Es que era un géminis ―lo dijo tantas veces. En lo blanco había ternura, amor, comprensión, apapachos, cercanía. Cuando daba un paso hacia el abismo se ponía negro. En términos hipocráticos, se veía atenazado por la bilis amarilla. De ese lado era arisco, duro, sarcástico, violento, cruel, sádico. Y lastimaba, roía la carne, rascaba la herida, salaba los lagrimales y podía imprimir cardenales. Después, ¡pobre!, se había equivocado. Era capaz de hincarse y de llorar desde el fondo de su mar. Un día negué el perdón. Proa y popa, norte y sur, frío y caliente, humilde y soberbio, luz y sombra. Y sin embargo, eterno: el del camellón, el de los tres manazos, el de las rosas robadas, el de los juegos prohibidos, el hombre generoso y honesto; el compañero: mi compañero. Presencia perenne. Niño curioso. Viejo juguetón e incólume. Testarudo. Gigante posible, el único sapiens sapiens del género masculino. Fiel amigo. Mi termómetro. La niña de sus ojos: Voz, voz, voz, voz… hasta el fin.