Mal de olas

¿Cómo te explico? No hay una causa. Si me preguntas el porqué, no vas a oír: «mi mejor amigo tuvo un accidente», «descabezaron al primo Paco», «los narcos empezaron a rondar el negocio familiar», «no tengo dónde caerme muerto», «atropellaron a la tía Chucha.

Si no pasa nada, ¿por qué hacer olas? Chale, las olas no se hacen adrede, ¿las has visto? Obvio. Ni tan obvio, ¿eh? ¿Te has fijado en cómo suben y bajan? Sí. Pues así subo y bajo yo. No me digas, ¿me vas a venir con el cuento de que tienes mal de olas? Oye, qué buen nombre ese de «mal de olas», así no le ponemos palabras truculentas. Pérame tantito, ¿entonces sí le puedes poner palabras? Algunas. ¿Como cuáles? A ver, me sigo con las olas y con el ambiente marino: estoy en la playa, siento la arena fría bajo mis pies, está nublado y se espera tormentón. ¿Y pretendes que entienda con tu escena playera? Pues sí, ¿que pasaría si sintieras frío y estuvieras seguro de que el viento va a soplar fuerte y de que la lluvia te va a agujerar el coco? Ay, ¡bájale! ¡Nada de bájale, güey! ¿Quieres palabritas? ¿Qué te parecen el desasosiego de Pessoa y la zozobra de William James? Ya empezaste… Bueno, la próxima vez no te enzarces conmigo en vericuetos que vas a reducir a un «mal de olas». Mmm, ¿y qué hay de la tía Chucha? ¡Me da igual si la hacen crepa en avenida Revolución!

 

 

Se llama angustia

Una lancha vieja, «La Marinera», se bambolea lejos, muy lejos de la playa. Sus ocupantes son un hombre y una mujer entrados en años; un matrimonio que sobrevive gracias a la pesca. Esta vez Aurelia y Jaime salieron tarde. Él olvidó la gasolina y ella la lámpara de queroseno. Aunque estrellado, los cubre un manto negro. A Aurelia no le gusta la oscuridad, dice que se remonta a su infancia, cuando su papá la encerraba en el cuarto de los cachivaches. Jaime lo sabe, y la abraza.

Se escuchan el viento, el golpeteo del agua, y a ratos el intercambio de palabras de dos viejos roncos.  Ya hace varios años que su hija se fue a vivir a la ciudad y otros tantos que a José, el predilecto de Aurora, se lo tragó el mar.

La soledad les dio para recordar: el día de su boda en el pueblo, cuando don Julián, el dueño de la hacienda, les regaló seis botellas de sidra; el nacimiento de Marina, un torbellino que casi se lleva a Aurelia; la muerte de sus dos vacas a manos de un vecino envidioso; la compra de «La Marinera», una embarcación pequeñita que les daba de comer…

El cielo se cubrió de nubes. La lancha se movía como si fuera a darse la vuelta. Aurelia escondió la cabeza entre los brazos y el pecho de Jaime. Y él decía que solo quedaba esperar, que al día siguiente alguien los vería, que volverían a sentir la arena caliente bajo sus plantas y a dormir en su casita de paja. Ella lloriqueaba, y él, tiritando, la abrazaba cada vez con más fuerza, intentando que no se diera cuenta de que sudaba frío.

Olas

Hay personas que son auténticas olas; pueden elevar su hermosa cresta y brillar ante la mirada del sol para abrazar los cuerpos de los surfistas más audaces, o pueden subir, marearse y descender para arrasar con todo lo que hay a su paso.

olas

De cualquier manera son bellas y espectaculares, pero unas abren sus eternos brazos mientras se hincan con suavidad, y otras, a pesar de su manto blanquecino y espumoso, llevan la consigna de destruir, golpear, desquiciar, malherir y provocar un golpe mortal.

No son las olas que causan los tsunamis, son las eternas olas de los navegantes, de los marinos, de los legendarios vikingos, de los exploradores más osados… o las olas que asfixian, que rompen en la playa con todo su coraje, que arrojan cuerpos como si fueran basura.

A veces es cuestión de un leve guiño, de una fase lunar, de una esperanza maltrecha, de un deseo de seguir siendo un cúmulo de agua que se eleva para observar el mundo y sonreír y bajar con un sonido de viento hasta tocar la playa con una caricia de espuma para volver a subir y bajar, subir y bajar…

Las otras hacen un gesto de temor, oscuro, y a pesar de derramar lágrimas provocan el llanto de cada grano de arena iluminado por una muy tenue luz solar: olas que hacen volar puertas en mil pedazos, puertas que pudieron abrirse y que no son más que astillas astillando el cariño de quienes nos atrevemos a mirarlas.

«Ola» y adiós.

¡A volar!

Después de más de diez años de vivir en “Sasso”, llegó la hora de empacar. Confieso que me da tristeza dejar este espacio; supongo que es un sentimiento natural y humano. Aquí se queda la historia de una década: apacible, sin sobresaltos, caracterizada por la buena vibra entre mis vecinos y yo.

Aquí dejo las últimas dos visitas de mi madre a mi casa. En ambas ocasiones subió cuatro pisos, sobrepeso a cuestas, y llegó echando el bofe, dejando el alma por estar conmigo.

Aquí organicé un par de comelitones para entrarle a la barbacoa y a las carnitas de Los Tres Reyes; por supuesto, no faltaron los mojitos preparados con la pesada mano de R: «mientras más alcohol, mejor, así sabe menos a hierbabuena». Con dos era suficiente para ver la playa y el inmenso mar en lugar del segundo piso del periférico.

mojito

Aquí se quedan mis rehabilitaciones, hechas con absoluta disciplina: de hombro, codo y mano.

Aquí Juan y yo iniciamos una historia que vivirá hasta el final, aunque Juan haya tenido que morir para recorrer mi camino.

Aquí abandono 2009, uno de los peores años de mi vida.

En Sasso se queda el espacio de 75 metros cuadrados que decoré con tanto empeño, labor en la que sobre todo al principio —llegué casi con una mano adelante y otra atrás— participó mi padre.

Aquí permanecen mis secretos, algunos amores, mi “huevito” luminoso, la ilusión que me inoculaba cada visita (breve) de mi hermana, el silencio, el llanto, la música, mis lecturas, mis sueños (literal), el comienzo de un proceso terapéutico repleto de frutos (éste es uno de ellos), la primera semilla que planté, el nacimiento de este blog; en fin, la GRAN, con mayúsculas, complicidad de mi búnker.

búnker

Me llevo lo mejor de este departamento en un cuarto piso al que nunca llegaron peleas, chismes, agravios, ruido ni mala leche.

leche

Y mi casera (en Estados Unidos se le dice Landlady)… Se fortaleció un vínculo estrecho entre dos personas que sólo firmaron un contrato, se llamaron por teléfono entre 10 y 15 veces y se vieron en escasas tres ocasiones. La relación fluyó: una dueña respetuosa que rentó su propiedad a una inquilina obsesivamente cumplida.

Aquí abrazo mi nostalgia, aunque con la mirada puesta en el nuevo comienzo, lleno de retos y responsabilidades. Me voy a un lugar que me esperaba a gritos, a golpe de voces internas, de sorpresas, de sincronía salpicada con mi número favorito: el 3.

A darle, estimados lectores, es tiempo de despelucar mi fortín, es momento de cerrar otro círculo y emprender una nueva aventura. ¡A volar!

A quienes me ayudaron a enaltecer este espacio, a percibirlo como un hogar, ¡gracias!

*Bai de güei:

Cuando hablen eviten usar «lo que es». De repente proliferó, sobre todo en los medios de comunicación (radio), y no tiene sentido: «Se reporta un accidente en lo que es la calle de Patricio Sanz», «el Chapo Guzmán se escapó de lo que es un túnel de 1.5 kilómetros de largo»…

Imagínense que yo dijera: me fui de vacaciones a  lo que es Cancún y visité lo que es Chichén Itzá…

LO QUE ES, ES, EXISTE, PUNTO.

Hasta la próxima.