Decidí no oírlo de noche. Bien hecho, porque me enteré de que Georges Perec se propuso huir de lo común. En sus libros evitó repetir clichés. Imposible circuir su modo de imponer juegos lingüísticos. El tipo, intuyo, tuvo cierto recelo de ser escritor de tiempo completo. Se conformó con un modesto sueldo en el mundo del conocimiento científico y sus documentos polvosos.
En 1967, el hijo único de judíos del este europeo, me entero, fue recibido en el grupo OuLipo, especie de club selecto y secreto, donde el reto implicó constreñir. Se encerró, convencido, en el “sintoulipismo”: el ingenio en detrimento del contenido, los límites impuestos en el decir.
Esperó 43 movimientos en torno del sol. Deseó, por fin, escribir tiempo todo, sin interrupciones de un dinero por costumbre, pero se despidió de sí mismo, enfermo de tumores enloquecidos, con poco menos de 46.