Adiós. Pasado.

Revelados en blanco y negro (Kodak, 1935), parecen sacados de la realeza. Elegancia distinta y connatural a la época y a cierta clase social. Una pareja de espigados roba cámara en el centro de la fotografía. Por ahí, reconocibles, Agustín, Alfredo y Álvaro. ¿Cuarenta personas en el rectángulo? Puros muertos. El notario, masculino de la dupla, cerca de 50 años ausente; ella, escritora y maestra, casi 30. Entre los desaparecidos, un suicida. Químico, era. Un tío abuelo muy bello, como Alain Delon o Paul Newman. Lo de afuera no rescata lo de adentro.

El paredón de los desposados asomó cuando, con horas de diferencia, murieron los dos primeros varones de su prole. Quedarían las esquelas de Alfredo y Marcelo, fechadas en 1939. Dos sombras también en blanco y negro, con ojos pizpiretos, que entreabrían la puerta de un mundo claroscuro para una hermana valiente y turbulenta.    

Susurro inteligible

No es que prefiera otear la vida desde una calesa, esperar a que una carta urgente tarde dos meses en llegar a su destino ni pasar temporadas de recreo en el pueblo de San Jacinto Tenanitla. Tampoco estaría muy puesta para ordeñar dos vacas ni corretear pollos.

Avances de todo tipo y a gran velocidad, con el pie obsesionado por pegarse al acelerador. En la era de la instantaneidad nos asolan clics, wassaps, corazoncitos, tuits y retuits, palomitas azules, «última vez hoy a las…», videos, audífonos; paradójicamente, la desconexión.

Con todo y a pesar de tamaña marejada, aún existe la simplicidad, donde lo simple es lo importante: mirar amaneceres y beber atardeceres; calentarse con fuego y limpiarse con agua fresca; comer y beber lo que procuran tierra, árboles, plantas y animales; caminar a cielo abierto y dormir con los huesos; amar con sencillez y desdentar sonrisas.

Y es que la vida tiene candor. Nada hay más sincero y gustoso que rescatarlos, cuidarlos y crecerlos. Y ellos corresponden con la trompa, los ojos, las orejas, la cercanía, el juego, los baños con papás y niños. Porque se vuelven sus hijos, su razón de ser, su motivo para despertar y aliciente para sosegar el futuro.

Es sólo un momento que en compañía se torna arte. Aprendizaje que llena la felicidad tribal. Ya recobró algo de fuerza. Ahora bebe leche. Corre y se entretiene con una pelota. Come bien con su trompa prensil. Abraza y se deja caer suavecito junto a su amá. La mirada expresa dulzura que podría ser lágrimas.

La foto de unos recién casados con dos orgullosos proboscidios como prole.   

Ups, ¡una notificación de wassap! Hasta la próxima.