Uno

Es muy simple (me acordé de El Principito): una mesa en medio de dos sillones y una lámpara (dada al traste) para distinguir mejor los colores. Ahí estamos, papá e hija, picadazos con el UNO. Claro que la suerte hace de las suyas, pero el cacumen también juega.

El perdedor del «campeonato» es quien suma primero 200 puntos malos. Creo que nos divertimos como enanos, sobre todo cuando se tira un «ramalazo» para que el atacado robe cuatro cartas. El tufo a triunfo cuando vemos que el contrincante está encartado es delicioso, y en una sola partida nos podemos llenar de cartas varias veces y barajar otras tantas para no cejar en nuestro ímpetu por fastidiar al prójimo.

Disfruto reírme con él (y por qué no, también de él) cada vez que nos sentamos a maquinar nuestras jugadas con verdes, amarillos, rojos y azules. Me encantan su concentración, sus ojillos sagaces, sus dedos pegajosos, su mala leche, sus poquísimos errores al calor de la pulsión de ganar, su relatoría durante el juego y sus interjecciones cuando la hija le acomoda un ramalazo al final de una mano.

Fut

Jamás iría a festejar al Ángel. Es más, si fuera el Ángel me iría volando. Aquí sí, el dicho «nunca digas de esta agua no beberé», me pasa a hacer los mandados. No sé de dónde saqué lo eremita, aunque para nada me refundiría en un cenobio ―palabra, esta última, de mi padre (aleluya, aleluya).

Por supuesto, me dio muchísimo gusto que México le ganara a los cochinos ―¿dónde quedaron los cartoncitos rojos?― coreanos. ¡Bien por Vela y el Chícharo! Y como al César lo que es del César, la anotación del tal Son fue de lujo. Confieso que sufrí los últimos minutos, igual que padecí la cuasi inminente eliminación de Alemania del Mundial de Rusia 2018. Cuando vi que el tiro de Kroos horadaba la portería de Olsen me eché mi grito y una ridícula corridita. ¿Cómo no hacer aspavientos, si desde que era adolescente seguí a los alemanes? Rummenigge, Littbarski, Matthäus… Además, ver a Franz Beckenbauer era de platito para que cayera la baba.

Tengo cierta debilidad por los teutones; por ahí, en el cajón de los recuerdos, está Mathias Paetz. Total, que me doy por bien servida con la jornada: México y Alemania siguen vivos.