Adiós. Pasado.

Revelados en blanco y negro (Kodak, 1935), parecen sacados de la realeza. Elegancia distinta y connatural a la época y a cierta clase social. Una pareja de espigados roba cámara en el centro de la fotografía. Por ahí, reconocibles, Agustín, Alfredo y Álvaro. ¿Cuarenta personas en el rectángulo? Puros muertos. El notario, masculino de la dupla, cerca de 50 años ausente; ella, escritora y maestra, casi 30. Entre los desaparecidos, un suicida. Químico, era. Un tío abuelo muy bello, como Alain Delon o Paul Newman. Lo de afuera no rescata lo de adentro.

El paredón de los desposados asomó cuando, con horas de diferencia, murieron los dos primeros varones de su prole. Quedarían las esquelas de Alfredo y Marcelo, fechadas en 1939. Dos sombras también en blanco y negro, con ojos pizpiretos, que entreabrían la puerta de un mundo claroscuro para una hermana valiente y turbulenta.    

La BoLa

Descubierta, tentada, sentida, sobada, palpada, apachurrada, acariciada, ¡besada!, y, con todo, respetada. Ha sido libre para acomodarse, respirar, hacerse presente (o no), descansar, crecer (o no), dar lata (o no), llamar mi atención, guardar silencio, aburrirse, irritarse (quizá).

Aunque vive, destacan más de 10 años de mesura y sigilo.

«Hay que ponerle nombre y apellidos» —dijo: fibromixoide, se llama.

¿Despertó?, ¿desperté? ¿O acaso despertamos porque a lo que no nos pertenece (gran parte de lo que nos rodea) hay que abrirle la puerta, darle salida y decir adiós?

Una simbiosis, aunque aún ignoro en qué grado echó raíces y aprovechó para sacarle jugo a la región tibial de mi pantorrilla derecha. Sin duda, ha tenido en vilo a esta mente acostumbrada a obsesionarse y a dar cuchilladas en su muy husmeada paz interior.

Vamos a tener que separarnos, pero ojalá sea con la sutileza con la que se internó entre piel, tejido celular, músculo y demás estructuras anatómicas…

¿Hasta nunca y ahí muere? Santas pascuas, tú a lo tuyo y yo a lo mío; lo anterior con la conciencia de que escribe otro capítulo entre mis pasos.

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Adultos mayorcitos…

La escena se desarrolla en un sitio para ciudadanos gerontológicos; en otras palabras, en una residencia de ancianos. En caso de preferir los eufemismos, denominaremos a estos establecimientos como casas para personas de la tercera edad; lugares donde se “cuida” a adultos mayores, o de plano usaremos el término foxista “adultos en plenitud”, aunque uno atestigüe cómo los viejitos y viejitas se desmoronan con todo y sillas de ruedas, grúas, muletas, tanques de oxígeno, andaderas, fajas y pañales…

Observamos a una mujer de origen polaco de 87 años de edad. Fuerte y aguantadora, ha brincado varias crisis de salud, entre ellas una cirugía de cerebro, septicemia, un par de ataques cardíacos, un procedimiento de cardioversión, e incluso el contagio de covid, pasada la crisis mundial.

De pronto aparece una dama, representante de una clínica que vela por la función cardíaca. Raya los 70. Lleva el pelo corto y es blanco; tabula rasa, o sea, pechos inexistentes —una especie de escoba vestida sin las ramas flexibles—. Los pantalones capri y las chanclas indican que llegó el ansiado verano. Si pasamos a los accesorios, nos percatamos de una muñeca tatuada y anillos en los dedos.

Hay otras dos personas más en la suite de Estela, pendientes de lo que dice y hace la extraña. Atestiguan que habla mucho —la clásica personalidad “yoyo”—, interrumpe, y se las da de sabelotodo. Aseveró, sin dejo de humildad, que la señora mayor no padecía gota. Además, se dio a conocer por un tufo de mala educación, sin llegar a ser descrita como “de poco lastre”.  

A preguntas y dudas expresas de los acompañantes de la señora mayor, hubo respuestas que denotaron un desparpajo poco adecuado a las costumbres de los consanguíneos. No sólo se refirieron al apoyo para tomar un baño, sino que indagaron acerca de la lavada y cambio de la ropa de cama. Es claro que después de siete décadas de constatar que “con dinero baila el perro”, les espetó:  

—Nowadays, you can pay for everything, even for someone to dance nude in your window.

En ese momento se vio cómo el hombre y la mujer más jóvenes abrieron los ojos grandes e intercambiaron miradas. La posible mueca bucal no se percibió porque llevaban cubrebocas. Luego, como si de florecimiento y plenitud se tratara, sugirió que Estela se enfundara unos fishnet stockings, también conocidos como medias de red. ¡Sexy a los 87 y meses, y a darle vuelo a la hilacha con todo y los tobillos hinchados!

Aún faltaba el cierre, que se haría con broche de oro. Los dos pares de ojos siguieron la mano con anillos que ella conducía hacia el piso. Ya iban muy abiertos en ese trayecto que los llevó a posarse en uno de los pies de la visita. Las uñas estaban rascando las células muertas —escamas, pues— de un talón poco atendido durante el longevo invierno. De nuevo, cruce de miradas.

Como lo que empieza suele acabar, la setentona cruzó el umbral de la puerta. El joven, siempre cauto, amable y sonriente, clausuró la misión:     

—She is somewhat unfiltered.

Hasta la próxima.

Día de sentimientos encontrados, de mezcolanza emocional, de llanto, alivio, y sólo una ida con el cargamento religioso en F38, antes Nefanda (NFD).

Salen por la puerta principal el Cristo de gran formato —cuando niña subía las escaleras a toda velocidad para escabullírmele—, pintado con maestría por Juan de Miranda, a quien se atribuye el primer retrato conocido de Sor Juana Inés de la Cruz. Con él se retiran, y hasta cierto punto se jubilan, la presentadora de Jesús en el templo —o sea, la mismísima Virgen—; San Pablo, el tocayo que durante años atestiguó ires y venires de arriba abajo, además de atisbar, calladito, las efigies de los integrantes de la familia: Toto, Muc, Vicky, Morsa y la Pulga; Santo Tomás de Aquino y San Ignacio de Loyola, cuates de pared, a tono con la vorágine de la virtualidad; otras dos vírgenes, una al pie de la cruz y Nuestra Señora del Refugio —leo que fue abogada, auxiliadora y mediadora ante Jesucristo—: túnica rosa, manto azul, el Niño sobre su regazo, ambos con graciosa corona    

A nueva morada llegarán, esperanzados por ocupar un hueco, la Sagrada Familia; joven dama pintada por un tal Fortino Morales; un baúl ataviado con rojo cuero, y otro cristo, éste fragmentado (suerte que no le tocó alentar en estos tiempos, pues sus partes hubieran sido halladas en una bolsa mediana de basura), talla directa en marfil, sangrante, negros barba y pelo. San Espiridión también queda en libertad, atrinchilado por Kostas Petrarkis en tamañito 15.8 x 11.8 centímetros.

Adiós al arte sacro y a parte de la «tenebrosa» historia de esta casa de mi infancia. Amigas hubo dispuestas a ponerse de hinojos con tal de no recorrer la oscuridad de la sala, pletórica de santas miradas. El 25 de mayo me acerca al vacío más duro; el muy aparatoso es el del cristo crucificado que cerró nuestro círculo con un rayo de luz en el centro de un apacible semblante coronado de espinas.

Antes, lo vi. Mirar, lo que se dice observar, apenas ayer y hoy: frente a frente, sin prisa, con nostalgia, agradecimiento y veneración.      

Escape del calvario

La puerta con escotilla le organizaba un viaje hasta el Nautilus del capitán Nemo. Poco importaba que fuera batiente y de madera. Se entrometía entre el antecomedor y el comedor; entre la cocina, calientita, y el estudio y la sala, fríos y oscuros.

En uno de sus vaivenes se cruzaron la niña y un hombre. Tenía que atreverse, así que levantó la barbilla para alcanzar sus ojos claros. En ese intercambio de miradas con significados disímbolos, reinó lo insondable. Ambos escucharon la frase, pero a la voz, como era de esperarse a los 11, le faltaba madurez:

—Papá, estoy mal, necesito ayuda.  

Un miedo atroz a lo que concebía como locura —aún se oía hablar de “manicomios”—; a perderse en su íntima negrura; a tener que resistir y cargar con la existencia; a petrificarse, sola, en el horror de la angustia.      

Pero tenía que haber una salida, otra oportunidad. Muchas veces quiso ser un perro callejero, que se la tragara la tierra, no despertar a la mañana siguiente, hacer un trueque de cerebro. ¡DESAPARECE R! Se antojaba difícil sin jalar el gatillo (¡pum!), sin una escena de pies colgantes, sin el salto al vacío, sin un corte preciso a la yugular.  

Con todo, descubrió que no era suicida. Y qué fastidio, porque nada había peor que estar consciente de que la línea entre la cordura y la locura era delgadita, tambaleante, casi invisible. Además, en una de tantas maquinaciones se le ocurrió que la otra orilla podía resultar peor. ¿Peor?… ¡Esa sí sería una tragedia!

Dio los primeros pasos de su viacrucis. En la terapia de grupo, lo que les afectaba a dos “compas” era totalmente cotidiano y light. Uno no tenía coche para transportar a la niña que le gustaba y la otra sacaba malas calificaciones.

¿Cómo escupir algo así?: “Les tengo pánico a las mujeres tocineta, bien pasadas de lorzas, y ando con las antenas afinadas para detectarlas”. Nel. A guardar silencio y, de plano, a consolarse por no ser la peor. Juan llegaría, perdido, al pabellón psiquiátrico del Español.

En el trayecto hubo un Judas Iscariote, una “maravilla” de psicoanalista que le rajó la confianza depositada sin cortapisas durante varios años. Tamañito animal. Le haría honor a su apellido, aunque no por ser el rey de la selva. Era un paria narcisista que, creyéndose águila real envuelta en huevo, terminó con un yo desplumado. A los ojos de su paciente, su superego cayó en una cloaca y se ahogó en aguas negras.

Reyes puso su rúbrica en el calvario. Fueron años aprovechados en los que no cupo el maniqueísmo, pero seguía teniendo sus sesiones desde la razón, es decir, conteniendo el paso de la vorágine de sentimientos. Haría falta tiempo para que explotaran con toda la fuerza de lo reprimido, con todo el impulso de un cáncer que tenía que abrirse paso a como diera lugar antes de pudrirse en las entrañas del dolor, la culpa, el enojo, el miedo y el rencor.  

Hubo una tregua antes de que el peregrinaje estallara. Coincidió con un periodo de estudio y docencia en el extranjero; con el derrumbe de las Torres Gemelas en Manhattan; con la muerte del “psicoanalista familiar”; con la primera experiencia de nieve que no solo se sentía en el pecho; con la recuperación de un tendón de Aquiles recién reparado; con la vida en un país donde, de no haber sido por las varias nacionalidades coincidentes en un departamento de lenguas, habría resultado tedioso convivir con puritito gringo.

La escotilla del Nautilus se hizo real. Cerrarla implicaba dejar atrás el día, un día que esperaba ser escuchado, salvado, más llevadero. Días con sus noches, sus minutos y segundos, sus tonos negros y blancos en busca de una paleta maleable.

Llegó 2006. Y con el trabajo, el compromiso y la confianza mutua llegaron las lágrimas, las emociones embarradas en la piel, la piel ávida de sensaciones, el nudo atorado entre el pecho y la garganta, el corazón que aprendió a doler, el dolor que fue atrapando a un cuerpo acostumbrado al resquicio craneal y al dominio de la mente.

Costaba creer que fuera la primera vez, sobre todo después de tanta voz, de cuantiosas palabras que iban y venían de un sillón a otro sin devolver un eco, de varios intentos que pavimentaron la entrada por la puerta grande, como la de Israel Galván en la plaza de toros de la Maestranza.

Años y años de manejar con destino a la cerrada. La puntualidad fue impecable; impoluta la decisión de vomitar sin filtro, pasara lo que pasara. Nada de mentiras ni engaños. Editar solo a partir de la verdad.

Una vez que se descubre que el único mérito humano consiste en ser un poco más conscientes del costal que llevamos a cuestas, llenito de prejuicios, creencias, estereotipos y un titipuchal de conductas inoculadas, entonces aceptamos que no hay retorno, que hallar las posibles salidas de nuestro laberinto nos hace mejores personas.   

Años y más años de caminar hacia el cuarto de mis secretos —otros no tan secretos—, de subir las mismas escaleras, de sentarme en el mismo sillón y de observar a la misma mujer; ella, que logró dar vuelta a la llave de una cerradura que cedía poco a poco a una aceitada de afecto, comprensión y honestidad.

Fue ahí donde aprendió que un enojo no implica una ruptura ni un abandono definitivos. También asimiló que del consultorio nunca saldría un alma virgen, aunque sí un ánima revolcada en beneficio propio. De ese lugar se retiró alguien que aceptó que corría vida por su sangre, a pesar de baches, hoyos, ranuras, pozos, abismos, fumarolas y hasta arena en los lagrimales.

Al final, los pasos del Calvario, ya mucho menos calvario, se apagaron, en un tris, por Zoom.     

    

      

 

Nieve en sueños

¿Los sueños ―conscientes o inconscientes― se hacen realidad, o la realidad persigue un sueño? Sueño y realidad se confunden, se alimentan, se toman de la mano, se ven de frente, se interpelan, se arropan, intercambian el color y los claroscuros.

Hay sueños de los que queremos salir corriendo; sueños que, aunque sueños son, nos permiten decidir si abrimos los ojos o si seguimos soñando lo que no nos gusta soñar; sueños de los que nunca quisiéramos despertar; sueños que nos recuerdan a seres idos; sueños que se lloran en la realidad; sueños que nos muestran matices del pasado; sueños que permanecen en nuestra memoria; sueños, en fin, susceptibles de derrumbar la estorbosa puerta.

¿Por qué no zambullirse en lo mágico, incierto, nebuloso, colorido, intangible, vívido, sorprendente, audaz, revelador, insondable y meticuloso?

A fluir, que del sueño a la realidad, el paisaje se torna blanco como la nieve.

De expectativas y cosas peores

Tener expectativas es parte de vivir; como querer ser la líder encestadora cuando se juega baloncesto, o como dar una clase y conseguir que los alumnos presten atención, aunque los tiente el poderío de las pantallas, es decir, del mundo virtual, donde «soy mejor» mientras más «amigos», likes y seguidores tenga.

La cosa se pone ruda cuando la expectativa, si sucede que uno va a psicoterapia, consiste en abrir la puerta un día cualquiera y descubrir que todo es como no era, que dejaste de ser tú, que te sacudiste la pesada carga genética, que tus neuronas y neurotransmisores se confabularon para dotarte de dopamina original (adiós a la pirata), que dejaste atrás miedos, inseguridades, tristezas, decepciones y complejos. O sea que, de acuerdo con esa ilusión, al accionar la manija para pasar del otro lado estaríamos borrando nuestra historia con un punto final inexistente.

Sentí angustia cuando entendí que por ahí no iba la cosa; lloré, pero hubiera querido hacer un berrinchazo. Cuando llegó la realidad, lista para acribillar la expectativa, constaté que nada sería distinto, aunque también reparé en que de lo que se trataba era de que yo me fuera haciendo de herramientas para lidiar con una puerta que, independientemente de estar abierta o cerrada, me permitiera moverme en un espacio edificado y matizado por mí, sin necesidad de patear mi recorrido.

Y llegó la pregunta: ¿si una lagartija se somete a tratamiento psicoterapéutico, qué sale del consultorio cuando toma la decisión de irse?

Ojo, estimados lectores, veremos salir a la misma lagartiga, nomás que «terapeada». Se va cargando su morral, quizá menos pesado que cuando llegó, en la negación más absoluta, con su sombrerito, lentes Ray-Ban espejados, gabardina negra y cigarro apagado entre los dientes.

¿Yo?

La conciencia duele, cala. Lo fácil, lo llevadero, es vivir en Babia, evitar cuestionamientos que resquebrajan, aprovechar las distracciones que nos ofrece este vertiginoso paseo, habitar una burbuja de cristal donde solo hay que regar flores, ocuparse de tal manera que cuando llega la noche se mata cualquier pensamiento por el que se escurra un yo.

¿Quién quiere enfrentarse a sus monstruos, a sus demonios, a un túnel enterrado en el inconsciente? ¿Quién se atreve a adentrarse en los pasadizos más oscuros de su psique? Gracias a Freud sabemos que todos los días convivimos con un yo que no se parece a ninguno de nosotros, es decir, con una contundente falsedad.

Sí, la conciencia duele, pero también nos abre la puerta para conocer y comprender al verdadero yo. Ahí, frente a frente, el ser desdoblado esgrimirá el florete para decidir si se venda los ojos o se arriesga a batirse en lodo.

Imagen: https://www.google.com.mx/search?q=freud+en+dibujos&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwj1r_n03aTcAhUPTawKHRtZDAsQ_AUICigB&biw=994&bih=465#imgrc=1cjUib7OQfH_fM:

Home alone

No le gusta estar sola. Cuando uno está solo y despliega poca actividad, hay tiempo para pensar, y la mente puede darse el lujo de enchinchar y de alborotar a la gallina.

Decía que a ella le choca la soledad; tanto, que de ser alérgica a perros y gatos se acostumbró a su pelaje y olores para cuando en la casa ―y de paso en la cama― se sintiera el nido vacío. ¿Qué mensaje le llega con ese hueco? ¿Que no la quieren?, ¿que en realidad todos venimos y nos vamos solos? ¿La asustan sus pensamientos? ¿Se le recrudece la huella de abandono? ¿Acecha la sombra perenne de la muerte?

El chiste es que cuando se queda sola, tres animales ―dos perros y una gata― toman el lugar de tres homo sapiens. Miento. Una de esas especies es un «mal llamado» homo sapiens, o sea, un homo brutus, con perdón del de las caricaturas.

En días como esos, al entrar en el nido vacío, se topa con la alegría exacerbada de su microzoológico. Una brinca, da volteretas, ladra y corre enloquecida con dominio del territorio; otra, una bola con pelos, camina con esfuerzo hacia ella, le dirige una mirada de «¿por qué me abandonas, mamá?», y bufa de embriagadora felicidad; la gata se escurre entre sus piernas, entiesa la cola y maúlla.

¡Hay luz al final del túnel! Los sapiens ―reitero,  son solo dos― aún no llegan, pero ella, ya con bata y elegantes flip flops después de otro día ajetreado, puede disfrutar de sus simpáticos y disímiles seres vivos: la perra mayorcita, a cambio de unas cucamonas, estará dispuesta a ser su tapete, almohada, cobija o calentador sin enchufe; la perra mediana, hiperactiva y zafada, la hará desvariar con sus ocurrencias, y la gata, para achicar el hueco, rasguñará la puerta con insistencia hasta que ella, somnolienta, decida abrirla.

Torbellino

Te puedo compartir mi experiencia, no más. Llámale fases, gama de sentimientos y sensaciones, camino al hoyo o como quieras. Sucede que te despiertas (en mi caso, la conexión con el mundo real es instantánea), te mueves un poco en la cama y empiezas a pensar antes de abrir los ojos. Hay temor, pero leve y manejable. Si tu cerebro se arranca como coche de Fórmula 1 cuando abres los ojos y decides levantarte, mal empezamos, porque entonces el circuito se llena de curvas y borra las rectas, donde se podría ver con claridad. Pero no solo no pasa eso, sino que te cuesta controlar el coche azul metálico con el número 3. Ahí, qué pena, ya le abriste la puerta al miedo. Y lo peor es que el riesgo al que te enfrentas ni siquiera existe. En este punto, como no hay nada real que debas afrontar, tu mente se bloquea y te preguntas qué rayos te pasa. Como la respuesta no llega (o no la dejas llegar), se cuela, como enredadera voraz, lo que para mí es ansiedad. Ya se juntaron el miedo y la ansiedad, así que tu coche es un trompo al que haces bailar a 300 kilómetros por hora. Adiós circuito, ya no hay curvas ni rectas. Todo lo domina la velocidad con la que pasan esos pensamientos inquietantes que tú formas uno detrás de otro, como cuando se hace una fila para que a la gente le sirvan sobras de comida en un plato asqueroso. El cucharón que avientan en tu plato ya trae angustia, o sea que el trompo gira tan rápido que ni te enteras de que no puedes respirar normal ni de que tu corazón da latigazos en tu pecho. Ahora se llama terror: cuando no ves, no oyes, no razonas, no haces… Estás petrificado, encerrado dentro de ti, e irremediablemente te vas al hoyo del que te he hablado tantas veces. Ese hoyo es pánico, incertidumbre, flacidez mental, impotencia, llanto, espuma. Bienvenido al negro.