De expectativas y cosas peores

Tener expectativas es parte de vivir; como querer ser la líder encestadora cuando se juega baloncesto, o como dar una clase y conseguir que los alumnos presten atención, aunque los tiente el poderío de las pantallas, es decir, del mundo virtual, donde «soy mejor» mientras más «amigos», likes y seguidores tenga.

La cosa se pone ruda cuando la expectativa, si sucede que uno va a psicoterapia, consiste en abrir la puerta un día cualquiera y descubrir que todo es como no era, que dejaste de ser tú, que te sacudiste la pesada carga genética, que tus neuronas y neurotransmisores se confabularon para dotarte de dopamina original (adiós a la pirata), que dejaste atrás miedos, inseguridades, tristezas, decepciones y complejos. O sea que, de acuerdo con esa ilusión, al accionar la manija para pasar del otro lado estaríamos borrando nuestra historia con un punto final inexistente.

Sentí angustia cuando entendí que por ahí no iba la cosa; lloré, pero hubiera querido hacer un berrinchazo. Cuando llegó la realidad, lista para acribillar la expectativa, constaté que nada sería distinto, aunque también reparé en que de lo que se trataba era de que yo me fuera haciendo de herramientas para lidiar con una puerta que, independientemente de estar abierta o cerrada, me permitiera moverme en un espacio edificado y matizado por mí, sin necesidad de patear mi recorrido.

Y llegó la pregunta: ¿si una lagartija se somete a tratamiento psicoterapéutico, qué sale del consultorio cuando toma la decisión de irse?

Ojo, estimados lectores, veremos salir a la misma lagartiga, nomás que «terapeada». Se va cargando su morral, quizá menos pesado que cuando llegó, en la negación más absoluta, con su sombrerito, lentes Ray-Ban espejados, gabardina negra y cigarro apagado entre los dientes.

Monja, ¡no!

Dice la RAE que la vocación es la «Inclinación a un estado, una profesión o una carrera». Digo yo que mi vida no se parece a lo que soñé hacer ni a lo que tal vez algún día imaginé. He hecho lo que he podido, sobre todo enfrentarme a un cerebro inquieto, obstinado y proclive al desequilibrio.

Con todo y el vaivén químico, mi corteza prefrontal le ha puesto freno a los caprichos del sistema límbico. En gran medida me ayudó el deporte, la única actividad que lograba sacarme de un marasmo de pensamientos negativos que hacían una fila interminable para clavar su aguijón.

En este instante se me ocurrió que mi vocación ha sido salvarme, para lo cual he tenido que hablar, intercambiar ideas y comunicarme de la manera más honesta y precisa. Hablar ha hecho que vea de cerca a mis demonios, que me ataquen, que me amenacen, que me congelen, pero también que los mire de igual a igual, con la fuerza que hoy reconozco que tengo.

Hace un par de días mi papá me dijo, serio y enfático, que mi vocación es escribir.

¿Será?…

Imagen: https://www.google.com.mx/search?q=nun+funny&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=0ahUKEwjLqY_hjardAhVMzIMKHeRHBi8Q_AUICigB&biw=994&bih=420#imgrc=udnnjwvDVAkAnM

 

No fashion

La moda siempre me ha valido un reverendo pepino. ¿Qué es «estar a la moda»? ¿Arrejuntarse a las novedosas colecciones que presentan los grandes diseñadores?, ¿y si esas divas nomás no le dan al clavo con uno? ¿Seguirle la pista a las pasarelas para identificar tendencias? Y qué, ¿a todas las monigotas que vamos a saborear el último grito de la moda nos queda lo que usan las supermodelos? Empezando porque son talla -4. ¿Tener en la mira a ciudades como Nueva York, Milán, Londres, Roma y Barcelona?

¿Por qué me voy a poner unos aretes garigoleados si solo me gustan las perlas y las arracadas? ¿Me voy a lanzar a comprar un saco naranja melocotón cuando tengo uno que es a-na-ran-ja-do? ¿Chapatito de tacón de aguja para caminar como gallina en aceite y deshacerme los pies? ¡Me da idéntico que la tal Bella Hadid haya lucido un ¿saco?marrón Emperador ―tono chocolatoso― en la Milan Fashion Week! ¡Tampoco me quita el sueño decidir entre un amarillo Meadowlark ―WTF?― y otro lima con tintes verdes para «resaltar el bronceado veraniego»! ¡Ja, desde que me dio cáncer de piel mi color es y será blanco Gasparín!

Lo anterior no quiere decir que no me encante el color Arcadia (Pantone 16-5533), un tono esmeralda que el diseñador Elie Saab ―ilustre desconocido pour moi― presentó en la Semana de la Moda de París.

En definitiva, ese mundo y yo no hacemos clic. Soy sencillita, carijmática y silvestre. No me determinan los trapos ni los accesorios. Basta con lo que me gusta y me acomoda. Si de paso me veo bien, ¡Gasparín está de fiesta!

El pasado en la tele

Ayer, gracias a que mi papá grabó rollos de película y los convirtió a CD, viajé en el tiempo 47 años y meses, 46, 43 y 42 vueltas al sol…

La mayoría de las personas que desfilaron frente a mí están muertas. Mi baúl se llenó de emociones: nostalgia, asombro, alegría, tristeza, coraje. Aunque prevaleció la saudade: familia que sonreía, madre contenta y juguetona, tíos paternos cercanos, sobre todo Teresa; Pancho y Pepa, férreo vínculo entre mi hermana y yo, viajes, casa de la infancia, Acapulco de los tíos Rafael y Lupe.

Mi papá y yo disfrutamos cada peli con los ojos encharcados. Dos escenas que se prendaron de mí: la boda religiosa de mis progenitores, que de no haber sido por ellos, más parecía un velorio. Mis piernas que colgaban, frágiles y sin forma, en un momento en el que mi padre me tenía cargada. A los dos años me operaron de luxación congénita de cadera.

¡Gracias, a quien corresponde, por recuperar esos momentos de vida y retrotraer piezas del rompecabezas que he armado con sangre, fluido que desde pequeña me advirtió que el trayecto sería sinuoso!

Así las cosas

¿Realmente se puede ser Neurótico Anónimo? A mí no me convencen, y menos lo del anonimato, porque sucede que nuestros congéneres se dan cuenta de dónde nos aprieta la chancla. Acepto que quizá no todos tengan ojo pa’ la «neura», pero sí los que llevamos un rato de hacernos nudo.

Algunos tenemos rasgos de carácter obsesivos, otros tendemos a la depre, unos más son narcisos, a aquellos les da por la mitomanía, la que se sienta junto a ti en la oficina no puede subirse a un avión, a los de acullá los ataca la nictofobia, no faltarán los que evitan las fiestas infantiles porque son coulrofóbicos, ni los que simplemente huyen a la punta de un cerro porque padecen antropofobia.

Que no le digan, que no le cuenten. Neuróticos somos todos. La cosa se complica cuando la bestia que nos atrapa es la psicosis. Bye-bye reality!: Jesucristo le susurra a Pancho el del tendejón; Sonia es la mismísima Juana de Arco, quien, por cierto, estaba chalada, y don Artemio se hace llamar Marco Polo cuando narra sus peripecias con Kublai Kan, nieto de Gengis Kan.

Más que lluvia

Amo el agua, y sobre todo, el agua fría. Ya lo he escrito.

De niña me acostumbré a nadar en una alberca cuya caldera nunca dio señales de vida, ni siquiera en invierno. Pero era un placer: zambullirme y salir rápido para airear mis pulmones. Lo que seguía era fácil: aclimatarse y disfrutar.

Amo sumergirme, amo aguantar la respiración mientras intento recorrer la mayor distancia posible, y también amo nadar cuando llueve.

Esa lluvia… la que presagian relámpagos y truenos. Mejor si llega con un viento que azota puertas y ventanas, con la luminosidad eléctrica del cielo, con el estruendo envolvente que le pisa los talones a cada rayo.

Amo ver, oír, tocar, oler y probar el chubasco que se solaza en el campo. Sí, huelo la humedad, escucho el golpeteo, hago mío el sabor del agua límpida, expongo mi piel al abraso de gotas y chorros helados, miro el huidizo arte líquido y despierto de golpe a una vida que a veces cierra los ojos sin poder conciliar el sueño.

*Foto de la autora.

Así suena

Viajo a través de la música. Hay canciones y piezas que, sin escalas, me llevan al momento, lugar, persona, vivencia o recuerdo. Mireille Mathieu pasa por las Lomas de Chapultepec y atraviesa mi adolescencia. Cuando pienso en ella de inmediato se asoma “C’est si bon”. En 4 Non Blondes («What’s up?») hay nostalgia y deseo en extinción; en «Es por amor» (GIT), «Lucha de gigantes» (Nacha Pop) y «Who can it be now?» (Men at Work) se funden la diversión, el anhelo y la amistad; si tarareo «Mentira», de La Ley, caigo en el engaño y la falsedad de la superficie; si por alguna razón aterrizo en Mónica Naranjo ―me gusta su voz potente―, luego luego aparecen el diablo y el ángel, este último prendiéndome un foco rojo que indicaba que ¡por ahí no! Con Alejandro Fernández perdí una estrella hace más de 20 años. Maris es  bachata, Olga Tañón y Marc Anthony; Céline Dion fue mucho tiempo mi receptáculo de saudade; la escuché hasta cansarme, aunque, eso sí, no pierdo la esperanza de verla en concierto, sobre todo si canta en francés. «She», de Elvis Costello, es un recuerdo solo mío. Saint-Saëns, interpretado por Kyung Wha Chung, se transforma en Román Revueltas, quien un día, sin más, me llamó para decirme que tuviéramos un hijo. Elis Regina, con “Alô, Alô, Marciano” y “Águas de Março”, es la alegría de trayectos en coche y cafés furtivos. Cristina Branco y el fado me regresan dos momentos, ambos atesorados: un concierto inesperado en la Universidad de Rhode Island y a la persona que me regaló mi primer disco, Sensus, de la cantante portuguesa. Como Piaf, el gorrión de París, quisiera poder expresar: “Non, je ne regrette rien”.

Las personas significativas de mi vida son mi pentagrama; todas, sin excepción, activan la chispa musical en mi cerebro. Si se me permite mencionar a grandes compañeros de historias, que han solido estar presentes, me quedo con Elton John, George Michael, Madonna, Édith Piaf, Césaria Évora, Lila Downs, Céline Dion… La voz y el sufrimiento de Amy Winehouse, perteneciente al Club de los 27, tienen un vínculo conmigo.

¿Y la música clásica?, ¿la ópera? Los conozco menos. Quizá se debe al rechazo tajante de mi padre a “nuestra” música: basura malinchista.

Uber

El primero fue Luis, de 35 años. Un tipo que vivió más de una década en varios lugares de Estados Unidos. Me recomendó visitar Salmon, Idaho, para conocer sus hermosas praderas.

Estaba en Luisiana en el año 2005, cuando el poderoso y devastador huracán Katrina, que esparció el olor a muerte como lo hizo Little Boy, el arma nuclear que acabó con la ciudad de Hiroshima.

Además de manejar, vende ropa, lentes, teléfonos celulares, relojes. También estudia gastronomía, hace tacos de canasta para reuniones ―mínimo 100― y quiere montar una fonda «nice» para dar a conocer su sazón.

Muchos proyectos y energía para hacerlos realidad. Le pregunté que si regresaría al país vecino y, sin chistar, respondió que sí.

El segundo, Arturo, un hombre amable, respetuoso, cálido y empático. Seis años en Peñafiel, después su propio depósito ―excelente negocio―, y ahora conduce un Toyota que todos los días lo enfrenta al reto de convivir con personas distintas. Su fuerte, me lo dijo, es vender, así que desafiar el tránsito citadino será temporal.

Arturo me preguntó que si regresaba del trabajo. Le platiqué que soy voluntaria en una institución que vela, con excelencia, profesionalismo y calidez, por jóvenes que lidian con la farmacodependencia. Entonces abrió la cajuelita y me enseñó su libro, ya muy gastado, Doce pasos. Tuvo la confianza para decirme que había sido adicto y que llevaba 26 años sobrio. Además, comparte sus experiencias en las reuniones de AA. Conectamos bien; entendí el porqué: coincidimos desde el sufrimiento, el compromiso y la lucha humanos.

Golpe seco

Hoy constato que duele darse cuenta. Me escucho, y al oír mi voz me van cayendo todos los veintes. Esos veintes lastiman, aunque al mismo tiempo me ayudan a situarme y a ver la realidad en mis narices. Ahí, tan cerca, tengo la opción de manipularla, de poner y quitar piezas, de hacerla añicos para intentar ordenarla, de huir o hacerle frente.

Hoy me zarandeó la realidad ―es día 19 y volvió a temblar―, así que es momento de plantármele… cerca, muy cerca.