A big girl now

Dejó los caramelos Acuario, las guerras de chocolates See’s Candies ―aparecían bajo la almohada o dentro de las sábanas, en cajones o clósets―; también las Palelocas; los pirulís, que se alargaban a chupetadas, e incluso la barra de chocolate Ferback rellena de mazapán.

Después se escurrió por todos los rincones, quedándose pegada al cuarto más iluminado: la silla negra con ruedas, el archivero repleto de historia, el par de sillones que acogieron su último esfuerzo, la supuración próxima al final y el ulular de la sirena.

Al último echó en su mochila los números 8 y 9, y 4 y 5. Los mezcló, y en un instante creó una masa informe en su cerebro. Pudo distinguir café y azul, blanco y nublado, machete y raqueta, humo y soplido, letras y cartas; eso sí, las mismas manos.

Entonces logró darle forma, y construyó una imagen escindida, aunque el fuego nunca se extinguió.

Mujer una de las partes. Mochila al hombro, viaje en solitario, pero siempre azules y cafés.

¿Y la chiquilla? Sentada en su escondrijo, cabeza gacha, con un libro abierto entre las manos. Lagrimeaba sin parar; mojaba las hojas. Lo que no sabía era que acabaría sonriendo a costa de El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez.

Mecanismo

Y es que siempre lo supo. Se lo dijo su instinto. Por alguna razón el camino no fueron las drogas, el alcohol ni el suicidio. El deporte era lo único que lograba distraerla de una cabeza aturdida por la obsesión. La actividad física equivalía a darle de guamazos a una piñata repleta de dulces tóxicos. Por eso, cuando terminaba de jugar, en su cancha de básquet había palelocas, brinquitos, pirulís, motitas, lunetas, burbu sodas y gelatinas Art. Así todos los días… Hoy ya no hace deporte como solía, con pasión y enjundia, pero sabe que el ejercicio le pone la huida en bandeja de plata.