Corte de caja

Hablar sobre la fugacidad del tiempo acabará siendo un lugar común. Así mi 2023.

Jekemir, en la primera cuadra de Prado Norte, se volvió un lugar irreemplazable. El café también, gracias a Vladimir. Hoy, esa zona es un hervidero de gente al que se suma un ejército de guardaespaldas que conducen autos que simulan tanquetas. 

Yo la recorría en bicicleta cuando los establecimientos todavía se podían contar con los dedos de las manos: el restaurante China Girl —de verdaderos chinos llegados de Asia—, la dulcería, los helados —La Michoacana, claro está—, flautas, tortas y aguas frescas La Delicia, y una farmacia, de esas donde había una máquina esquinada que por un peso revelaba el ídem.   

Encuentros y reencuentros, ninguno casual. Personas que nos alegran y que empiezan a echar raíces en el trompo chillador que es la vida.   

También hubo bajas, unas porque la muerte cercena el instante; otras, porque entendemos que el deseo de compartir no se fuerza.

La salud mental sigue hablándose en silencio. Yo la grito, lo cual no significa que sus redes me liberen.

Así las cosas, asado la casa —cada vez más pelona— y un nuevo ciclo —creo yo— para seguir creciendo.

Mis mejores deseos para quienes dejaron una pasada de ojos en las entretelas de algún retazo.

¡Hasta 2024!

Peripecia irapuatense

Mi papá y yo la emprendimos a Irapuato para visitar a unos parientes: don Pepe y doña Sofía, 94 y 88 años, respectivamente. La ciudad, horrenda ―no se salva ni el Centro, con su «plaza» desangelada, cero mesitas para disfrutar de un café y rostros malencarados; el hotel, raro. De la cadena Best Western International, encuentro en Wikipedia que fue fundado en 1946 por un tal M. K. Guertin, entrada que me lleva a un anuncio: «Esta página no se ha creado aún» (por si les interesa).

Cuando por fin dimos con el estacionamiento y subimos las escaleras, nos topamos con un espacio desierto, de cariz fantasmal. Ambos volteamos a un lado y a otro con cierta inquietud: ¿y la recepción?, ¿y la gente? Caminamos por el larguísimo pasillo-patio con la esperanza de encontrar vida. La hallamos. Ojos con caras que nos veían como si fuéramos dos personajes de Alicia en el país de las maravillas desterrados por Lewis Carroll. Ella pelaba los ojos: «Lázaro, ¿eres tú?». Él, Jesús ―mi papá comentó, como si yo no me hubiera percatado, que «era gay»―, hacía su mejor esfuerzo por conseguir una habitación poco ruidosa, y otro Él nos anunciaba, en tono jocosón, que el desayuno estaba incluido: era buffet.

Como esa tarde los tíos no nos fumaron ―pasaron algunas cosas que nos hicieron temer que estaban al borde del pulvis es et in pulverum reverteris―, decidimos comer en el restaurante Jardín. Igual que el cuarto, estaba como boca de lobo, aunque no tanto como la tienda de souvenirs, cerrada a piedra y lodo porque la dueña «andaba de viaje».

―¿Y ‘ora qué?

Como perros sin dueño ―pensamos que la familia nos movería el rabito desde el primer día―, bajamos a las catacumbas y nos encaminamos a La casa de las fresas. De regreso ya no había lugar en los subterráneos, por lo que dejamos el coche en un estacionamiento «al aire libre». Vimos un alma lectora y subimos la compra a la habitación.

Nada de quedarnos encerrados en una pieza ―así decían las abuelas― vieja, descuidada y en tinieblas. De regreso al patio, y mi papá saboreándose su puro. Nos comunicamos con mi hermana. Él le contó que estábamos en la morgue: las pocas almas que había aparecían y desaparecían sin decir agua va.

¿En qué consistía el «Plus» que calificaba a las palabras Best Western? ¿A los cables con foquitos que colgaban encima del patio? ¿A Alejandro, una especie de aparición que desde una esquina remota tocaba el órgano para las poquísimas ánimas que nos congregábamos? ¿A la alberca, el elevador, el aire acondicionado y la caja fuerte? ¿Al poco potente Wi-Fi? ¿A don Juan, quien nos atendió, solícito y cariñoso, durante las tardes muertas de Irapuato? ¿A las macetas con plantas que le daban un toque verde al inhóspito pasillo?

Mi papá comentaba:

―En su tiempo, este ha de haber sido un buen hotel.

Yo pensaba: «¡En su tiempo…!». Y miraba la alfombra ―nunca puse mis patitas encueradas sobre tan añejo tejido―, que tenía un pedazo recortado y superpuesto que me ponía los pelos de punta, igual que las sillas de tela llenas de manchas. Menos mal que las sábanas de las camas olían a limpio…

A nuestro regreso a la CDMX ―prepárense, porque este extraño número romano cien quinientos mil diez va a desaparecer― vimos varias veces un letrero que decía: «Maneje con precaución, su familia lo espera». Mi padre, con el humor que lo caracteriza, lanzó la sentencia: «La familia viene aquí». Carcajadas…

9/11

Vamos a sumar, como en la escuela, nomás que con la ayuda de la calculadora del «omnipresente» celular (crap).

Mi hermana Inés murió hace 31 años, mi madre hace cuatro y medio, mi abuela materna, Pepa, ya cumplió 20, y mi abuelo paterno, Manuel, a quien ni en sueños hubiera conocido, acumula la friolera de ¡68 años! ¡Pa’ su mecha! En lo que toca a estos periodos: 123 años y medio.

Mi sobrino tiene 16, mi sobrina 13, mi cuñado acaba de celebrar 52, y Rafaela, a quien parece que visité ayer en el Instituto Nacional de Perinatología, ya alcanzó  los seis meses = 81 y medio.

Sigo, por la sencilla razón de que hasta resulta divertido contarles que hoy iré a una comida en la que quienes tendremos el honor de convivir sumamos ¡casi 500 años! Híjole, no pude evitar un “no mam…”, pronunciado en voz alta y bien clarito.

Por ende, no es extraño que hoy hace 15 años me quedara petrificada ante una noticia radiofónica que más bien parecía ficción (¿Disneylandia?, ¿animación de Pixar?), y que poco después se convirtió en imágenes espeluznantes de dos aviones que chocaron, ¡a propósito!, contra las Torres Gemelas de Nueva York.

—What??!!!!! ¿Es real?, ¿qué pedooooooo?

Nubes de humo, fuego, gritos, llanto, confusión, dolor, «alfileres» arrojándose al vacío para evitar quemarse. No había para dónde hacerse: era el fin del mundo.

9_11

Y de nuevo las imágenes, y de nuevo la locura, y de nuevo los aviones penetrando el World Trade Center, y más escombros, y más víctimas, y más tristeza, y más indignación, y la locura humana haciéndole sombra a la grandeza del proyecto arquitectónico de Minoru Yamasaki, quien había definido su obra como un “símbolo viviente”. Adiós símbolo, ciao Windows of the World, el restaurante de los pisos 106 y 107 de la Torre Norte, hasta nunca oficinas neoyorquinas en Manhattan. La hazaña de Philippe Petit quedaría grabada en la memoria, pero jamás se volvería a tender un cable de acero que uniera las torres Norte y Sur.

Yo estaba estudiando mi maestría en Rhode Island, a sólo cuatro horas de la barbarie. Lo viví con incredulidad, con azoro, con tristeza, con miedo, con coraje, y hasta con agradecimiento: mi hermana, mi cuñado y mi sobrino de un año habían volado a California el 9 de septiembre por la misma aerolínea.

Y como yo sigo siendo yo, dondequiera que esté, les confieso que tocó a la puerta mi yo más obsesivo: ¿qué tal si recibía una carta con ántrax por correo? ¡Ay, güey! Hasta pensé en regresar, pero quizá era más un vil pretexto para no enfrentar las circunstancias del momento, la vida que se me ponía delante.

A 15 años —poquísimos, según les he mostrado—, con distintas versiones de lo ocurrido esa mañana del 11 de septiembre de 2001 —terrorismo islámico con Bin Laden y Al-Qaeda, George W. Bush para pretextar su invasión a Irak—,  el hecho es que ese martes se comprobó, una vez más, que los humanos estamos enfermos, locos de remate, torturados por criaturas abominables cuyo objetivo es destruir. Por fortuna, aún hay flores, canciones, niños que ríen, personas que agradecemos… y, ¡harto importante!, reuniones donde 496 años se traducen en armonía.

Una delicia

Voy a equis restaurante cuando sé que vale la pena. La experiencia tiene que envolver mis sentidos. Si el servicio es aceptable —ni muy muy ni tan tan—, si los sabores cortejan mis papilas gustativas, si un platillo vale lo que pago, ¡adelante con los faroles! Eso sí, nada de minucias ni probaditas al estilo nouvelle cuisine, aunque la presentación sea de otro mundo.

nouvelle cuisine
Minucia

No tengo las tablas de Marco Beteta, quien lleva años y feliz estómago cocinando este negocio, ni pretendo dármelas de foodie —leo que el término, hoy de moda, fue acuñado en 1984 por Paul Levy, Ann Barr y Mat Sloan para referirse a “una clase particular de aficionados a la comida y a la bebida”. Lo dieron a conocer en su libro The Official Foodie Handbook. (Eso de «particular» me suena a clasificación botánica o animal, ¿no?)

Simplemente opino con conocimiento de tragona y con la sabiduría de un ser mortal que ama comer. Además, no me guío por modas, más bien por antojos, recomendaciones de boca en boca, encuentros fortuitos, invitaciones, y a veces por opiniones gastronómicas que me encuentro en revistas como Chilango o Dónde ir, y en periódicos como Reforma, sección Buena mesa, vía la escurridiza Cony Delantal.

Los lugares más nice no son para mí, basta con que mi paladar y mi olfato sabuesero en busca de un buen plato se den por bien servidos. Pongo como ejemplo El Cardenal, restaurante que fundaron Oliva Garizurieta y Jesús Briz en 1969. Ahí festejamos el cumpleaños de mi papá el 31 de mayo pasado.

universidad
El primer Cardenal se alojó en el edificio de la Real y Pontificia Universidad de México 

Fuimos al de Avenida de la Paz, hasta ahora la sucursal más nueva. Confíen en que lo que pidan está rico. El festejado le entró a una sopa de fideos con frijol y al cerdo con verdolagas; los disfrutó, pero estoy segura de que en lo más profundo de su corazón envidió mis carnitas al estilo Jalisco, platillo que pedí con escasos tres pedazos de maciza y el resto de puros cueritos. ¡Qué delicia! No se imaginan cuánto ni cómo los saboreé: tengo la consigna de volver pronto para zamparme otros.

Llegado el postre, mi progenitor le hincó el diente a unos plátanos con helado de vainilla, y yo a un panqué de elote calentito, acompañado de un plato de nata para chuparse los dedos.

El Cardenal es uno de esos restaurantes garantía. Me encanta comer en lugares en los que sé que no hay dos o tres especialidades, sino una carta repleta de sabores que invitan a regresar.

A ver qué ceno…

 

Círculo sin fin

Parece un pestañeo, pero hace ya un año que Perri y yo estábamos planeando nuestro viaje en crucero a Turquía y Grecia.

En alguno de mis retazos escribí que antes de nuestro periplo me traía asoleada el Ébola; según yo, el grueso de los viajeros estaría acechándome para contagiarme el virus: por supuesto, sólo a mí: la elegida.

ébola_elegida

En los noticiarios cada vez se hacía más énfasis en la migración de sirios que huían de la guerra para refugiarse en territorio turco. A Perri le asustaban más los cocolazos fronterizos que la epidemia; sospecho que pensaba en que la tierra que conoceríamos era del tamaño de una nuez y en que serían suficientes unos binoculares para atestiguar el sufrimiento de miles de seres humanos que luchaban —luchan— por defender su vida.

binoculares

El chiste es que iniciábamos nuestra aventura con dos que tres preocupaciones a cuestas.

Perri —madre, esposa, cocinera, choferA, ejecutiva—, artrópodo incansable, debió haberse relajado como pocas veces, porque cada noche, después de una cena generosa en el restaurante principal, entraba a la suite e iniciaba el proceso: desmaquillarse, lavarse cara y dientes, enfundarse un camisón blanco tipo abuelita, acomodarse una guarda antimordiscos, hincarse e iniciar sus oraciones.

Después, más tardaba en meterse a la cama que en soltar el ronquido. La hermana mayor como ostra; algo muy malo tendría que haber hecho para que mi sister no me acompañara a cubierta, ni al bar —en una ocasión me tocó deleitarme con el baile de cachetito de una pareja añosa—, y que tampoco se sentara conmigo en el balcón para absorber la noche llena de estrellas, viento y agua.

Asunto chafa, aunque confieso que se me olvidaba cuando subía al último piso y me dejaba comer por mi soledad, cobijada por la inmensidad oscura del océano. Me colocaba en la punta del barco y cerraba los ojos: ¿era eso el infinito?, ¡qué vivencia para ese ser minúsculo que surcaba el Mediterráneo sin mojarse!

Además del ritual nocturno del camisón, el rezo y el ronquido, hubo otra constante en la travesía: el énfasis noticioso respecto a la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. El periódico llegaba todas las mañanas, en español, traducido para dos de los tres mexicanos del Silver Cloud: ahí estaba la nota, un verdadero escándalo mundial, entre muchos otros.

Silver Cloud

Sigue la mata dando… Investigaciones van y vienen, versiones que derrumban o complementan a otras, peritos, actos de vandalismo, policías heridos, Insbruck. El hecho es que sigo despertándome con Ayotzinapa.

Lo triste es mi caso: no creer en nada y tener la «certeza» de que nunca se sabrá lo que fue de esas 43 personas. La serpiente que se come su propia cola.

Bai de güei

Neta, que alguien me explique el porqué de construcciones como: hemos venido trabajando, se ha venido analizando, los diputados hemos venido ahorrando consistentemente (jajaja).

¡Dioses! Si de todas maneras se ha hecho, ¿por qué no simplificar? Mi oído, y quizá nuestro bellísimo español, lo agradecerían: hemos trabajado, se ha analizado y los diputados hemos ahorrado consistentemente (jajaja).

Ciao.

Un manjar en el Peloponeso

—Uy, uy, uy, ¡cómo pasa el tiempo!

Esta frase debe pronunciarse en todos los idiomas. ¿Cuántas veces la habremos pensado o verbalizado en nuestro recorrido? Sobre todo ahora que parece que el propósito de los adelantos tecnológicos es darnos una patada en el trasero para acelerar el paso por este “valle de lágrimas”.

Hace ya más de cuatro meses que las Perritas pisaron Nafplio (Nauplia), una ciudad de Grecia situada en el golfo de Argos. Dícese que su nombre deriva de Nauplio, hijo del olímpico Poseidón, dios del tridente y el caballo.

Nos despedimos de nuestra travesía en un restaurante con mesas al aire libre, sombrillas blancas y azules, bandera griega y vista a una llamativa plaza. Si tienen la oportunidad de visitar Nafplio, no se lo pierdan.

Restaurante Grecia

Además, sólo apoquinamos €10 por piocha.

El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa
El diseño del símbolo fusionó a la mismísima épsilon griega y a la primera letra de la palabra Europa

http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADmbolo_del_euro

Ignoro si es una costumbre universal que los humanos expresemos nuestro absoluto contento gastronómico con el sonido mmmm, pero la estancia de las Perris en el comedor helénico sonaba así:

Bocado de musaka:
—Mmmmm…

No es lasaña
No es lasaña

Bocado de ensalada griega:
—Mmmmm…

Ensalada griega

Bocadón de Dolmades (Stuffed Vine/Grape Leaves):
—Mmmmm…

Con panecito...
Con pan y vino…

La Perrita menor se enamoró de este platillo, así que más valía entrarle con fe a un manjar que compartimos tres personas.

http://www.mygreekdish.com/recipe/greek-dolmades-recipe-stuffed-vine-leaves/

—Tenedorzaso de queso feta frito:
—Mmmmm…

¡Qué antojo!
¡Qué antojo!

—Cucharada de tzatziki para embadurnar el pan:
—Mmmmm…

A base de yogur y pepino
A base de yogur y pepino

http://es.wikipedia.org/wiki/Tzatziki

En el barco, que iba a media capacidad, había alimento como para hartar a una manada de bisontes desquiciados, pero lo interesante consistía en pisar tierra y buscar un lugarcito para hincarle el diente a la comida típica.

bisonte

Soy una persona que se encanta y cuasi hipnotiza con nuevos sabores, olores, mezclas y colores. mis papilas gustativas siempre están ávidas de probar y mi ánima de ser conquistada por el placer de la mesa.

Cuando mi ánimo decae —no me refiero a la depresión— siempre me viene bien algún bocadito que sosiegue mi espíritu. Qué tino el de José Fuentes Mares al escribir que «[…] la gula es virtud que no sólo alegra y reconforta sino que vuelve tolerable la inminencia de la muerte”.

Por cierto, muchas de las fotos que ilustran los textos de este blog son de la autora.

Hasta la próxima.

Adiós mundo cruel

Gracias a mis progenitores disfruto el placer de la mesa. Sé que puedo cansar cuando pruebo algo que me gusta. Con cada bocado que estimula mis papilas gustativas nace un mmmmmm. Díganme, ¿este pseudomugido es universal?

La comida mexicana y la china son mis consentidas. Cuando me lanzo al Blossom invariablemente pido pollo Kung Pao, más porque me encanta que porque no le haya echado un vistazo a la carta.

Mmmmm
Mmmmm

Difícilmente resisto la combinación de dulce, salado y picante. Mi madre no la perdonaba, le ponía azúcar a las cremas —betabel, chícharo, zanahoria, jitomate (¡mi favorita!), espinaca—, a las enchiladas y al mole que no tenía el toque dulce que a ella le gustaba.

Cualquier platillo con esas características conquista mi paladar, léanse un buen picadillo con acitrón, algún guiso maldoso con ciruela pasa, un buen trozo de carne con fruta y una nogada cargadita de azúcar.

¡Quizá por eso adoro la comida china! Tiene todo lo que me gusta y que percibo con mis sentidos del gusto, la vista y el olfato: salado, dulce, picante, especias, colores. El pollo Kung Pao llega a la mesa, oscuro, rociado con cacahuates y con múltiples chiles rojos que le añaden sabor pero que hay que evitar.

Mi padre se come cualquier cosa que pique, que le dé comezón en la nariz, que lo haga estornudar e incluso que le llegue al cerebro y lo traiga de vuelta.

Total, que el Blossom me parece un excelente restaurante, redituable desde el punto de vista costo-beneficio y con buen servicio. ¿Mejor que el Hunan? No puedo ser categórica en mi respuesta, dado que a aquél voy poco, por la simple y sencilla razón de que sale mucho más caro y se respira un ambiente pesadón.

Si les dieran a escoger, ¿cuál sería el platillo con el que querrían decir «adiós mundo cruel»?

Ciao!

Una buena bailada

Teníamos que cruzar la calle para llegar al Restaurante Hamdi. El señor Arpacı llegó a Estambul en los años sesenta y vendía kebaps en un puesto callejero cercano al Bazar de las Especias.

Bazar_especias

Tuvo tanto éxito que se hizo de un edificio con vista a la Ciudad Vieja, al Puente Gálata y al Cuerno de Oro, un estuario a la entrada del estrecho del Bósforo.

¡Imperdible!
¡Imperdible!

http://hamdi.com.tr/

—Ahí vamos a comer, es el lugar que nos recomendó Hatice.

Después constaté que ya lo había señalado en mi guía.

—Órale, hace hambre.

La ciudad bullía.

—Vente por acá, hay que seguir a la gente.

Ahí estábamos, un par de turistas operadas de los ojos, haciendo su mayor esfuerzo por compartir mañas para ver un poco mejor. Una, moradora de Estados Unidos, acostumbrada a la civilidad y al primerísimo lugar que se les concede a los peatones, incluso cuando chanclean con sus flip flops. La otra, mexican curious, poco caminadora del Defe, pero hecha al gran desmadre, a la falta de respeto, a la abominable carencia de comedimiento y buen modo, con sus loables excepciones.

Se los confieso, es probable que la hermana gringa, después de vivir cerca de 18 años en el país de las barras y las estrellas, pensara que los automovilistas harían lo mismo en Estambul que en California.

—Vamos a buscar un semáforo, hija, esto es una locura.

—Ay, sí.

Nos camuflamos entre el gentío —hombres guapos, mujeres con velo, cargadores, comerciantes— y miramos fijamente al semáforo. Esperábamos a que se pusiera el muñequito verde para bajar de la banqueta. Imagino que la ciudadana estadunidense estaba nerviosa, con un lente intraocular al gato y un ojo al garabato.

De repente…

—¿¿¡¡Adónde vas, güey!!?

La vi bailar a media calle y girar aterrorizada sobre su propio eje. En el ínter, cuestión de segundos, la coleta le daba tumbos y sus botas cafés pulían el asfalto turco.

—¡Me destanteaste, hija!

—A mí no me eches la culpa, güey, ¡yo ni me moví! ¿Por qué fregados te lanzas atrás de ese cuate? ¡Seguía puesto el monito rojo!

Del otro lado, pasados susto y enojo, procedí a imitarla.

—Ja ja ja, ¿neta? Qué oso.

— Ja ja ja…

—No te burles.

—Ja ja ja…

—Ya, ¿no?

—¡Pues ríete, estuvo de lujo!

Las Perritas se carcajeaban en la acera de enfrente. Imitación, risa, escarnio, risa, burla, más risa.

De premio de consolación un paisaje sublime (mi foto es mala), mezes para picar, köfte (albóndigas), kebap, lahmacun (pizza estilo árabe), vino tinto y baklava.

Desde el restaurante Hamdi y hacia el Bósforo
Desde el restaurante Hamdi, ferry-boats listos para navegar el Bósforo

Lahmacun
Lahmacun

Más tarde la burra al trigo… Después de caminar por el Puente Gálata y de gozar de un atardecer enmarcado por Mezquitas, mi hermana fue a estamparse, a pesar de mi advertencia, con un uniformado de muy buen ver.

—Estoy segura, hija, nunca entenderá por qué una mujer lo arrolló con tal vehemencia si el mono no parpadeaba, la calle estaba tranquila y los coches inmóviles.

—Ay, ya ni me digas, ¡otro oso!

—¡Osazo!

Carcajadas.

T i l l        n e x t.