Manía…tada

¿Que soy una maniática?, ¿que estoy llena de manías? Ok, concedido, pero puedo jactarme de que no daño a nadie más que a mí misma.

¡Que qué mañosa! Bueno, si nos vamos por el lado de habilidad manual (lo asocio con pintar, tejer, coser, envolver), no soy muy habilidosa, así que quizá me conviene adecuarme a una definición que según la RAE está en desuso: «Manera o modo de hacer algo». Nos aplica a todos, ¿no? ¿Quién no tiene su manera de comer, de hablar, de caminar, de dormir, de rezar?

A ver, mi modo de hacer huevos revueltos es parecido al de mi madre, aunque reconozco que ella tenía un don para que le quedaran esponjosos. Mi manera de leer, «papaloteante», no se parece en nada a la de mi padre, que no se inmuta aunque le vuele una mosca en el trayecto del libro a los anteojos. Mi forma de mirar, más de bulto, nada tiene que ver con el escaneo de mis familiares cada vez que alguien se les pone enfrente: ya le vieron el pelo en la barbilla, la lonja que descansa sobre el cinturón, la ceja rebelde, la nalga caída, el prendedor verde, la nueva mancha en la cara.

mosca

El hecho, contundente, irrefutable, innegable, consumado, sobado, es que las manías, las mañas, los gatos en la panza, las locuras, los altibajos y las rarezas que se perciben desde fuera son cosa de nada comparados con lo que sabe y siente la cabeza que los lleva dentro, una cabeza que jamás será comprendida ni habitada por otro ser humano.

No hay dobles. Lo único doble es el esfuerzo que a veces tenemos que hacer para convivir con lo que nadie más sabe ni sabrá que existe dentro, muy dentro de la ficticia cordura de los molinos de viento.

Juan Gabriel et al.

Me tomó por sorpresa en Frankfurt, pero no en la ciudad alemana de otro continente —¡bueno fuera!—, sino en la colonia Condesa, salchicha en vías de deglución. Recibí un par de mensajes que decían que Juan Gabriel había muerto. No me atraganté, pero estoy cierta de que puse cara de idiota, aunque nunca hubiera ido a uno de sus conciertos, ni comprado un disco suyo.

¡Sopas, me dije, esto sí va a causar revuelo! No me equivoqué: desde ese bocado, gran parte de lo que he oído y visto es sobre el «Divo de Juárez». Lo más cerca que estuve de echarle un ojo y de sentir su música fue hace aaaños, ¡más de 20!, una vez que mi hermana y yo nos trepamos a una barda para intentar verlo, aún en el Interlomas incipiente y pañalero. Además de vibrar el ambientazo, sólo vi a un tipo vestido de blanco que mantenía prendidísima a la gente.

También me acerqué un poquito a él cuando mi mamá me puso Amor eterno, una canción retroactiva, es decir, que actúa sobre el pasado y nos puede traer a la memoria a quienquiera que se haya ido, en ese caso a mi hermana Inés, y 27 años después, a mi madre. Así es esto: por un lado se va «Juanga», y por otro, un equipo de magos maniobra casi 10 horas para trasplantar dos pulmones con aire nuevo.

Suelo pensar que hasta cierto punto a los humanos se nos da la oportunidad de ganar tiempo, y que de alguna manera infinitesimal podemos «cuentear» al destino; sin embargo, ahí están las frasecitas: «Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas».

Total, ¿dónde se corta la raya de nuestra pequeña historia? Por un lado pienso en qué habría pasado si Juan Gabriel se hubiera cuidado más —peso, descanso, sal (¡a saber!)— y en cuál hubiera sido el derrotero de Pablo si la puerta de terapia intensiva le hubiera quedado lejos.

No sé. Lo que puedo hacer por los que sí están, por las personas a quienes he dado un cacheteo de mí, es rezar, hablar, pedir como sólo yo sé, como a mí me gusta, como nadie cree que hago, siempre con lágrimas que ruedan sinceras hasta llegar a donde nunca sé.

prayer.jpg

Ni hasta pronto ni nada.