Un pedacito de humanos

Publiqué mi último Retazo el 19 de abril. Me cae que no tengo progenitores…

Hace unos días, gracias a “Fuzzy”, escuché la palabra mush. Al tumbaburros: plasta, masa, papilla. A mi cabeza llegaron enjambre y amasijo, porque de ese bullicio y de tal mezcla heterogénea están henchidos estos ¡más de cinco meses! Hay, sin embargo, tres denominadores comunes —reencuentros, encuentros y desencuentros— y una constante: la vida…, que le pinta un violín a la constancia en un tris.   

Mayo

Mi reto, viajar a Canadá; mi propósito, respirar. No solo desde el punto de vista fisiológico, sino emocional y mental. Quería verme lejos, siquiera unas semanas, de este México convulso, multitudinario, sangrante, antagónico y esquizoide. Eso sí, nada de soltar cubrebocas, alcohol en gel —me cae mal el terminajo “sanitizante”, como si la palabra desinfectante hubiera sido expulsada del diccionario—, aerosol y toallitas Clorox.  

Un criadero de abejas sin mascarillas: así el Houston Hub. Me sentí tranquila caminando de un lado a otro de esa texana ciudad techada con mis dos pedazos de tela encimados para cubrir nariz, boca y barba.

¿Cómo rayos comer en ese extraño ambiente? ¡Ahí estaban y eran reales! Hubiera podido tocar a los cocineros, pero había que pedir a través de pantallas en un país donde las máquinas exigen dinero plástico. Logré establecer contacto humano, compré un sándwich y me fui en busca de la sala con menos portadores potenciales del bicho.

Primero darme valor para quitar los elásticos de mi oreja izquierda; segundo, morder algo entre dos panes que se deshacían en mi mano; tercero, montar los cubrebocas al unísono, cosa que nunca sucedió. Y cuarto, evaluar con cuál de los dos me quedaba. Seguir con ambos hubiera puesto en jaque mis tímidos sorbitos de agua en un avión donde, gracias al Altísimo, mandatory masking.    

El reencuentro con Alberta me dio esa sensación, hoy desconocida, de que un lugar puede insuflar seguridad. La naturaleza, imponente y copiosa, me abarcó por completo. Aire limpio —virgen para mí—, verdor, rocío, troncos, ríos, montañas, lagos, formaciones rocosas (hoodoos), cielos azules, caminos quietos, molinos de viento y algodones blancos suspendidos.

Todo digno del mejor espectáculo de Broadway, hasta las gordas vacas lecheras cuyos ojos fijos me confundieron con alguna deidad india. Pueblo, villa o ciudad, cada lugar donde paramos me permitió tomar fotos en calidad amateur. Una tarde, al regresar de Edmonton, con una provincia en el occidente debatiéndose entre amenazas de nubarrones y luz escurridiza, me regaló el semicírculo de colores mejor trazado y más nítido que he visto.  

Junio

Regresé a mi país, donde un aeropuerto maloliente y descuidado me hizo pensar en abandonar la tierra que pisa arriba de la mitad de mi existencia. El desánimo en las caras de los maleteros que esperan el recorrido lento de una banda añosa; el semblante cansado de los pasajeros que intuimos que no hay lugar para aparcar la nave; el valemadrismo de las “autoridades” que saben que nada en sus manos puede cambiar la inoperancia. ¡Bienvenidos a la #CDMX de la #4T!  

Julio

Otro reencuentro acabó en desencuentro. Un batiburrillo bruto, necio, torpe. El tiempo corre y con él la sinrazón, el rencor, la incapacidad para conciliar dos vidas que eligieron caminos opuestos. Sigo pensando que no tiene nada de malo; que la riqueza, si se quiere y se acepta, está en la diferencia. Suelo equivocarme: a montarse en su macho y romper; a cortar el flaco hilo de comunicación que a duras penas se arrastra por nuestra sangre. Soy como Ben Lovatt, guiado por la pluma de Doris Lessing para darse de topes en la cabeza por no entender.

Agosto

Bálsamo el encuentro que ligó chiles en nogada con libros. No pensé que viniera él. Me asomé por la ventana y escuché mi nombre. Quienes me conocen saben que mis ojos desnudos no vieron al hacedor del manjar. Lo medio reconocí cuando topé con la reja azul, y eso gracias a que distingo lo concreto de lo abstracto: anteojos y afabilidad. Frente a mí el Japón de Porfirio —fruto de la confianza— y Nakachi, un hombre con brazos reconfortantes en esta era pandémica. Escasos 20 minutos de plática en la que lo que uno sabe del otro es que la decencia es un valor sin fecha de caducidad.  

Septiembre

Flaquearon y tronaron en amatleco domingo 5 de 2021. Pulmones y corazón de hombre recio, terco como mula. Cabra de monte, sobreviviente de disparo a quemarropa, compositor de “Mi pueblito”, chiflido distintivo y penetrante. Fiel cuidador, también víctima del SARS-CoV-2. Bella, bellísima casa, pletórica de recuerdos, amores, agasajos y aventuras —maltrecha en 2017—, que pierde su encanto al compás del tiempo al ritmo de la muerte.    

Atemporal, pero en este pasaje hay reencuentro, uno que otro encuentro y quizá algún desencuentro, provocado por la pésima costumbre de pensar por el otro. Salvador Elizondo relaciona amor con antojo: intempestivo, violento e instantáneo. Lo he sentido, y durante toda mi vida, aunque hubo un plan detrás del sushi, de la mejor fondue que he paladeado y del sensacional ribeye, corte que no suelo incluir en mi dieta cotidiana.

Las improvisaciones, excelentes.

En cuanto a las constantes de un encuentro: sin piedad el tiempo de los buenos ratos que se acorta y la cuerda floja de un inquietante corazón de león.    

Más que lluvia

Amo el agua, y sobre todo, el agua fría. Ya lo he escrito.

De niña me acostumbré a nadar en una alberca cuya caldera nunca dio señales de vida, ni siquiera en invierno. Pero era un placer: zambullirme y salir rápido para airear mis pulmones. Lo que seguía era fácil: aclimatarse y disfrutar.

Amo sumergirme, amo aguantar la respiración mientras intento recorrer la mayor distancia posible, y también amo nadar cuando llueve.

Esa lluvia… la que presagian relámpagos y truenos. Mejor si llega con un viento que azota puertas y ventanas, con la luminosidad eléctrica del cielo, con el estruendo envolvente que le pisa los talones a cada rayo.

Amo ver, oír, tocar, oler y probar el chubasco que se solaza en el campo. Sí, huelo la humedad, escucho el golpeteo, hago mío el sabor del agua límpida, expongo mi piel al abraso de gotas y chorros helados, miro el huidizo arte líquido y despierto de golpe a una vida que a veces cierra los ojos sin poder conciliar el sueño.

*Foto de la autora.

Juan Gabriel et al.

Me tomó por sorpresa en Frankfurt, pero no en la ciudad alemana de otro continente —¡bueno fuera!—, sino en la colonia Condesa, salchicha en vías de deglución. Recibí un par de mensajes que decían que Juan Gabriel había muerto. No me atraganté, pero estoy cierta de que puse cara de idiota, aunque nunca hubiera ido a uno de sus conciertos, ni comprado un disco suyo.

¡Sopas, me dije, esto sí va a causar revuelo! No me equivoqué: desde ese bocado, gran parte de lo que he oído y visto es sobre el «Divo de Juárez». Lo más cerca que estuve de echarle un ojo y de sentir su música fue hace aaaños, ¡más de 20!, una vez que mi hermana y yo nos trepamos a una barda para intentar verlo, aún en el Interlomas incipiente y pañalero. Además de vibrar el ambientazo, sólo vi a un tipo vestido de blanco que mantenía prendidísima a la gente.

También me acerqué un poquito a él cuando mi mamá me puso Amor eterno, una canción retroactiva, es decir, que actúa sobre el pasado y nos puede traer a la memoria a quienquiera que se haya ido, en ese caso a mi hermana Inés, y 27 años después, a mi madre. Así es esto: por un lado se va «Juanga», y por otro, un equipo de magos maniobra casi 10 horas para trasplantar dos pulmones con aire nuevo.

Suelo pensar que hasta cierto punto a los humanos se nos da la oportunidad de ganar tiempo, y que de alguna manera infinitesimal podemos «cuentear» al destino; sin embargo, ahí están las frasecitas: «Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas».

Total, ¿dónde se corta la raya de nuestra pequeña historia? Por un lado pienso en qué habría pasado si Juan Gabriel se hubiera cuidado más —peso, descanso, sal (¡a saber!)— y en cuál hubiera sido el derrotero de Pablo si la puerta de terapia intensiva le hubiera quedado lejos.

No sé. Lo que puedo hacer por los que sí están, por las personas a quienes he dado un cacheteo de mí, es rezar, hablar, pedir como sólo yo sé, como a mí me gusta, como nadie cree que hago, siempre con lágrimas que ruedan sinceras hasta llegar a donde nunca sé.

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Ni hasta pronto ni nada.

Octubre turbocargado

Cajas: poco a poco, sola, más acompañada por la ansiedad y la nostalgia, dejo atrás el espacio que habité cerca de 11 años.

Cumpleaños de mi hermana: festejo lejano si considero la distancia, cercano si acumulo el amor y las vivencias con mi compañera de útero materno.

Cirugía de corazón a los 34 años: exitosa, salvavidas; de aquí pal’ real Regina va y viene con un moderno (mágico) desfibrilador de 80 gramos que todos los días, de madrugada, emite señales que traspasan la Puerta de Brandenburgo para comprobar que aún alienta la portadora de un Biotronik.

Crisis: durante algunos días revolotearon en mi mente tres potentísimos defensores que me protegieron del miedo.

Blog: descuidado, que no abandonado.

Firma: por fin. Mi casa, mi hogar, mi nuevo espacio, mi logro.

A esto último atribuyo mis despertares de octubre. El ojo pelón a las 3:47, 4:04, 5:02, 4:45. ¡Qué alucine! Órale, trata de dormir, intenta meditar, respira, jala aire aunque sientas que se atora en tus pulmones (dicen que en ellos podemos albergar tres litros de aire y que cuando respiramos sólo aspiramos medio litro), no prendas la luz, manda a volar los pensamientos que hacen fila con ahínco. ¡Güey, a la goma con las cosas que no puedes resolver en este instante! El dulce «aquí y ahora» vale para pura tostada.

¿Tendrán que volar mis dos libreros? ¿Cómo van a subir objetos grandes y pesados por mi escalera de caracol? ¿Lastimarán el blanco de las paredes? La roja, ¿quedará intacta?

Ay, Dios, ¡ya! Como dice este señor: “Que te envuelva una hermosa esfera de luz blanca y que fluya adentro y alrededor tuyo. Es energía divina.”

Pues por más divina que sea los pensamientos remontan la fila y empiezo a ver muebles, aparatos para hacer ejercicio (respira, duérmete), chapa de seguridad, cajas de cartón (respira, duérmete), escalones, papeles importantes (esos me los llevo yo)…

Antes de abrir el ojo este lunes 26 de octubre mi cuarto de atrás me trepó a una escalera para colgar dos recuadros plastificados que contenían información “esencial” para la gente de mi ex trabajo. Ahí los querían ¡a como diera lugar! Nada más faltaban esas dos vaciladas para alcanzar la infantil perfección que tanto se cacareaba. ¡Madres!, no sólo desperté antes de tiempo —oootra vez—, sino que volví al lugar donde la enfermedad mental escurría de las paredes; ahí se forman y crecen adultos de kínder, expertos de plastilina, profesionistas maleables, muñecos de trapo atravesados por agujas insensibles, hipócritas, sadomasoquistas, pútridas y berrinchudas.

agujas

vudu doll

Qué bonita familia, como diría el idiota de Pompín Iglesias en la embrutecedora serie «Mi secretaria».

A mudar de piel en 31 de octubre de 2015 con todo y calabazas de Halloween. En el ínter, ¡respira!

Recuerdos, lo que queda…

En mi memoria se refugiaron un balcón y una imponente tormenta eléctrica: cielo azul tirando a negro que en instantes se iluminaba con rayas irregulares blancas y amarillentas. Del resto no quedaron ni piezas sueltas.

tormenta eléctrica

Hace unos días la ciudad de Campeche me recibió con el calor, parecía que había descendido al mismísimo círculo del infierno; faltaban las llamas y un diablillo que custodiara la entrada con un trinche, pero el aire caliente (yo lo sentía hervir), ni tardo ni perezoso, envolvió mi cuerpo.

Me alegró revivir los viajes de la infancia con mis papás y mi hermana, la Perrita. Largos recorridos en coche con un destino final entre el que se colaban el descanso, la comida (en sitios que nos hacían tilín o que nos recomendaban los lugareños), los imprevistos y las aventuras, como recolectar mangos petacones que colocábamos en el piso de la parte trasera del auto (las Perritas ponían sus pies sobre ellos con cuidado de no lastimarlos) o descubrir el camino de bajada hasta un río donde nos refrescábamos.

Podíamos bañarnos con tranquilidad, en primera porque había agua (ahora son charcos malolientes, basureros o zonas habitadas), en segunda porque estaba limpia, y en tercera porque la única amenaza era que un pez nos jalara las patas y nos enterrara en el fondo; nada de preocuparnos por asesinatos, retenes, narco, derechos de piso ni todo lo que hoy se nos ocurre considerar antes de actuar libremente para hacer algo que se nos antoja.

Estoy segura de que mi papá viajaba con sus tres mujeres sin pensar en la inseguridad; de este punto a aquél, de acá para allá, del Distrito Federal a Quintana Roo: sólo implicaba esperar las vacaciones, hacer maletas, revisar el coche y a volar.

Total, que en este viaje comprobé lo dicho por García Márquez: la vida no es copia fiel de lo que vivimos, sino más bien de lo que recordamos. Ahí estaba mi papá, manejando kilómetros y kilómetros azuzado por dos escuinclas que insistían:

—¿Ya vamos a llegar?
—¿Cuánto falta?

No sé si los niños de hoy deseen lo mismo que yo hace muchos años —¿cambiaron los juegos infantiles por una tableta equipada con pulmones para la práctica virtual de la apnea?—, pero lo único que me interesaba era llegar a nadar, meterme en el mar para picar sus olas, una tras otra, y cuando se hacía tarde zambullirme en una alberca hasta que se me arrugara la piel de los dedos.

Mi espíritu competitivo me llevaba a proponer concursos para ver quién aguantaba más tiempo debajo del agua, a echar carreritas con mi hermana, a contener la respiración sin moverme para probar mis pulmones, a bucear hasta el fondo para recuperar una moneda.

Por supuesto, pediamos el consejo de los naturales respecto al changarro, palapa, tendejón o pequeño restorán donde le hincaríamos el diente a exquisitos platillos típicos.

La primera tarde de mi vuelta a Campeche le eché ojo a la única palapa que no ostentaba un cocacolesco techito de plástico. Nos sentamos a comer a la orilla del mar. Seguía habitándome el infierno, sin una pizca de brisa, aunque bien acompañada con una lata de cerveza fría, un coctel de camarones —de los chiquitos, dicen que característicos de Champotón— y un delicioso pan de cazón. ¡Claro, con mucho chile habanero!

Foto de la autora
Foto de la autora

Foto de la autora
Pan de cazón, ¡una delicia! Foto de la autora

San Francisco de Campeche, con sus baluartes y puertas de Mar y Tierra, me devolvió muchos recuerdos y me llenó de otros. Ahora sí, mi coco se trajo a una hermosa ciudad, parejita, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1999, ataviada con verdes, rosas, azules, rojos, amarillos y blancos, como los colores que en 2004 vi en la isla de Curazao, un territorio autónomo del Reino de los Países Bajos donde la hilera de casas, muy juntas unas de otras, parecía un arco iris con puertas y ventanas conectadas al paraíso.

Puerta de Mar (foto de la autora)
Puerta de Mar (foto de la autora)

Puerta de Tierra (foto mía)
Puerta de Tierra (foto mía)

Foto mía
Foto mía

Curazao, 2004
Curazao, 2004

¡Y la gente!, amable, sonriente, platicadora, abierta; en pocas palabras, ¡campechana! ¿Campechana?, ¿con qué se come? Les comparto un par de acepciones del diccionario de la Real Academia Española:

3. (Por la fama de cordialidad de que gozan los naturales de Campeche, tierra de vida placentera según la creencia popular).

4. adj. coloq. Franco, dispuesto para cualquier broma o diversión.

Con el número 4 describo a Joaquín, el taxista dicharachero que nos llevó del aeropuerto de Campeche a Aak-Bal (nido de tortuga) y de Aak-Bal al triste regreso. Siempre una sonrisa, presto para bromear, buen escucha, hombre que se despidió con un cálido abrazo y con una bendición que quedará en mi recuerdo.

Hasta la próxima.