Las pulgas de don Roperazo

Toman otro rumbo. Se van, e ignoro si secretamente eligen su derrotero, pero es para navegar otras aguas con las que contar nuevas historias. Se convierten en libros con páginas por escribir y también en un cúmulo de interpretaciones posibles. Algunos guardan los secretos de más de un siglo y puede ser que otros apenas lleguen a los 40, pero el cambio de manos les regala vida, tiempo y posibilidades.

¿Por dónde anduvieron?, ¿qué tanto husmearon en la casa de los abuelos de la Roma?, ¿lograron descifrar lo innombrable?, ¿quién espiaba a quién?, ¿se embebieron de los aires conventuales de la madre? ¿Y los de Tres Picos?, ¿se acoplaron a una escritora coja, a un notario epiléptico y a la muerte de cuatro hijos?, ¿intuyeron lo que sucedería en uno de los cuartos de baño de la planta alta?

¿Atestiguaron, en fin, pactos de sangre, mentiras, promesas incumplidas, traiciones o existencias ocultas? Incluso unos cuantos deben haber pertenecido a bisabuelos y tatarabuelos, así que vienen de lejos y cada cual con su pátina. 

La lámpara de cabecera y el pequeño reloj circular se van a Bélgica. Vicente, tipo interesante; tatuado, con aretes y varios anillos, de inmediato puso el ojo en una pluma Cross y en un “frijol” —por no decir huevo— de madera. Enfatizó que colocaría la pluma en la oficina del hotel que tiene en Tepotzotlán. Elena, por su parte, le dio lustre al pez de cerámica austríaca que siempre percibí entre bambalinas. 

Hace poco encontré una vajilla que estuvo guardada cerca de 12 años. Pintada con florecitas negras, o sea, ¡cero mi gusto! El chiste es que, con harta maña, tenía un papelito pegado en el que se leía “vajilla F”, decisión unilateral de mi hermana. Aunque “me pertenecía”, se fue con una señora que irradiaba alegría e ilusión nada más de pensar en cómo luciría sobre la mesa y con los platos servidos.

Para mi satisfacción, también el personaje quijotesco —alto y enjuto—, Arturo, se acercó al tenderete. Dueño de una casa antigua en la calla de Francisco Sosa, en Coyoacán, se llevó la copia de un Tiziano en la que el bueno de Alberto Lezama retrató al papa Paulo III.

Como hice alusión al “Lugar de Coyotes”, del náhuatl, les cuento que los primeros en dejarse venir, cual marabunta, fueron los susodichos. Preguntaron al mismo tiempo e hicieron alharaca con la finalidad de distraer a los marchantes, que andaban ocupados con el montaje del puesto número 24.

Lo sucedido con los discos compactos —música clásica de la mejor calidad, no pirata, y monumentales compositores y directores— y las películas fue otro cantar. Apareció Raúl, cayotín que claramente iba a revender el contenido de tres bolsas grandes de plástico y una cajota.

—Se lleva todo en $2 000.                

—Le doy $1 100.

—Nel. Todos los discos son originales, a usted ni le gusta la música clásica, y además va a sacar más lana con la reventa.   

—$1 200.

—Ya le dije que no, lo menos son 2. Es una ganga por todo lo que se va a llevar, así que no le haga…

—Voy a dar una vuelta y regreso.

Nadie más se fijó en ese cargamento, así que quedaba claro que si Raúl volvía iba a tener que “bajarle”. El tiempo pasaba y, de repente, ¡»tiburón a la vista”.

—¿Tons qué?

—¿Qué de qué?

—$1 200.

—Ah, qué necio es. No le voy a regalar la colección de mi papá.

—Ps’ ya de seguro hasta vendió algunos.

—Mire, Raúl, la gente ha preguntado y no vendí porque usted fue el primer interesado. Yo sí tengo palabra.

—Yaaaa, que sean $1 200.

—A ver, así se la pongo, llévese el tambache en $1 500.

No quería quedarme con ellos y sabía que se iba a animar.

—$1 300.

—No, $1 500. ¡Ya qué le piensa, Raúl!

—$1 400.

—Ay, por favor, ya suelte los 100 pesos y todos contentos.

—Ps’ pa’ la gasolina…

—Bueno, pero usted qué bárbaro, ¿eh? Ni necesita pa’ gasolina y sabe bien que va a tener ganancia. La que está vendiendo barato soy yo. Se pasa, Raúl, ya nada más diga que sí…

—‘ta, pues, $1 500.

—¿Ya ve?, ¡santas pascuas! Ándele, ya ahueque el ala con todo.    

Una experiencia para soltar y abrirles la puerta a objetos que no elegimos, pero que ocuparon un espacio en la casa familiar. Objetos que crearon ambientes eclécticos. Objetos que le dieron personalidad, calidez, aplomo y cohesión al conjunto. Cohesión que no hallo en los parajes de Carlos Slim, más bien fríos, inhóspitos, megalómanos y plagados de edificios-enjambre.

Hasta la próxima, ¡ya en diciembre!

Septiembre

Minutero y segundero a contrapelo; arena que apenas percibe su paso por el cuello de cristal. A trompicones el día: del amanecer a la puesta de sol en un pestañeo, o tal vez otro suspiro. Trago de agua que pierde el rumbo a la menor distracción. Campanadas que penetran los oídos y se meten el pie a plena luz, con el atardecer, entre nubarrones, chorreando lluvia… y también cuando la oscuridad deglute las formas. 

Como sea, pero atestiguamos con los cinco sentidos, y las emociones y pensamientos y actos de ocho meses completos.

Pablo y Amy en México, bello país que se me desmorona y desdibuja. Un cumpleaños más. Aniversarios 11 y cuatro de madre y padre idos.

Fatídico 18 de abril, cosido a un personaje de mensajes y acciones ambiguos.

Paula y su par de cirugías de rodilla —reviví las dos mías, casi tres décadas atrás—.

Salidas con riesgo medido y plena aceptación de la realidad y sus consecuencias.

Adiós a la negra santidad, al Buick ’46 y a la maravillosa colección de libros mirados, con amor y admiración, uno por uno.

El paso del “Suso”, un tornado herido que tatúa cicatrices en su abrumadora y veloz trayectoria.

Bienvenida la calidez familiar e individual de quienes habitan o habitaron la casona de Nayarit 13, en la Roma.

Cada una de las reuniones en un patio que por ventura dejó de ser mi único refugio.        

Ha bastado con aceptar, desear, asimilar y habitar un espacio, el de mi infancia, en el que privarán los vacíos.

La que escribe, al parecer (con todo y sus luchas internas), entera.

Wimbledon 2015

Una meta: ir al torneo de tenis de Wimbledon, mi Grand Slam predilecto. Tendría que comprar los boletos con más de un año de anticipación y de preferencia a nivel de cancha (¿¡se imaginan el costo!?), de otra manera moveré la cabeza de un lado a otro sin saber dónde está la pelota amarilla peludita que se me esconde punto tras punto, entre los trallazos de los mejores jugadores del mundo.

pelota tenis

Serena ganó su vigésimo segundo título este 2015; lloré como si fuera la flamante receptora del trofeo. Me hubiera encantado resbalarme en la arcilla de Roland Garros, deshacerme las rodillas en las pistas duras de Australia y Nueva York, y pelearme con la hierba deteriorada del torneo más emblemático del año, el que exige que los jugadores se vistan de blanco: Wimbledon.

Y mañana Su Majestad Roger Federer —dandy del tenis, único hombre a quien le cargaría sus raquetas durante tres minutos— para disputar la final masculina contra Novak Djokovic, Nole, números uno y dos del mundo, respectivamente.

¿Erré la profesión? ¡A saber! La vida me ha encaminado más por el rumbo del «puedo» y menos por el «quiero»; además mi luxación congénita de cadera, de acuerdo con Belloc —médico que me operó alrededor de los dos años— me impediría consagrar mi existencia al deporte profesional.

Vibro con enjundia desmedida, a tal grado que mis vecinos deben pensar que sufro crisis de desquiciamiento. Desde mi buhardilla en un cuarto piso se oyen, en este caso muy a la inglesa, múltiples y sonoros Yes, yes, yes! Puño cerrado y fuerte como si yo fuera la protagonista, aunque dudo que pudiera contestar un saque de Miss Williams, quien se da el lujo de bombardear a su contrincante con servicios de hasta 200 kilómetros por hora —ay, güey.

¡Hermoso!
¡Hermoso!

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Mi deseo es que gane Roger, El Genio de Basilea —nótese mi cercanía con él—; estoy segura de que si juega como ayer en la semifinal contra el para mí insufrible escocés Andy Murray —caray, no me ha hecho nada— puede ganarle a Nole y conquistar su octavo título en la Catedral del tenis: Wimbledon, el campeonato más antiguo y prestigioso del mundo.

Mañana sabré si festejo con una cerveza ¿suiza?

corcholata

Hasta pronto...
Hasta pronto…

Amanecer con Glass

Ta ra ta ta ra ra,   ta ra ta ta ra ra,   ta ra ta ta ra ra… ¿La escuchan? Teclas blanquinegras, suaves, lento ma non troppo (¿será?), un amanecer delicado en compañía del piano de Las Horas de Philip Glass.

El otro día, a propósito de nuestra plática sobre Erik Satie, mi papá dijo que era un tipo al que le hubiera gustado conocer. Yo, como casi siempre, sostuve que a Freud; «olvidé» a Virginia Woolf.

Satie
Satie

Toparme con esa mujer enigmática y verla crear y estar presente en alguna de sus zambullidas de locura y penetrar el incierto mundo que la torturaba y preguntarle por su relación con Leonard, con Vita Sackville-West y con Vanessa e intentar entender su desesperación cuando decidió que moriría ahogada en el lago Ouse. Ahora sí, respiren…

Hoy leí que Irene Chikiar Bauer escribió Virginia Woolf. La vida por escrito, considerada la biografía “definitiva” de la autora inglesa. ¿Definitiva? Tendrá 900 páginas y estará sustentada en cartas, diarios personales y escritos autobiográficos, pero nadie, nunca, podrá penetrar la intrincada mente de nadie, y menos quizá en la de Woolf, habitante de ininterrumpidos pensamientos y vericuetos zigzagueantes.

Woolf vista por Roger Fry
Woolf vista por Roger Fry

Lo que acabo de decir es obvio, ¡gran contribución al devenir de la humanidad! A la señora Chikiar le llevó siete años escribir esa obra, que debe valer todo, máxime para quien dice haber querido conocer y tutear a Virginia.

Mi retazo iba a ser sobre las cámaras de llanta, sobre el posible rumbo que toman los automovilistas que conducen a las seis de la mañana de un sábado de abril, sobre mi sueño, en el que iba a votar —¡imagínense, ¿por quién rayos?!—, pero me dejé guiar por el piano de Glass, por la sutileza de la música que me trajo a Virginia Woolf en la oscuridad de un nuevo amanecer.

Till next.