La BoLa

Descubierta, tentada, sentida, sobada, palpada, apachurrada, acariciada, ¡besada!, y, con todo, respetada. Ha sido libre para acomodarse, respirar, hacerse presente (o no), descansar, crecer (o no), dar lata (o no), llamar mi atención, guardar silencio, aburrirse, irritarse (quizá).

Aunque vive, destacan más de 10 años de mesura y sigilo.

«Hay que ponerle nombre y apellidos» —dijo: fibromixoide, se llama.

¿Despertó?, ¿desperté? ¿O acaso despertamos porque a lo que no nos pertenece (gran parte de lo que nos rodea) hay que abrirle la puerta, darle salida y decir adiós?

Una simbiosis, aunque aún ignoro en qué grado echó raíces y aprovechó para sacarle jugo a la región tibial de mi pantorrilla derecha. Sin duda, ha tenido en vilo a esta mente acostumbrada a obsesionarse y a dar cuchilladas en su muy husmeada paz interior.

Vamos a tener que separarnos, pero ojalá sea con la sutileza con la que se internó entre piel, tejido celular, músculo y demás estructuras anatómicas…

¿Hasta nunca y ahí muere? Santas pascuas, tú a lo tuyo y yo a lo mío; lo anterior con la conciencia de que escribe otro capítulo entre mis pasos.

https://en.ac-illust.com/clip-art/23483876/calf-muscle-illustration-material-12 (imagen)

Agradecimiento

Gracias por el techo, por el cobijo, por el resguardo, por la protección; gracias por ser mi refugio durante diez años: refugio hermoso, pequeño, colorido, silencioso, amable, casi siempre iluminado por soles matutinos y vespertinos.

luz de sol

Aquí, en este cuarto piso, más imaginarios que reales, me acompañaron mi hermana y mis sobrinos, mi padre, mamá —enramada en albahaca que empieza a tirar sus hojas a causa de una entrometida plaga blancuzca—, e incluso mis queridos tíos Malis y Maruca.

También la cama, mesa, sillas y flores Van Gogh; la doble cara de Remedios Varo y su Mujer saliendo del psicoanalista, el macetón de barro con las sangrantes flores de Teresa.

Permití que entraran muy pocas personas: elegidas. Las hice parte del mundo que me aisló del zumbido del Distrito Federal —¿próxima Ciudad de México?— y de la inacabada amenaza externa.

Aquí, una vez cerrada la pesada puerta, he sido yo, despojada de máscaras, desnuda, capaz de respirar mi aire y no el de quienes forzosamente veo todos los días.

Puerta Sasso

Un verdadero hogar, suave, sin exabruptos de vecinos complicados, sin chillidos, escándalos ni faltas de respeto. Cuatro pisos diarios de escaleras para encontrar mi paz —montaña cuando cargo las bolsas del súper en un solo viaje— y resguardar mi corazón.

Gracias pues, Giovanni Sassoferrato —por si no saben, fue un pintor italiano del XVII—, por algodonar mis miedos, atestiguar mis alegrías, acompañar mi amor y mis logros durante poco más de 3,650 días.

Sassoferrato

Hasta pronto.

Una buena bailada

Teníamos que cruzar la calle para llegar al Restaurante Hamdi. El señor Arpacı llegó a Estambul en los años sesenta y vendía kebaps en un puesto callejero cercano al Bazar de las Especias.

Bazar_especias

Tuvo tanto éxito que se hizo de un edificio con vista a la Ciudad Vieja, al Puente Gálata y al Cuerno de Oro, un estuario a la entrada del estrecho del Bósforo.

¡Imperdible!
¡Imperdible!

http://hamdi.com.tr/

—Ahí vamos a comer, es el lugar que nos recomendó Hatice.

Después constaté que ya lo había señalado en mi guía.

—Órale, hace hambre.

La ciudad bullía.

—Vente por acá, hay que seguir a la gente.

Ahí estábamos, un par de turistas operadas de los ojos, haciendo su mayor esfuerzo por compartir mañas para ver un poco mejor. Una, moradora de Estados Unidos, acostumbrada a la civilidad y al primerísimo lugar que se les concede a los peatones, incluso cuando chanclean con sus flip flops. La otra, mexican curious, poco caminadora del Defe, pero hecha al gran desmadre, a la falta de respeto, a la abominable carencia de comedimiento y buen modo, con sus loables excepciones.

Se los confieso, es probable que la hermana gringa, después de vivir cerca de 18 años en el país de las barras y las estrellas, pensara que los automovilistas harían lo mismo en Estambul que en California.

—Vamos a buscar un semáforo, hija, esto es una locura.

—Ay, sí.

Nos camuflamos entre el gentío —hombres guapos, mujeres con velo, cargadores, comerciantes— y miramos fijamente al semáforo. Esperábamos a que se pusiera el muñequito verde para bajar de la banqueta. Imagino que la ciudadana estadunidense estaba nerviosa, con un lente intraocular al gato y un ojo al garabato.

De repente…

—¿¿¡¡Adónde vas, güey!!?

La vi bailar a media calle y girar aterrorizada sobre su propio eje. En el ínter, cuestión de segundos, la coleta le daba tumbos y sus botas cafés pulían el asfalto turco.

—¡Me destanteaste, hija!

—A mí no me eches la culpa, güey, ¡yo ni me moví! ¿Por qué fregados te lanzas atrás de ese cuate? ¡Seguía puesto el monito rojo!

Del otro lado, pasados susto y enojo, procedí a imitarla.

—Ja ja ja, ¿neta? Qué oso.

— Ja ja ja…

—No te burles.

—Ja ja ja…

—Ya, ¿no?

—¡Pues ríete, estuvo de lujo!

Las Perritas se carcajeaban en la acera de enfrente. Imitación, risa, escarnio, risa, burla, más risa.

De premio de consolación un paisaje sublime (mi foto es mala), mezes para picar, köfte (albóndigas), kebap, lahmacun (pizza estilo árabe), vino tinto y baklava.

Desde el restaurante Hamdi y hacia el Bósforo
Desde el restaurante Hamdi, ferry-boats listos para navegar el Bósforo

Lahmacun
Lahmacun

Más tarde la burra al trigo… Después de caminar por el Puente Gálata y de gozar de un atardecer enmarcado por Mezquitas, mi hermana fue a estamparse, a pesar de mi advertencia, con un uniformado de muy buen ver.

—Estoy segura, hija, nunca entenderá por qué una mujer lo arrolló con tal vehemencia si el mono no parpadeaba, la calle estaba tranquila y los coches inmóviles.

—Ay, ya ni me digas, ¡otro oso!

—¡Osazo!

Carcajadas.

T i l l        n e x t.