorcito y la plática nomás no movía mi ánimo.

¡Y que se suelta hablando sobre Fatmagül! (¿qué chin… es eso?); el relato se hacía interminable: que si los violadores, que si el anillo, que si Kerim no se la había echado al plato, que si la mamá de no sé quién, que si la boda, que si la manga del muerto.

Qué vergüenza, mi voluntad se hizo añicos durante el tiempo que lo intenté; por más esfuerzo que hice se me caían los párpados mientras veía a mi interlocutora; bajaban, obnubilados, cual carpa de circo inundada por un chaparrón. (¿No se dará cuenta de que me estoy cuajando?) De nada me servían los tristes segundos en los que desviaba su vista.

La tal Fatmagül —me enteré de que la dama, una tal Beren Saat, es una de las actrices mejor pagadas en la historia de Turquía— y sus peripecias me venían guangas; hubiera preferido hablar de los inquilinos de Las Quintas, máxime que estoy leyendo Being Mortal, un libro extraordinario escrito por Atul Gawande, un médico de origen indio que emigró a Estados Unidos.

Gawande

http://atulgawande.com/book/being-mortal/

El texto puede ser una aplanadora: muerte, enfermedad, vejez, deterioro, soledad, espacios donde además de cobrar millonadas se promueven reglas y límites para “cuidar” a los viejos, pero en general no se les escucha para saber si en realidad hay algo, por pequeño o absurdo que parezca —alimentar a un perro, escuchar el canto de los pájaros, convivir con niños, ir al cine ser escuchados por un familiar—,  que les dé una razón para seguir vivos.

Gawande es contundente, aunque su intención es mostrarnos la otra cara de la moneda: la existencia de los enfermos y los ancianos es significativa siempre y cuando se cuele un cachito de ilusión y se combatan el crudo ambiente de los asilos y la indiferencia de las casas de reposo.

En palabras de Atul Gawande:

“It’s been an experiment in social engineering, putting our fates in the hands of people valued more for their technical prowess than for their understanding of human needs”.

Cierto, Esperanza estaba ávida de compartirme el tortuoso sino de (la fulanita) Fatmagül.

Hasta la próxima.

Nomás un arete

¡Qué manía la de los agujeros! Según yo el Creador, quienquiera que éste sea, nos dotó con los hoyos necesarios para lidiar con la cotidianidad: comer, olfatear, oír, defecar, hacer pipí… Sin embargo, está de moda perforar (hacer piercing) orejas, narices, lenguas, cejas, ombligos, etcétera. Dizque se ve padre, sexy, cool (And the Gang?), chévere, chido.

¡Y los tatuajes! (ojo, la palabra tatuar viene del polinesio tátau) Hay quienes ponen su cuerpo en manos de personas que hieren la piel para convertirla en un lienzo, a veces en verdaderas obras de arte que ostentan dragones, extraterrestres, paisajes oníricos y variadísima fauna.

Basquetbolista profesional
Jugador profesional de basquetbol

Ya saben que solo expreso mi opinión, ¿a mí en qué me afecta lo que cada quien haga con sus partes?

Poco importa el color del que seamos, el hecho es que nos avientan limpiecitos a este “valle de lágrimas”, emprendemos el viaje iniciático con una piel suave, tersa, parejita, y de repente ¡zas!, a ponerse en manos de artistas del tattoo para quedar como Santo Cristo por decisión propia.

Salvo la fidedigna opinión de los tatuados, me imagino que duele y que por lo tanto es una práctica “mazorca”, es decir, masoquista.

—Yo quiero una mariposa monarca que se pare dulcemente en mi hombro.
—Ay, yo un gato de angora que pueda lucir en la espalda el próximo verano.
—A mí que me dibujen un alien como el de la película de Sigourney Weaver, babeante y dientón.

alien
—Nel, yo quiero un perro salchicha, algo más light.
—Pus yo como Angelina, know your rights, pero en la nalga.
—¿Alguno de ustedes sabe por qué se graba dibujos p’a darle en la torre a la epidermis?
—Nos da buen look, ¿no?
—¡Qué ganas de tener más agujeros! Un arete pasa, ¿pero un cráter en el lóbulo de la oreja? Disgusting.

ear stretching
—Se llama ear stretching, por si no sabes.
—Me da idéntico cómo se conozca y si nada más implica el regreso de ciertas prácticas tribales, ¡se ve horrendo!
—Que a ti no te guste no implica que a nosotros tampoco, somos personas aventureras y arriesgadas.
—Mira, supongo que lo más sano y respetuoso es terminar la conversación con una gran frase; solía decirla una mujer maravillosa que trabajó para mi familia durante más de veinte años: “cadi quen”.

El hecho es que no basta con lo que nos dio la naturaleza, ¡habemus hoyos para dar y repartir, gústeme o no!

Tchau.

¡Pásele, marchanta!

Vivimos, cual avestruces, inmersos en el consumismo, en una época abocada a crear necesidades. Lo atestiguan las cremas y procedimientos Anti-Aging, los concursos de «misses» que más bien son de cirujanos plásticos, las marcas, la moda —¡patéticas pasarelas infantiles—, la tecnología…

¿Neta es lo de hoy?
¿Neta es lo de hoy?

Hace años había una pequeña tienda de deportes frente a la glorieta de Masaryk, en la cuadra donde hoy está La Parrilla Suiza. Por lo general iba en busca de tenis y de unos shorts que tenían tres rayas de cada lado. Desde entonces me gustaba Adidas, aunque no me pasaba por la cabeza la tamaña influencia de una marca ideada por el empresario alemán Adi Dassler.

Dassler también equipó a atletas negros y judíos en la Olimpiada de 1928
Incluso equipó a atletas negros y judíos en la Olimpiada de 1928

¡Y los gadgets!
—Tu celular todavía sirve, ¿no?
—Sí, pero ya salió el 6.
—Ah, caray, ¿y qué novedades ofrece? ¿Ya te fríe un huevo en la pantalla?

Tengo un teléfono que hace monerías y bajo aplicaciones, aunque creo que ignoro su potencial. Eso sí, me siento sabelotodo cuando mi interlocutor es una persona de la “cuarta” edad… Uy, qué malcriada.
—Me parece padre esto de Uber, ya estoy pensando en usar el servicio.
—Si quieres te bajo la aplicación.
—¿¡Qué es eso!? ¿Me la bajas de dónde?
—A ver, calma, es un programita que pondrías en tu celular para pedir un taxi. ¿Quieres que lo haga?
El diálogo continúa, con altibajos, hasta que llegamos a la parte de…
—¿Cuál es tu contraseña de App Store?
—¿Contra qué?, ¿ap qué?
Caso perdido.

Al grano, madame, regresa y cuéntanos por qué iniciaste con el consumismo. Me «inspiró» la visita a Petco, tienda para mascotas que me dejó boquiabierta.

Petco

Supongamos que se trata de un perro. El susodicho necesita comer, beber agua, un collar, una correa, una placa con sus datos, algunos juguetes y harto apapacho. Habrá quien diga que también muere (el can) por tener dinosaurios, tiburones, huesos de todos colores y sabores, luchadores de sumo que chillan a mordidas, correas aderezadas con fregaderitas y todo un montaje de galletas y trufas que bien podría confundirse con la sección de golosinas de una tienda departamental.

¿A poco no?
¿A poco no?

En fin… Acepto, con la cabeza en alto, que si fuera la única clienta de algunas empresas las llevaría a la quiebra. Aplico la trilladísima frase Such is Life.

Hasta la próxima.