¡Mujeres! ¿Su ciclo menstrual las lleva al abismo?

La era de la tecnología que se alía con la búsqueda enloquecida de dopamina, es decir, de la recompensa instantánea. También con el protagonismo de la inteligencia artificial y su aplicación en campos como la medicina, el análisis financiero, la publicidad, la investigación científica y los asistentes personales digitales, como Siri, Alexa, Aura, Irene, Sara y Cortana, a quienes, por cierto, me da flojera recurrir.

Recién leí Recupera tu mente, reconquista tu vida, el último libro de la hoy muy viral psiquiatra Marian Rojas Estapé; la cito: “Una sociedad adicta al placer —y con adicta me refiero a que consume productos dopaminérgicos de modo constante, inconsciente e ilimitado— tendrá serias dificultades para gestionar el dolor, el sufrimiento o el malestar”.

Cierto que la doctora ha hablado sobre las hormonas y la mujer —yo era todavía veinteañera cuando un gastroenterólogo, sabio y avezado, me dijo que eran lo peorcito que Dios nos había endilgado—. Marian igual menciona el síndrome de tensión premenstrual, pero me pregunto qué porcentaje de los especialistas saben que existe el desorden disfórico premenstrual (PMDD, por sus siglas en inglés), lo encaran con ímpetu y le dan la relevancia que tiene.

Ya pasó más de una década e incluso diría que cerca de 15 años. En esos ayeres hice todo lo posible por saber qué diantres me pasaba cada mes, al principio unos 10 días antes de que llegara la menstruación. Un infierno. A toparse, con un frentazo a todo vapor, con la apatía y la planicie, con una absoluta falta de motivación que llegaba propulsada a chorro con mensajes de hartazgo, cansancio, deseos de no seguir adelante, recriminaciones, ensimismamiento voluntario, tristeza y malestar general.

Además del coctel emocional, esa desazón, vigente aún y de mayor duración, se acompaña de dolor articular. El agujero en el que entro es profundo, negro, y tiene las uñas afiladas. Siempre dispuesto a rasguñar y a ensangrentar la poca energía que queda para empujar la rueda de la vida. Hasta que llega la noche, ¡bendita!, acompañada por un caramelo agridulce que indica que brincaste el día.

Me parece sensacional que se cree conciencia sobre la máxima relevancia de la salud mental: violencia, niños y adolescentes descuidados, pantallas que distorsionan la realidad y rompen con el aquí y el ahora; intolerancia e irritabilidad acentuadas; sentimientos de insatisfacción descollantes; ideación suicida; desolación y malestar que hay que silenciar para no parecer “raros”, “inadaptados”, “diferentes”, ¡enfermos!

Si sale de lo común, ¡a callar! La pandemia encendió las alarmas y reveló lo que suele velarse, aunque creo que los maremotos mentales siguen siendo tabú y estigmatizan a quien los padece. ¿Por qué las mujeres tenemos que “acostumbrarnos”? En un artículo de la BBC leo lo siguiente: “Living with suicidal thoughts every month was something [H] had become used to”.

La era de la tecnología y la información… ¿¡Para qué!? Arriba aludí a una sarta de incautas creadas con IA. Sepan que, por más que las afinen y pulan, jamás serán víctimas del trastorno disfórico premenstrual (TDPM). Se necesitan mujeres que, como quien escribe, se atrevan a hablar de él sin tapujos; mujeres capaces de recurrir a especialistas de la salud —ginecólogos, psiquiatras, psicólogos, endocrinólogos, internistas— que les pongan sobre la mesa, con un mantelito «protector», el hecho de que la negrura mensual y menstrual puede tener una causa concreta y manejable.      

Aventuré mi autodiagnóstico cuando durante un tiempo llevé una especie de diario en el que plasmaba lo que iba sintiendo, ya fuese emocional, físico, o un batiburrillo de ambos. Extraño padecimiento hormonal ligado con la fase lútea y que confirmó mi psiquiatra, hoy convertido en todo un rock star. Fue como alcanzar la cordillera del Karakórum sin anuncias bajas: aliento, alegría y esperanza.

Esa depresión que veía venir cada veintitantos días, con desasosiego y terror, se convirtió en un desafío; sin embargo, conocer el porqué, me ayudó a cambiar la perspectiva de un desorden que, en silencio, aniquila.

¡Nada de ser víctimas ni de acostumbrarnos a malvivir! ¡Creemos conciencia del síndrome disfórico premenstrual! Aquí, en México, estamos en pañales, y al parecer lo padecemos entre 5 y 8 por ciento de las mujeres en el mundo.      

Ya lo decía Heráclito

¿Imaginaban sus propios universos? ¿Creaban de la nada, valiéndose de palos de escoba, ramas, cuerdas, tierra, pasto, pétalos y piedras? ¿Conocían los mismos juegos que sus amigos —doña Blanca, listones, resorte, policías y ladrones— y podían entretenerse durante horas sin necesidad de un juguete? ¿Acaso una pelota o un bote para patear? ¿Experimentaron la adrenalina de las escondidillas y el placer de mojar a alguien cuando tronaban un globo de agua? ¿Siguieron el recorrido de las hormigas y se percataron de lo que son capaces?    

Lo anterior, si eres más nuevo —ya no se diga niño o recién salido del cascarón—, se quedó en el antaño. Basta escudriñar lo que hogaño sucede dentro de un avión. Unos pierden el sentido nada más sentarse y abrocharse el cinturón. De esos hay quienes roncan o bufan, otros que babean y unos cuantos con apnea del sueño. Eso sí, nomás huelen la comida y abren el ojo para acomodar la mesita plegable.

Aplastarse, dormir, hacer ruido y tragar es cosa de todos los tiempos; sin embargo, decantarse por la observación implica constatar que la comunicación se ha transformado en un “diálogo” humano-máquina; carne y hueso-pantalla. Una vez en el aire y después de repartir audífonos, se oye la voz de una sobrecargo —¡albricias!— que anuncia la buena nueva: los pasajeros ya pueden hacer uso de sus devices.

Acto seguido, como si se tratase de un ataque de minúsculos insectos, la gente se empieza a mover: manotea, sube y baja los brazos, se yergue para hurgar en mochilas y compartimentos. Lo hacen con dedos más o menos tecnológicos y también se contorsionan para no golpear al vecino. Total, que el de por sí reducido espacio se llena de caras iluminadas por una explosión de artefactos digitales que cierran ojos y oídos a las impertinentes distracciones humanas.

Los auriculares se apresuran a salir de sus bolsitas para conectarse a una pantalla individual que aísla al viajero del resto de sus congéneres. El señor de al lado, panza protuberante, resuella cual oso; luego, algo en su inconsciente hace que salive ante la expectativa de seguir echándole fruta a una piñata que, a decir verdad, no necesita ni tres nueces, y, por último, engulle todo lo apilado en la charolita plástica. Buche lleno, tápase las orejas con unos audífonos que, de menos, son Bose.

Dato curioso el de la incesante y contagiosa inoculación de marcas por todos los canales habidos y por haber —en este caso pasa chisme el virulento TikTok—: parece que los AirPods dejaron de estar in; han dado paso a la tendencia retro de los auriculares con cable. Con todo “peladito y en la boca”, nadie requiere de la capacidad de imaginar para enterarse de que entre los usuarios se cuentan Bella Hadid, Lily-Rose Depp y Zoe Kravitz (los apellidos me suenan, pero a estos acabo de “guglearlos”). 

Total, que los diálogos humano-humano han pasado de moda. Hacíamos amigos en los gimnasios; conectábamos en un medio de transporte; la señora hacía migas con la camarera del hotel; comensales que platicaban de mesa a mesa; encendida conversa entre marchanta y cliente; se conocía a los vecinos y se solía saludar en un elevador.

Sucede que además de la incomunicación que propinan los gadgets, hoy ignoramos si a nuestro lado tenemos a un ente de mecha corta: asesina, sicario, narco o sencillamente un naco o naca, que no es un indio, sino una persona carente de la más ínfima educación, asunto que de ninguna manera se relaciona con colores, razas, preferencias, tamaños, creencias ni continentes. (¡Aguas!, sensiblería a la orden del día.)

Sería estúpido oponerse a los avances tecnológicos, aunque, como en todas las épocas, «debería» hacerse buen uso de ellos, cosa que no va a suceder. En este instante, con más de medio siglo a cuestas —me lo recuerdan articulaciones, cambios hormonales, dolores que aparecen y se van sin dejar rastro, mareos esporádicos, osamenta con caja de música integrada—, no me imagino en la cama con una IA que masajee mis músculos con aceite de lavanda francesa, ni a un robot que se aproxime al orgasmo cuando paladea un queso cambozola acompañado con los mejores y más dulces higos y cerezas, y muchísimo menos a un ser de apariencia humana que pretenda conversar conmigo de alma a alma y hasta el fondo de las profundidades del complejo cerebro de los categorizados homo sapiens sapiens.     

Bocanada

Fue como descubrir espacios ignotos. El Paseo de las Palmas, en cueros de palmeras; la avenida Homero, ataviada con rebosantes jacarandas, deleite de quienes absorbemos placer con la mirada, a pesar de dos ojos fallos: color lila en contraste con verdes y azules, con muros blancos, con ventanas de casas añejas.

El día me premia con la amistad en ciernes, aunque, sospecho, con franco potencial. Salgo de mi cueva de recuerdos y novedades y sonrío, respiro, aspiro, vivo, vibro, siento, siembro.

Soy yo, crédula de mí. El pellizco sobra, porque ahí están una pequeña escalera de madera, los reflectores, algunos pupitres, un cuadro blanco —antes le llamábamos pizarrón. Lo rayábamos con gises y desaparecíamos los rastros con un borrador—; el celular que ella, paciente, acomoda entre y sobre cajitas que son objetos de escritorio.

Y de nuevo yo, riesgo medido y sin cubrebocas, ávida de sentir la emoción de leer a Ronald de Carvalho, de encariocarme con él. Llegada la señal, puño con cinco dedos que se desdoblan, me dejo penetrar por Vento Nocturno y Noite de Junho. Lo que me rodea pasa a segundo plano: el poeta me comparte su elección de palabras y yo les pongo voz, las hago sonoras.      

Sensación peculiar la de pronunciar, en portugués brasileño, más musical, la versión actualizada de lo que en otros tiempos de otro siglo tuvo otro sello: noturno por nocturno, anel por annel, estrelas por estrellas, úmidas por humidas. Cierto que habría preferido zambullirme en su expresión de antaño, la del creador de Epigrammas ironicos e sentimentaes, dedicados a Graça Aranha y Villa-Lobos.

Un día redondo este 24 de marzo de 2022, donde prevalecieron la luz, el aire, la celebración, la libertad, el sentimiento, la esperanza y la alegría; alegría que hubiera explotado con Ronald de Carvalho si Fernando Pessoa me hubiese escrito algo así: “Há em si o com que os grandes poetas se fazem. De vez em quando a mão do escultor faz falar as curvas irreais da sua Matéria […]”.

 Curiosamente, Lisboa y Río de Janeiro los despidieron el mismo año: 1935.     

Más que lluvia

Amo el agua, y sobre todo, el agua fría. Ya lo he escrito.

De niña me acostumbré a nadar en una alberca cuya caldera nunca dio señales de vida, ni siquiera en invierno. Pero era un placer: zambullirme y salir rápido para airear mis pulmones. Lo que seguía era fácil: aclimatarse y disfrutar.

Amo sumergirme, amo aguantar la respiración mientras intento recorrer la mayor distancia posible, y también amo nadar cuando llueve.

Esa lluvia… la que presagian relámpagos y truenos. Mejor si llega con un viento que azota puertas y ventanas, con la luminosidad eléctrica del cielo, con el estruendo envolvente que le pisa los talones a cada rayo.

Amo ver, oír, tocar, oler y probar el chubasco que se solaza en el campo. Sí, huelo la humedad, escucho el golpeteo, hago mío el sabor del agua límpida, expongo mi piel al abraso de gotas y chorros helados, miro el huidizo arte líquido y despierto de golpe a una vida que a veces cierra los ojos sin poder conciliar el sueño.

*Foto de la autora.

Breaking Bad due to paella, wine and nutella

No es que lo sepa, la química y yo nunca hemos cohabitado, pero cuando pienso en partículas subatómicas me imagino fregaderitas para las que nunca hay descanso. Pues mi hermana es, tal cual, una partícula subatómica: un bosón, no el bolsón (por mi cabeza se desliza algo semejante a un gigantesco costal de papas) que cree ser.

—Fíjate que el fin de semana hice paella.
—Mmmmmmmm…
—No mmmm, me quedó muy salada, así que qué bueno que papá y tú no la probaron.
—Estoy segura de que me hubiera gustado; cocinas bien, Perrita, disfruto mucho de tu sazón. Es más, qué lástima que ahora que estuvimos allá hayas tenido la pésima idea de racionar la carne de hamburguesas: una por piocha, ¡no se vale! Y yo rogando que alguien no quisiera…
—Bueno, el asunto es que con esto de la paella me porté mal. Rompí mi dieta. No sé qué me pasa, llega un momento en que me dejo ir como hilo de media.
—Ay, bájale, desde que te vi en julio has cerrado el pico, no pasa nada si de repente fallas. Sería irreal que nos perdiéramos de ese mega placer.

Ojo: además de mi hermana y yo, sé que cuatro personas cercanas se esfuerzan por no formar parte de los “Siete de cada diez mexicanos que padecen de sobrepeso u obesidad”.

http://www.forbes.com.mx/obesidad-un-problema-de-5500-mdd-para-mexico/

—Pero es que me pasa algo, hija, sigo y sigo empacando, como barril sin fondo.
—¿¿¿Y??? A ver, qué te comiste.
—La paella lleva vino blanco; me serví una copita y otra y otra, reeeeelax, y total que acabé con él.
—Uy, ¡qué terrible! Debes haber subido como tres libras (1.3 kilos).
—La neta es que estaba muy a gusto viendo Breaking Bad y echándome mi alcoholín.
—Por eso, ¿qué más da?, ¿de qué te arrepientes (arrepiéntete y cree en el Evangelio)? ¡Te portaste bien toda la semana y no es que estés hecha un tonel!
—Pues tú ya pesas menos que yo.
Sooooooooo? El asunto tiene que ver con mi desoladora realidad: el paso del tiempo. Hoy, si como cosas cremosas y condimentadas me inflo como globo hasta sentir que malrespiro. Los años arrasan, güey, es de la tostada darte cuenta de que ya no puedes comer como antes, pero prefiero llevármela tranqui a necesitar desabrocharme lo que traiga para caer panza arriba sobre mi cama. Hasta te enseñé, ¡fácil cuatro meses de embarazo!
—Sí, caray. Pues ya te digo (frase que me remite al hermano mayor de mi padre y a mi abuela Pepa), estaba tan rico en mi casa, viendo mi serie con las perras, que hasta saqué el bote de nutella que acababa de comprar en el súper: a cucharadas, hija, en éxtasis.
—Hijo, a mí la nutella no me gusta, prefiero una latita de leche condensada.
—¿¿¿No???, ¡qué suerte!
—Bueno, le voy más a las frituras (Doros Nachos, Cheetos, Ruffles, Taquis…), cacahuates y todas esas porquerías que honran el mejor eslogan con el que me he topado: A que no puedes comer solo una. Si empiezo vale queso; tú prefieres lo dulce.
—La neta sí. Cómo habrá estado la cosa que llegó Pablo, yo con cara de #déjameenpazestoyviendomiserie, y me lanzó ésta:

—Is that the Nutella jar that you just bought?
—Oooooh noooo, I found one in the cupboard, it was almost empty.

—Ja ja ja, ¡mustia!
—Ja ja ja, qué descaro, ¿verdad?

Seguimos riéndonos como las hermanas de siempre, dándonos cuerda para disfrutar de la espontaneidad de una risa fresca y genuina.

—No manches, vas a tener que ir al súper para que tus hijos encuentren su nutella enterita.
—El gusto nadie me lo quita: botellita de vino blanco, picadaza con Breaking Bad y una cucharada tras otra de crema de avellana.
—¿Sabías que fue la sucesora de la Supercrema y ésta la versión moderna de la Pasta Gianduja de Pietro Ferrero?

https://en.wikipedia.org/wiki/Nutella

—No sé ni me importa, yo saboreo.
—Por cierto, ahora que las cosas están tan rudas, el peso arriba de la barrera de los 17 y la lana comprimiéndose, ¿qué tal si contratamos a un químico genio que quiera dejar de ser un muerto de hambre…?

Bai de güei:

Tengo una amiga china, no china de China sino de pelo chino, rizado. Dice que hay ciertas frases que provocan que se le alacie su abundante cabellera. Me sucede lo mismo con ciertas expresiones, nada más que a la inversa.

Por favor, olvídense de «me anda de la pipí» o «quiero hacer de la popó». Ya no se diga el nefasto «orinita vengo». ¡Madre santa!: basta con decir «voy a hacer pipí o popó».

Ah, el artículo que corresponde a la orina y al excremento en sus versiones pipí y popó es masculino: EL.

Hasta aquí mi escatológica conclusión.

Natalia y el mar

Hace algunos días me sorprendió esta noticia: «Desaparecida en aguas de Formentera la reina mundial de la apnea». Atónita, seguí leyendo. Derramé lágrimas: me brotan con facilidad cuando algo me mueve.

La inmersión submarina a pulmón libre tiene aguijón para la pequeñez humana y tienta a la majestuosidad. Tal vez esas proezas sólo sean una lucha cuerpo a cuerpo con un poder superior que termina por engullir al aventurero, quien sabe que en cada zambullida se juega la existencia.

A Natalia Molchanova se la tragó el mar de las Baleares, desapareció en el Mediterráneo. Auténtica monarca acuática, logró descender a 71 metros de profundidad, aguantar la respiración bajo el agua durante nueve minutos y sumergirse 101 metros con peso fijo y una aleta, además de otras conquistas, dignas de la imaginación de Julio Verne.

verne

Si yo tuviera ojos sanos me hubiera gustado hacer lo que Natalia; la sensación de estar bajo el agua es inigualable: tranquilidad y adrenalina confundidas en el mismo costal.

José Saramago escribió en Las pequeñas memorias: «No creo que exista en el mundo un silencio más profundo que el silencio del agua». Fueron palabras que plasmó estando en la superficie, colmado de oscuridad, en compañía de una caña de pescar.

pequeñas memorias

La apneísta rusa con más récords de la historia (41), de 53 años, se quedó en el fondo del océano. Me aventuro a decir que si hubiera elegido su muerte habría dicho: ahí donde amo estar, en medio de la inmensidad, abrazada por el misterio y envuelta en la suave caricia del placer que la mató.

Sin ánimo de comparar, guardo un hermoso recuerdo de Xpu-Ha, en la Riviera Maya: era la única persona que dos o tres veces al día, sólo con unos goggles, se perdía para alcanzar las boyas.

En el trayecto, además de bracear, bajaba y subía, bajaba y subía, un descender grato en el que quizá me enorgulleciera del minuto y medio que podía pasar bajo el agua. Al llegar a las boyas, ya más hondo, volvía a bajar para perderme en el silencio y aprovechar la luz que encendía los colores de los peces, grandes y pequeños.

Qué magnífica sensación la de ser tragada por los sonidos del silencio: oír el movimiento de un mar incansable, percibir algo así como un ruido arenoso golpeando las rocas y las estrellas de mar…

Ésa era vida, a pesar de sentir la lejanía de la playa y la amenaza de los secretos del agua.

Molchanova supo ser tierra y agua, mundo real y submarino. Andará por ahí, arrastrada por corrientes conocidas, bendecida por su feliz claroscuro, inerte, ya sin desafiar la reserva de aire de un par de órganos prodigiosos.

natalia

https://www.google.com.mx/webhp?sourceid=chrome-instant&ion=1&espv=2&ie=UTF-8#q=natalia+molchanova

Hasta pronto.

Oinc oinc

En estricto sentido, éste podría ser el retrato de quien escribe este blog:

smart_pig

Razones estéticas y de salud promueven que no me abandone al placer de la gula, además juega a mi favor el hecho de que me gusta hacer ejercicio. Por cierto, coincido con José Fuentes Mares en que la gula no es un pecado, así que permanezcamos en santa paz.

Lo que les voy a confesar lo asocio más con mi época de preparatoriana, en buena medida porque SANA MENTE decidí que el mecanismo de defensa para evitar el contacto con el dolor sería enloquecer entre pelotas de basquetbol, ruedas de patines, llantas de bicicleta, raquetas, brazadas…

Las raquetas fueron utilísimas para golpear una pelota con todas mis fuerzas y liberar algo del coraje y la angustia que llevaba cosidos a mi piel. En fin, lo dicho lleva cuerda para otro retazo.

He aquí la confesión: me acuesto pensando en lo que voy a desayunar, durante la mañana alimento expectativas respecto a lo que voy a comer y conforme cae la noche pienso en lo que más se me antoja para cenar.

La comida nocturna es la que más disfruto, la que prende la chispa de una pasarela cerebral por la que desfilan quesadillas, tacos, carne de cerdo como la que guisa doña P (¡cueritos!), sobras benditas que a fuerza de tiempo agarran sabor… Aunque mi debilidad se dice queso, queso y muuchoooo queso.

Cheese

¡Díganme que no se les antoja! Conozco a una persona que sí peca, peca porque odia el queso en todas sus presentaciones. ¡Necia de mí, sigo ofreciéndole el manjar sabiendo que la única respuesta posible es un rotundo NO! ¿Por qué me niego a aceptar la idea de que exista un ente sobre esta Tierra que deteste el queso? Porque eso sí es un crimen.

El hecho es que amo comer, adoro conocer nuevos restaurantes y platillos, me encandila el nimio esfuerzo mental con el que perfilo molito, frijol con puerco, pollo Kung Pao, filete a la pimienta negra, fideo seco al chipotle, fetuccini Alfredo, guacamole, chiles en nogada, crema de tomate, pan recién horneado, chilaquiles o pizza 25 quesos…

La lista es interminable, pero el estómago y la piel humanos se expanden en proporción directa a la cantidad de fruta que le echemos a la piñata, ¡qué desilusión!

pinata

Estoy cierta de que si me encontrara al genio de la lámpara maravillosa y me concediera un deseo le pediría, sin titubear, satisfacer todos mis antojos gastronómicos y verme siempre como sílfide, es decir, tragar como cerdo y conservar la forma de espíritu aéreo.

Nanai, esa gente es poquísima y seguramente la escogieron a puro «dedazo» en el Paraíso terrenal. Ante tan infausto comportamiento solo me queda infundirles la certeza (me conviene) de que comer no es asunto de confesionario.

Ya lo decía Fuentes Mares:

“Las exigencias del nuevo paladar, acicateado por la gula, hinchó velas y templó voluntades, gobernó timones y enfiló proas hacia tierras exóticas de cortezas perfumadas, de minúsculas semillas que consumaban el milagro de que la mesa de un burgués pudiera ser tan suculenta como la de un rey”.

Así las cosas.