Shu de restaurante, no de zapato

Fui a comer al restaurante Shu, el típico lugar en el que se respiran prepotencia y mamonería. Además, en Santa Fe, zona de la ciudad de México que no me gusta. Se preguntarán que por qué me lancé, pero no fue mi elección.

¡Lindas lucecitas de colores!
¡Lindas lucecitas de colores! Dizque ambiente Zen…

Mi platillo, un Ishiyaki Wafuu Omuraisu No Ankake. Traduzco: “Arroz ligeramente frito en piedra caliente con crepa de huevo y salsa espesa con alga marina y kanikama”. Si lo piden, ¡aguas con las quemadas! Como debe ser, el caldo lo sirven ardiendo, para pelar pollos.

Ya lo he escrito, comer es uno de los grandes placeres de la vida, así que mi veredicto se reduce a “regreso o no a tal lugar”. El Shu quedó fuera de mi mapa gastronómico.

Salí para pedir mi coche. ¿Quiénes son los personajes que llegan y se van en camionetas gigantescas como tanques de guerra, con vidrios polarizados, conducidas por “monotes” que lanzan miradas asesinas? Ni idea, aunque uno se siente en otro mundo, en el de los “poderosos”, quienes disfrutan de ostentar lo pudientes que son.

¡Vaya!, hasta “se les sube” a los cuates que reciben a los comensales. Supongo que ellos buscan, con merecida justicia, una buena propina.

Adieu.

De lo bueno poco

Me tienta muchísimo leer a Nell Leyshon, la única dramaturga inglesa (Glastonbury, 1961) que ha escrito para el teatro Shakespeare’s Globe de Londres. Hoy me enteré de que el gremio de libreros de Madrid eligió su novela The Colour of Milk (Del color de la leche) como la mejor de 2014. ¡Caray!

A propósito de las peripecias que ideé para aventar mi blog, bienvenida la dosis de realidad a la que me enfrenta Leyshon: “Ningún músico o bailarín consideraría sus horas de práctica como una presentación. Con la escritura se cree que porque es algo tangible, es importante. Pero no porque lo hayas escrito significa que es bueno. Tíralo si ves que no lo es”.

A picar piedra.