Bocanada

Fue como descubrir espacios ignotos. El Paseo de las Palmas, en cueros de palmeras; la avenida Homero, ataviada con rebosantes jacarandas, deleite de quienes absorbemos placer con la mirada, a pesar de dos ojos fallos: color lila en contraste con verdes y azules, con muros blancos, con ventanas de casas añejas.

El día me premia con la amistad en ciernes, aunque, sospecho, con franco potencial. Salgo de mi cueva de recuerdos y novedades y sonrío, respiro, aspiro, vivo, vibro, siento, siembro.

Soy yo, crédula de mí. El pellizco sobra, porque ahí están una pequeña escalera de madera, los reflectores, algunos pupitres, un cuadro blanco —antes le llamábamos pizarrón. Lo rayábamos con gises y desaparecíamos los rastros con un borrador—; el celular que ella, paciente, acomoda entre y sobre cajitas que son objetos de escritorio.

Y de nuevo yo, riesgo medido y sin cubrebocas, ávida de sentir la emoción de leer a Ronald de Carvalho, de encariocarme con él. Llegada la señal, puño con cinco dedos que se desdoblan, me dejo penetrar por Vento Nocturno y Noite de Junho. Lo que me rodea pasa a segundo plano: el poeta me comparte su elección de palabras y yo les pongo voz, las hago sonoras.      

Sensación peculiar la de pronunciar, en portugués brasileño, más musical, la versión actualizada de lo que en otros tiempos de otro siglo tuvo otro sello: noturno por nocturno, anel por annel, estrelas por estrellas, úmidas por humidas. Cierto que habría preferido zambullirme en su expresión de antaño, la del creador de Epigrammas ironicos e sentimentaes, dedicados a Graça Aranha y Villa-Lobos.

Un día redondo este 24 de marzo de 2022, donde prevalecieron la luz, el aire, la celebración, la libertad, el sentimiento, la esperanza y la alegría; alegría que hubiera explotado con Ronald de Carvalho si Fernando Pessoa me hubiese escrito algo así: “Há em si o com que os grandes poetas se fazem. De vez em quando a mão do escultor faz falar as curvas irreais da sua Matéria […]”.

 Curiosamente, Lisboa y Río de Janeiro los despidieron el mismo año: 1935.     

¿Hay alguien ahí?

Poncho y Maru no sabían qué hacer con Adela. Le costaba mucho trabajo levantarse, era un triunfo que desayunara, se iba a la escuela como autómata y no había poder humano que la hiciera concentrarse en las clases, sobre todo en Matemáticas II. La directora de la secundaria ya había hablado con sus papás y coincidían en que Adela estaba callada, dispersa, triste y desganada.

Fue idea de la abuela Natalia que su niña cambiara de aires y se fuera a Mérida a pasar una temporada con ella. Cuando Poncho y Maru hablaron con su hija la vieron esbozar una leve sonrisa, así que decidieron que era lo mejor.

A sus 71 años, doña Natalia era una viuda entrona, independiente, lúcida y con personalidad, que sabía disfrutar de sus tardes en compañía de un buen libro, un habano y una copita de Campari con cuatro hielos. Se sentaba en su silla de palma, ponía una mesita de apoyo y a volar entre humo con Chesterton, Woolf, Camus, Yourcenar, Azorín, Paz…

Estaba decidido, la abuela iba a sacar a su nieta de ese ensimismamiento a través de la lectura.

―Mijita, tu primer reto es El cuento de la isla desconocida, de José Saramago.

Un hombre llamó a la puerta del rey y le dijo. Dame un barco. La casa del rey tenía muchas más puertas, pero aquélla era la de las peticiones.

Adela releyó la frase tres veces e incluso posó su mirada en otras páginas, pero en su cabeza, en vez de rey y barco, había confusión y desasosiego. Natalia se dio cuenta y resolvió que “mañana sería otro día”.

―Hoy vamos a probar con la poesía de Borges. Abre el libro donde quieras y escoge pensamientos que te gusten.

Adela abrió el libro al azar y leyó: “Creo profundamente que eso es todo y que ni veré ni ejecutaré cosas nuevas”. Esa frase, en la cual pudo concentrarse, aceleró su corazón y la metió en el humo del habano de su abuela, quien pensó, para sus adentros, que la tercera era la vencida.

―A ver, mija, hojea este libro. Está plagado de fotos hermosas del mar.

Adela, sentada junto a su abuela, pasaba las hojas con los ojos fijos en el infinito. A doña Natalia la asaltaron pensamientos remotos, como los cuatro humores, la bilis negra, la predisposición melancólica, Hipócrates… Situándose en el hoy, diagnosticó a su nieta con depresión.

―Adela, mi amor, ¿estás triste?, ¿tienes ganas de llorar?, ¿te da miedo?, ¿vas mal en la escuela porque no te puedes concentrar?

―Abuela, estoy más que triste, y no me interesan los reyes, ni el mar, ni el señor argentino, ni tus libros, ni nada.

Como Natalia sabía qué hacer al día siguiente, dejó su habano en el cenicero, estrechó a Adela entre sus brazos y, toda atención, la oyó sollozar.

El mismo mar

Cuando estudié en Rhode Island, mi clase favorita la impartía Roberto Manteiga. Leímos a varias mujeres españolas, entre ellas Esther Tusquets, Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda y Carmen Laforet.

Me encantaron Tusquets y El mismo mar de todos los veranos, título que con todo y poesía me lleva al común “la burra al trigo” y al nada poético “la misma mielda”, con el excremento sonorizado a la puertorriqueña.

En serio, si no hago todo lo posible por hacer, por entretener a mi cerebro, se me aparece el mismo mar, con la misma sal, idénticas olas, y hasta la misma pelota roja que va a guardarse en las aguas próximas al cielo.

Estoy cansada, llena de esa sensación ardorosa que me provoca estar dentro del agua y al mismo tiempo ahogándome en mis pensamientos, pero como ahora no puedo destapar la cañería, quédense con un pedacito de El mismo mar…:

«Sólo encuentro en el baúl este disfraz agobiante e incómodo, que me oprime de una forma terrible el pecho y la garganta […], un disfraz guardado años y años en el baúl de los disfraces —el disfraz de todas las angustias, de todos los miedos, de toda la tristeza de una infancia […]»

portada_Tusquets

Las palabras de Tusquets me jalan cual imán al enrarecido ambiente de los personajes de la serie Bates Motel, donde el abuso, la asfixia, el miedo y la enfermedad impregnan el aliento y sellan las paredes del universo infantil y penosamente adulto de quienes estamos vivos.

Hasta la próxima.