En el ajo

Mi hermana vive en un lugar poco conocido del estado de California; eso sí, cercano a San Francisco, Carmel, Los Gatos y Monterey.

Gilroy es la Capital Mundial del Ajo y cada año, a fines de julio, se celebra una fiesta que anuncian como «The World’s Greatest Summer Food Festival». Créanlo o no, ¡incluso se puede tomar  helado de ajo!

Estoy por estos lares. Dejé atrás el bullicio de la Ciudad de México, la CDMX, letras que para la mayoría de las personas que carecen de contexto no son más que un extraño número romano.

Unos días sin «Hoy no Circula» ni contingencias, sin muertos ni 43, sin la machacada “honestidad” de López Obrador y su Morena, sin la nueva Constitución que regirá a los mexicanos con la misma tónica: quiénes la redacten y qué estipule dará igual mientras reinen la corrupción, la prepotencia, la incertidumbre y la mala educación.

Es verdad que estoy acostumbrada al trajín de la CDMX, a mi país, pero este pueblo ofrece calidad de vida: el cielo es azul, las vacas mugen, los pavos cruzan la calle, el tránsito en las highways es razonable y se pueden planear varias actividades al día.

A mis sobrinos les he seguido la pista, he sido una tía cercana y amorosa. Mi intención, a pesar de la distancia, es que me tengan presente y que sepan que en México, también el lindo y querido, hay alguien que les garantiza su corazón.

En Pablo, mi güerito, mi gran ilusión desde que mi hermana nos dijo que estaba embarazada, veo a un adolescente que lidia con su búsqueda de independencia; es inteligente, cariñoso, medio enojón y cumplidor: varias veces le advertí que su tía siempre le iba a dar besos, «así que hazte a la idea». Luego tuve que prometerle que no lo haría frente a sus amigos, pero nuestro pacto sigue vigente.

Sofía es una mujercita creativa, amable, simpática y con un talento natural para lo artístico: actúa, canta, baila, escribe, pinta… ojalá que le saque provecho.

Y qué decir de mi compañera de infancia, de la niña que mis papás me regalaron un año ocho meses después de mi «aparición», de la hermana a quien di una lata terrible y defendí a capa y espada; qué decir de la mujer que apuró mis lágrimas cuando tomó su camino.

Esto:

El lazo que me une a ella es eterno, sólido e irrepetible. La admiro, la quiero, la respeto; cada vez que la veo quisiera envolverla en una caja con todo y moño y quedármela… destapar esa caja para saber que está ahí, cerquita de mí, para reír, recordar, hacer tonterías, hablar (hasta donde me deje) y constatar una y otra vez que sólo ella y yo leemos con un ojo a escasos tres centímetros de distancia.

Consideren, amables lectores, que escribí este retazo directo en la tableta y que mis ojos se cansaron.

Tauromaquia

Son treinta años; en treinta años pasa todo, hasta la muerte arrasadora que aún no pasa. Se dice fácil, pero la esperanza de vida en el Paleolítico superior o en la Edad de Bronce era de poco más de tres décadas.

Y en un lapso de treinta años sucede que se destruye una vida, se experimenta la independencia, se ve crecer a los sobrinos, envejecer a los padres, morir a los hijos, cambiar a las generaciones y descubrir que somos los mismos de siempre: nacemos, morimos, reímos, lloramos, lastimamos, matamos, amamos, sufrimos, perdemos, respiramos.

https://es.wikipedia.org/wiki/Esperanza_de_vida

Él y ella siguen respirando, por eso inician su escaramuza valiéndose de la tecnología: carteos y aclaraciones vía e-mail.

La una que con vehemencia y coraje inclina la cabeza para enterrar sus filosos pitones en el pecho de el uno; el otro que recibe la cornada sabiendo que lo único que puede hacer es citar con la muleta y aguantar los pases, los embates de quien se disfraza de toro de lidia cuando está cierta de que en ese instante sólo es un becerro.

toro

Lo conocido para ella es ocultarse tras las barreras; imagino que lo conocido para él es traer el rabo entre las patas y saber que ninguna multitud ondeará un pañuelo blanco para concederle ni siquiera una oreja.

Ella está ensangrentada, y no me atrevo a pensar en que en cerca de 11,000 días él se haya librado de la persecución de un charco escarlata.

¿Siente ya en el morrillo el dolor de los tres pares de banderillas?, ¿se doblega ante ella dando en tierra con sus patas delanteras? En el fondo no quiere verlo derrumbarse ni lo va a descabellar con una herida en la cerviz.

Como la danza suprema de Hermoso de Mendoza; frente a frente, chocarán sus ojos: la mirada será incierta, de incrédulo reconocimiento, de ausencia cosida al pelaje.

A pesar del tiempo, la sangre del becerro herido es la misma que la del animal exhausto que brama por su indulto… con el rabo entre las patas.

mirada animales.jpg

http://www.morbidofest.com/archivos/peliculas/sangre-de-unicornio-2

Hasta pronto.

Ciego… y Borges

Tigres, espejos, laberintos, rosas, ajedrez, jardines, tiempo: todo cupo en los eternos ojos de Jorge Luis Borges.

laberinto

¿De dónde la fuerza creadora del escritor ciego? ¿Quién ese dios humano que entregó al mundo más de siete días de luz, oscuridad, tierra, agua, fuego y aire?

Lo veía y lo imaginaba todo; quiero pensar que lo asía y le soplaba existencia.

Si de tigres, me anonada la mirada transparente de uno blanco;

si de espejos, recuerdo a la mujer que los horadaba a su paso;

si de laberintos, mi cabeza;

si de rosas, la de El Principito más que ninguna;

si de ajedrez, Bobby Fischer;

si de jardines, una alfombra verde para caminar descalza;

si de tiempo, ¡ése!, el que tenemos para erigir lo propio.

Pero aquí no traigo al Borges de «El golem», ni al de «El Aleph», ni al de «El espejo de los enigmas», ni al de «La biblioteca de Babel». Traigo, tan sólo, al que me acompaña este atardecer de abril:

«What can I hold you with? […]

I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart;

I am trying to bribe you with uncertainty, with danger, with defeat».

En caliente

«¿De qué tipo de personas quieres rodearte?». Mi papá ha opinado al respecto en varias ocasiones, aunque al final yo soy quien elije. Y para ello voy a invertir la pregunta: «¿Quién quiero poder ser cuando esté con alguien?».

Que mi voz resuene como la campana que atestiguó el grito de Dolores: quiero ser yo.

Ah, ¿y eso con qué se come? Además de un buen queso manchego y pan llenito de migajón, se va a masticar así: ser yo implica sentirme libre; libre para opinar, para hacer tonterías, para bailar tango con sublime ineptitud, para reír a carcajadas, para llorar hasta que se me cierren los párpados, para decir qué o quién me gusta; libre, en fin, para quitarme las máscaras que usamos al enfrentar la cotidianidad.

¿Cuando nos quitamos la máscara estamos frente a un amigo? Hay que arriesgar para descubrirlo. Hoy más que nunca estoy convencida de que sí «los contamos con los dedos de una mano».

Vale la pena: reír y llorar con alguien nos hace la vida, y los días, y las noches, y las tardes, y las madrugadas, y las puestas de sol, y las arrugas del mar azuzado por el viento, e imagino que hasta la muerte.

Yo quiero ser yo, con todo y migajón.

migajón

Mejor con música

Poco importa que ya no estén en mi vida; el hecho es que a algunas personas las asocio con música o canciones muy específicas. Y si las recuerdo es porque en su momento fueron (son) significativas, porque hay una rola o un cantante que me las trae de regreso, que me imprime su huella. La música es y ha sido compañera esencial en mi crecimiento, en las distintas etapas de mi transcurrir.

Cuando mi hermana y yo éramos niñas, mi papá nos pegaba un alarido para que bajáramos a escuchar música; no faltaron los tríos yucatecos, la clásica —la de sus hijas le chocaba, éramos unas niñas malinchistas adoradoras del «ruido»— , Pablo Abraira —¿de dónde habría sacado el disco?—, Simon & Garfunkel, e incluso Tommy, la ópera rock que me dejaba pensando por qué sí Captain Walker y no Supertramp, Air Supply ni Asia.

Ayer, por ejemplo, me acordé de alguien de la escuela cuando mi iPod reprodujo «Es por amor», de Git; gracias a esa persona conocí a Rosana e incluso a la Banda El Recodo, con la que de plano no pude.

el recodo

El «C’est ci bon» paladeado con Mireille Mathieu es el econtronazo con un amor efímero y engañoso; «What’s up», interpretada por 4 Non Blondes, es el chavo más querido de mi juventud, el cuate que me podía robar un «sí»; Marc Anthony, Olga Tañón, Nelly Furtado y la mismísima Celine Dion son mi estancia en Rhode Island, el recuerdo de mi roommate, una mujer neoyorquina de ascendencia dominicana y puertorriqueña —¿se imaginan el ritmazo?— a quien atesoro en mi memoria; Filippa Giordano, Miguel Bosé y «She», de Elvis Costello, trazas de algún cumpleaños y de un cariño lleno de altibajos; Mercedes Sosa es una buena ex amiga que viajó por Europa y le robó dátiles a las palmeras de un kibutz; «Sinsentido», de Bebe, se convirtió en mi madre: «Ay, cuerpo, cuerpecito mío, qué caña te he metío en estos años»… «Short Dick Man» es Acapulco y el medio «reven» de tres universitarias; Lila Downs y su prodigiosa voz es Cumbre Tajín, con todo y flirteo subrepticio.

Mi hermana es toda mi música, la otra protagonista de los bailecitos ridículos de cuando decidíamos ser ermitañas y deambular al ritmo de los ochenta con nuestros lentes de fondo de botella. Paula era orgullo e ilusión porque yo era su proveedora:

fondo de botella

—Oye, quiero que me grabes algo de Erasure, de Elton John, de Journey, de Heart, de Laura Branigan y de Men at Work.

—¿Cassette de 60, de 90 o de 120?

—No, hija, de 60, pa’ que me grabes más.

—Güey, pero checa, también tengo esto… ¿Te gusta?

¡Fantásticos recuerdos! Ahora… con mi Mejor música a otra parte.

Esther

Las últimas lecturas que he hecho me transportaron a un aula en la Universidad de Rhode Island, a los ojos verdeaceituna y a la presencia un tanto seductora de mi profesor Roberto Manteiga. Gracias a él supe que existían Esther Tusquets, Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda y Carmen Laforet: cuatro mujeres escritoras: tres catalanas y una salmantina.

Acabo de leer Confesiones de una editora poco mentirosa. Me acerqué a la Esther amante de la lectura, a la veinteañera emprendedora que desenmascaraba el talento, al cerebro de Lumen durante 40 años, a la dama incansable que compartió su ser voluntarioso con escritores como Ana María Matute, Pere Gimferrer, Miguel Delibes, Ana María Moix, Juan Benet o Jaime Gil de Biedma.

La de Esther, escrito por ella, era una profesión dura y difícil en la que “[…] existe un momento sublime en la vida del editor, que se produce, como los grandes amores, pocas veces […], y es aquel momento en que abres, acaso al azar, el original de un perfecto desconocido y te encuentras ante una obra importante”.

Me clavé con Esther y con su trayectoria, así que di con Corazón amarillo sangre azul, de Eva Blanch, cuñada en la vida real de la escritora. Quiero seguir con También esto pasará y Tiempos que fueron, textos hilvanados por la hija y el hermano de Esther Tusquets, respectivamente.

Pero lo valioso no es aventar nombres ni títulos de libros, sino sentir el deseo de releer, de devorar con fruición El mismo mar de todos los veranos, una novela que conocí gracias a mi maestro, y que Esther escribió en 1978 para beneplácito de quienes hemos tenido la fortuna de toparnos con su creación. Ahí se los dejo…

En el ínter, adentrarme en el mundo de Esther me hace constatar que todos tenemos un mismo mar, una misma piedra, un mismo árbol, una misma calle, una misma esquina… y una vida —una, sólo una, y ésta es mía— que imagino como una madeja amarilla que enredo y desenredo al ritmo de mis… inviernos.

madeja

Olas

Hay personas que son auténticas olas; pueden elevar su hermosa cresta y brillar ante la mirada del sol para abrazar los cuerpos de los surfistas más audaces, o pueden subir, marearse y descender para arrasar con todo lo que hay a su paso.

olas

De cualquier manera son bellas y espectaculares, pero unas abren sus eternos brazos mientras se hincan con suavidad, y otras, a pesar de su manto blanquecino y espumoso, llevan la consigna de destruir, golpear, desquiciar, malherir y provocar un golpe mortal.

No son las olas que causan los tsunamis, son las eternas olas de los navegantes, de los marinos, de los legendarios vikingos, de los exploradores más osados… o las olas que asfixian, que rompen en la playa con todo su coraje, que arrojan cuerpos como si fueran basura.

A veces es cuestión de un leve guiño, de una fase lunar, de una esperanza maltrecha, de un deseo de seguir siendo un cúmulo de agua que se eleva para observar el mundo y sonreír y bajar con un sonido de viento hasta tocar la playa con una caricia de espuma para volver a subir y bajar, subir y bajar…

Las otras hacen un gesto de temor, oscuro, y a pesar de derramar lágrimas provocan el llanto de cada grano de arena iluminado por una muy tenue luz solar: olas que hacen volar puertas en mil pedazos, puertas que pudieron abrirse y que no son más que astillas astillando el cariño de quienes nos atrevemos a mirarlas.

«Ola» y adiós.

Entre natas

Me siento tranquila en mi estudio, en el segundo piso de mi departamento, atestiguando el irrisorio azul que me regala el cielo contaminado de la megalópolis.

Estamos inmersos en una nata grisácea que aplasta, que cansa y carcome los ojos, que desdibuja el techo que pintábamos de azul cuando éramos niños. Con todo, los pájaros todavía cantan: los escucho todas las mañanas, sorprendida por no hallarlos de pico sobre el asfalto.

¿Saben?, yo traía una nata similar sobre mis hombros: ¿hacer o no una misa para mi madre? Mañana cumple cuatro años de haber muerto. Entra a escena el lugar común, común a buena parte de los terrícolas que aún respiramos en la región menos transparente del aire:

—¡Cómo pasa el tiempo!

¿Una ceremonia por su aniversario?, ¿un padrecito que perore sobre alguien a quien nunca conoció?, ¿una misa a la que algunos asistan por compromiso?, ¿saludos y saluditos; abrazos y abrazotes?, ¿risas y distracción?

Decidí que nada de misa, que no me interesan los convencionalismos, que nadie se debería sentir comprometido. Más allá del 19 de marzo, la traigo cosida, cerquita, con sus defectos y virtudes, recordando sus chistes, dichos, disparates y vanidad de vanidades.

A veces me aplasta la existencia, pero, a fin de cuentas, estuve dentro del vientre de esa mujer, la que yo escogí para aprender, para intentar hacerme de lo que me pertenece en un marasmo de bullicio que he de domar con voluntad y, aunque se me vaya la vida en ello, con paciencia.

Adeus.

RIP

Ei (sí), blog abandonado, pantalla en blanco (¿recuerdan El libro vacío?), disciplina machacada, ideas encarceladas, cerebro putrefacto: huevonería.

—Pues ya dale mate. Total, ni escribes.

Rip_cat

—Mi’ja, ¿cómo así? No me diga eso…

¿Se nota que estoy picadísima con la serie sobre Pablo Escobar? He adoptado el modito colombiano, aunque me niego a morir en la «verraquez» del pretexto anti texto y de la «huevonada» (lo anterior incluye el perico).

—Chale, es la verdad.

Y la verdad no peca, incomoda muy harto: tres retazos en febrero y cero hasta el miércoles 9 de marzo. Puedo optar por el perenne flagelo o sentarme frente a la pantalla, en blanco.

¿Qué será, será? Lo que vaya a ser, será…

¿Cómo así, mi’ja? Nada de retarme: este proyecto sigue vivo.

¡Hágale!

Alerta

Decidí constelar dos días después de mi cumpleaños: el sábado 27 de febrero de 2016.

A la expectativa y con algo de miedo, aunque lista para asimilar lo que me brinde una constelación familiar. Adelante con los timbrazos del alma y con las sorpresas de la inconsciencia, siempre y cuando rezumen crecimiento.

¿Servirá para dejar de tener el dedo pegado en la tecla? Ojalá, porque resulta agotador escuchar el ruido de las teclas de un teclado que absorbe polvo de pasado de llanto de angustia de dolor de supervivencia.

¿Qué quiero?

Por ahí me lo sopló un tocayo… era portugués y vivió sólo un año más de los que tengo:

«Para ser grande, sé entero: nada / tuyo exageres o excluyas. / Sé todo en cada cosa. Pon cuanto eres / en lo mínimo que hagas. / Así la luna entera en cada lago / brilla, porque alta vive».

moon.jpg