Río revuelto

Ojos cansados. Ah, son las partículas PM 2.5. O los artefactos, hasta cierto punto adictivos, de la era digital (Sherry Turkle, profesora del MIT, escribió un libro que se llama Alone Together. El Pew Research Center concluyó que 46% de las personas encuestadas [muestra de 2 000] no pueden vivir sin su smartphone). O los ojos de siempre, o la contaminación, o los subibajas y desengaños recientes.

No. Son solo lágrimas, sal chiquita, una tras otra, pero queman cuando duelen.

Juan Gabriel et al.

Me tomó por sorpresa en Frankfurt, pero no en la ciudad alemana de otro continente —¡bueno fuera!—, sino en la colonia Condesa, salchicha en vías de deglución. Recibí un par de mensajes que decían que Juan Gabriel había muerto. No me atraganté, pero estoy cierta de que puse cara de idiota, aunque nunca hubiera ido a uno de sus conciertos, ni comprado un disco suyo.

¡Sopas, me dije, esto sí va a causar revuelo! No me equivoqué: desde ese bocado, gran parte de lo que he oído y visto es sobre el «Divo de Juárez». Lo más cerca que estuve de echarle un ojo y de sentir su música fue hace aaaños, ¡más de 20!, una vez que mi hermana y yo nos trepamos a una barda para intentar verlo, aún en el Interlomas incipiente y pañalero. Además de vibrar el ambientazo, sólo vi a un tipo vestido de blanco que mantenía prendidísima a la gente.

También me acerqué un poquito a él cuando mi mamá me puso Amor eterno, una canción retroactiva, es decir, que actúa sobre el pasado y nos puede traer a la memoria a quienquiera que se haya ido, en ese caso a mi hermana Inés, y 27 años después, a mi madre. Así es esto: por un lado se va «Juanga», y por otro, un equipo de magos maniobra casi 10 horas para trasplantar dos pulmones con aire nuevo.

Suelo pensar que hasta cierto punto a los humanos se nos da la oportunidad de ganar tiempo, y que de alguna manera infinitesimal podemos «cuentear» al destino; sin embargo, ahí están las frasecitas: «Cuando te toca, aunque te quites, y cuando no te toca, aunque te pongas».

Total, ¿dónde se corta la raya de nuestra pequeña historia? Por un lado pienso en qué habría pasado si Juan Gabriel se hubiera cuidado más —peso, descanso, sal (¡a saber!)— y en cuál hubiera sido el derrotero de Pablo si la puerta de terapia intensiva le hubiera quedado lejos.

No sé. Lo que puedo hacer por los que sí están, por las personas a quienes he dado un cacheteo de mí, es rezar, hablar, pedir como sólo yo sé, como a mí me gusta, como nadie cree que hago, siempre con lágrimas que ruedan sinceras hasta llegar a donde nunca sé.

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Ni hasta pronto ni nada.

Sólo aire

Quise jalar aire y el aire dolía. Quise llenarme de aire y se atoraba en la telaraña de siempre. Quise ser aire y me convertí en agua.

Llegó el llanto, copioso; llanto sonoro que escuché, vi, toqué, olí y probé. Llanto vivido como estambre sin urdir.

Quise escurrir para recuperar mi aire. Hubo gemidos que soltaron las amarras, tragos de sal que deshilacharon la telaraña.

Lágrimas… lágrimas transparentes… empaparon mi dolor.

Quise jalar aire: respiré.

aire

El mismo mar

Cuando estudié en Rhode Island, mi clase favorita la impartía Roberto Manteiga. Leímos a varias mujeres españolas, entre ellas Esther Tusquets, Carmen Martín Gaite, Mercè Rodoreda y Carmen Laforet.

Me encantaron Tusquets y El mismo mar de todos los veranos, título que con todo y poesía me lleva al común “la burra al trigo” y al nada poético “la misma mielda”, con el excremento sonorizado a la puertorriqueña.

En serio, si no hago todo lo posible por hacer, por entretener a mi cerebro, se me aparece el mismo mar, con la misma sal, idénticas olas, y hasta la misma pelota roja que va a guardarse en las aguas próximas al cielo.

Estoy cansada, llena de esa sensación ardorosa que me provoca estar dentro del agua y al mismo tiempo ahogándome en mis pensamientos, pero como ahora no puedo destapar la cañería, quédense con un pedacito de El mismo mar…:

«Sólo encuentro en el baúl este disfraz agobiante e incómodo, que me oprime de una forma terrible el pecho y la garganta […], un disfraz guardado años y años en el baúl de los disfraces —el disfraz de todas las angustias, de todos los miedos, de toda la tristeza de una infancia […]»

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Las palabras de Tusquets me jalan cual imán al enrarecido ambiente de los personajes de la serie Bates Motel, donde el abuso, la asfixia, el miedo y la enfermedad impregnan el aliento y sellan las paredes del universo infantil y penosamente adulto de quienes estamos vivos.

Hasta la próxima.