No fashion

La moda siempre me ha valido un reverendo pepino. ¿Qué es «estar a la moda»? ¿Arrejuntarse a las novedosas colecciones que presentan los grandes diseñadores?, ¿y si esas divas nomás no le dan al clavo con uno? ¿Seguirle la pista a las pasarelas para identificar tendencias? Y qué, ¿a todas las monigotas que vamos a saborear el último grito de la moda nos queda lo que usan las supermodelos? Empezando porque son talla -4. ¿Tener en la mira a ciudades como Nueva York, Milán, Londres, Roma y Barcelona?

¿Por qué me voy a poner unos aretes garigoleados si solo me gustan las perlas y las arracadas? ¿Me voy a lanzar a comprar un saco naranja melocotón cuando tengo uno que es a-na-ran-ja-do? ¿Chapatito de tacón de aguja para caminar como gallina en aceite y deshacerme los pies? ¡Me da idéntico que la tal Bella Hadid haya lucido un ¿saco?marrón Emperador ―tono chocolatoso― en la Milan Fashion Week! ¡Tampoco me quita el sueño decidir entre un amarillo Meadowlark ―WTF?― y otro lima con tintes verdes para «resaltar el bronceado veraniego»! ¡Ja, desde que me dio cáncer de piel mi color es y será blanco Gasparín!

Lo anterior no quiere decir que no me encante el color Arcadia (Pantone 16-5533), un tono esmeralda que el diseñador Elie Saab ―ilustre desconocido pour moi― presentó en la Semana de la Moda de París.

En definitiva, ese mundo y yo no hacemos clic. Soy sencillita, carijmática y silvestre. No me determinan los trapos ni los accesorios. Basta con lo que me gusta y me acomoda. Si de paso me veo bien, ¡Gasparín está de fiesta!

Recurrencias

¡Paf!, pegarse siempre en el mismito punto de una rodilla. ¡Chin!, quedar corta en cada vuelta de campana y perder velocidad. ¡Aaaaaaaaaa!, pisar caca de perro con extrema regularidad. ¡Mocos!, resbalar en los pasillos de las tiendas donde hay un triángulo amarillo en el que se lee «wet floor». En fin, tropezarse con la misma piedra.

wet-floor

Y así es la cotidianidad… Frases y expresiones que no sirven para nada, pero que ahí están, incisivas, malolientes, inútiles: “Ya es tarde” (¿¡para qué!?); no voy a ver la serie que me recomendaron porque me pico (¿¡qué más da!?); qué monserga ir al cine cuando las salas empiezan a llenarse (¿¡por qué!?, ¿¡de quién es esa voz!?); levantarse más tarde los fines de semana (¿¡cómo, si hay que aprovechar el tiempo!?); empezar a ver una película después de las diez de la noche (¿¡qué!?, ¿a qué hora me iré a dormir?); salir un viernes (¿cómo, si hay mucha gente y todo va a estar atascado?); ir al teatro (what?, ¡qué súper hueva hacer cola para comprar boletos!)…

¿Qué escucho en mi cabeza que no me pertenece? Es la paranoia aprendida que cada día de mi vida hace que cargue un morral con una bola de chunches que me estorban para abrirme al cielo, para comerme las estrellas, para saborear el sol, para abrazar el aire, para entrar en una tienda con el ánimo de hallar algo para mí, para darme cuenta de que merezco levantarme más tarde, divertirme, gustarme, reírme, disfrutarme, apapacharme, tenerme paciencia, aceptarme, entenderme, distraerme.

La solemnidad, poco a poco, con trabajo y con tesón, tiene que ir combinándose con la posibilidad de gozar, de darme permiso y de ser yo con más frecuencia: porque soy simpática, amable, juguetona, cariñosa, querendona, valiente y… una guerrera empedernida.